Los Especialistas
Paul Krugman
El Universal

Jueves 03 de abril de 2008



Juzgar propuestas, no anécdotas

Cuando George W. Bush contendió por la presidencia por primera vez, los reporteros que cubrían la campaña nos aseguraron que parecía ser un hombre razonable y moderado

Sin embargo, quienes examinamos sus propuestas en materia de política pública —enormes recortes fiscales para los ricos y la privatización del Seguro Social— tuvimos una impresión muy diferente. Y teníamos razón.

La moraleja es que es importante escuchar con detenimiento lo que dicen los candidatos en materia de política pública. Es verdad que las promesas pasadas no son garantía del desempeño futuro, pero las propuestas de política pública son como una ventana al “alma” política de los candidatos, una ventana que, en mi opinión, nos dice mucho más que un montón de anécdotas supuestamente reveladoras y citas fuera de contexto.

Lo anterior me remite al más reciente de los grandes debates: ¿cómo debemos responder a la crisis hipotecaria? En los últimos días, John McCain, Hillary Clinton y Barack Obama han estado analizando la situación, y sus propuestas indiscutiblemente dicen mucho sobre qué tipo de presidente sería cada uno.

Con frecuencia se dice que McCain es “disidente” y “moderado”, juicios que se basan principalmente en su desenvuelta manera de ser. Pero su discurso acerca de la economía fue el de un derechista ortodoxo y de línea dura.

Es verdad que el discurso se enfocó más en lo que McCain no haría que en lo que sí. Hasta donde sé, su principal propuesta fue convocar a una cumbre nacional de contadores. Sin embargo, por el tono del discurso podemos ver que McCain ya se deshizo de cualquier tendencia disidente que pudo haber tenido alguna vez.

Muchas notas de prensa han destacado que McCain se declaró más o menos en contra de ayudar a los propietarios de casas que están en problemas; la ayuda gubernamental “debe fundarse solamente en la prevención de un riesgo sistémico”, lo que significa que los grandes bancos de inversión califican pero los ciudadanos ordinarios no.

Sin embargo, me consternó aún más la declaración de McCain de que “nuestro enfoque financiero debe incluir generar un mayor capital en las instituciones financieras, eliminando impedimentos regulatorios, contables y fiscales para recaudar capital”.

Actualmente, incluso los partidarios del mercado libre están hablando de una mayor regulación de las instituciones de valores ahora que la Fed ha mostrado que se apresurará a rescatarlas si se meten en problemas. Pero McCain está ofreciendo el mismo viejo remedio al afirmar que la desregulación y los recortes curan todos los males.

El discurso de Hillary Clinton no podía ser más diferente.

Es verdad, la sugerencia de Clinton de que podría formar una comisión de alto nivel, incluyendo a Alan Greenspan —quien tiene una gran responsabilidad en esta crisis—, hizo recordar la relación, excesivamente cómoda, que la administración de su esposo estableció con la industria de las inversiones. Pero la sustancia de sus propuestas para el sector hipotecario, al igual que su plan de salud, sugieren una fuerte sensibilidad progresista.

Tal vez el contraste más notable entre McCain y Clinton tiene que ver con el problema de la reestructuración de hipotecas. McCain hizo un llamado a la acción voluntaria por parte de los prestamistas, es decir, propuso no hacer nada. Clinton quiere una versión moderna de la Corporación de Préstamos para Propietarios de Casas, la institución —surgida del New Deal— que adquirió las hipotecas de la gente cuyas viviendas tenían un valor menor al de sus deudas y luego redujo sus pagos a un nivel que los dueños pudieran pagar.

Finalmente, el discurso sobre la situación de la economía ofrecido el jueves por Barack Obama siguió la cautelosa orientación de sus anteriores declaraciones en torno a temas económicos.

Me agradó que Obama se pronunciara a favor de una regulación financiera más amplia, lo que podría ayudar a evitar crisis futuras. Pero sus propuestas de ayuda a las víctimas de la crisis actual, aunque importantes, son menos radicales que las de Clinton: quiere obligar a los prestamistas privados a que reestructuren las hipotecas en vez de que el gobierno simplemente intervenga y haga el trabajo.

Además, Obama sigue ubicando los recortes fiscales permanentes —seguramente para la clase media— como parte central de su plan económico. No está claro cómo financiaría esos descuentos y al mismo tiempo iniciativas como la reforma del sistema de salud, por lo que sus promesas de recortes fiscales suscitan dudas sobre qué tan firme es su determinación de implementar una agenda fuertemente progresista.

Con todo, las posiciones de los candidatos respecto de la crisis hipotecaria cuentan la misma historia que la de sus posturas frente al seguro médico, una historia que se contrapone a la manera en la que con frecuencia son retratados.

McCain, nos dicen, es un disidente que habla sin rodeos. Pero en materia de política pública, no tiene un discurso ni directo ni original; por el contrario, intenta descaradamente complacer a los ideólogos derechistas.

Clinton, nos aseguran fuentes tanto de la derecha como de la izquierda, “tortura cachorros y come bebés”, pero sus propuestas en materia de política pública siguen siendo sorprendentemente audaces y progresistas.

Finalmente, Obama es presentado en amplios círculos, frecuentemente por él mismo, como una figura con una capacidad de transformación que augura una nueva era. Pero sus propuestas de política pública, aunque liberales, tienden a ser cautelosas y relativamente ortodoxas.

¿Esta comparación de políticas públicas nos indica realmente cómo sería cada uno de ellos como presidente? No necesariamente, pero es la mejor guía que tenemos. (Traducción: Gabriela Cornejo)



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