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| La ciudad de ayer |
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Homero Bazán El Universal Domingo 02 de marzo de 2008 |
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Aunque es un tema ignorado convenientemente de las crónicas urbanas, dentro de dos años, junto con las celebraciones por el Bicentenario de nuestra Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, se cumplirá también un siglo de la circulación documentada de material pornográfico en el Distrito Federal. Aunque entre nuestros compatriotas existe cierta complicidad infantil para descartar que nuestros abuelos utilizaban también sus ratos de ocio en algo más que pasear por La Alameda, quienes no refutan las teorías freudianas con respecto a que el sexo es la fuerza e instinto básico que mueve al mundo, se sorprenden de la notoria laguna histórica con respecto a la distribución de este tipo de materiales desde finales del siglo XIX, y oficialmente, desde los últimos años del porfiriato, debido a la persecución documentada de que fueron víctimas algunos fotógrafos capitalinos que dedicaban sus ratos libres a lucrar con el negocio de la piel expuesta. Retratos en lencería provocativa, desnudos parciales y totales de bellas modelos (algunos de ellos bastantes candorosos, como el que hoy incluimos), así como algunas imágenes de sexo explícito, cuyo origen aún hoy es difícil de rastrear, representaban la mercancía secreta que era revelada y copiada en las trastiendas de los estudios fotográficos de gran tradición y que era vendida con gran éxito entre la población ávida de fantasías. Al igual que los tenderos que en el siglo XIX lucraban con aguardiente ilegal escondido tras sus mostradores, casi ningún fotógrafo establecido (con excepción de los más mojigatos) se privaba de entrar a un lucrativo negocio donde una sola imagen podía alcanzar la estratosférica suma de entre cinco y 20 pesos. Por lo general, cada oficiante de la lente contaba con una clientela de confianza y tenían gran cuidado en mostrar a compradores desconocidos sus catálogos, casi siempre responsables de palpitaciones violentas y ataques de estrabismo temporal. Arcones con gruesos candados, cajas de zapatos ocultas bajo duelas flojas e incluso depósitos de seguridad con combinación, eran los lugares donde se guardaban esas fotografías que, de acuerdo a grupos radicales, eran “tentaciones del infierno para mentes sátiras, cochambrosas y perdidas”; al menos así fueron etiquetadas por un activista católico llamado André Morell entrevistado para el diario La Patria. Y aunque había un gran cuidado por parte de los interesados de que las fotos de desnudos no cayeran en manos enemigas, eran inevitables las fugas de material, sobre todo por los adolescentes calenturientos, para quienes un buen día se abrían súbitamente las puertas del cielo al encontrar por accidente una foto subida de tono bajo el colchón de su progenitor. El lector Óscar Cordero recuerda algunas anécdotas que solía narrarle su abuelo, quien de adolescente, a principios de los años 20, solía comprar al hijo de un fotógrafo, compañero de su escuela, diversas fotos de guapas muchachas con poca ropa, mismas que escondía en el lugar más insospechado por sus estrictos padres: el marco de la imagen de San Antonio que adornaba la sala de su vivienda. No obstante, en otros casos, las anécdotas pasaban de lo colorado al color de hormiga. Si por alguna razón alguna de esas imágenes era descubierta por ojos adoradores de la vela perpetua, era fácil rastrear al responsable de su impresión, quien era sujeto a todo tipo de extorsiones, multas estratosféricas e incluso enchironado en el tambo, todo ello aparte de ser señalado en el barrio como ayudante del señor de los infiernos. Una vertiente poco conocida de este rubro eran los estudios de desnudo realizados por encargo y en sumo secreto a mujeres que deseaban inmortalizar la lozanía, belleza y voluptuosidad de su juventud. Al igual que hoy, muchas parejas que atravesaban por el aburrimiento marital, fenómeno conocido hoy como “La comezón del séptimo año”, veían en los estudios de desnudo una forma de reavivar la llama de su pasión. Pero igual como actualmente los muchos DVD clandestinos exhiben la fugaz intimidad de muchas parejas en hoteles de paso de Tlalpan, La Viga, Tacubaya, etcétera, la parte oscura de esta actividad ocurría cuando algún fotógrafo sin escrúpulos decidía hacer copias extra de los trabajos privados para incluirlos en el catálogo para su clientela. Ya ni hablar de las cardiacas sorpresitas que se llevaban algunos libidinosos de hueso colorado cuando al hurgar en esos archivos prohibidos se encontraban a su celulítica prima Gertrudis o a aquella vecina que los domingos solía lanzar epifánicos alaridos en el coro de la iglesia. El auge de las fotografías eróticas llegaría a su fin con la llegada de los llamados “periódicos de pelados” como El Fígaro, nombrados así por grupos conservadores, escandalizados por la exhibición de la vedette del momento en las portadas que adornaban los puestos de periódicos, ¡qué inmoralidad! ciudadeayer@gmail.com
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