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| Escrito en voz alta |
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Lucina Jiménez
El Universal Martes 12 de febrero de 2008 |
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Hasta el siglo XX la escuela ha sido considerada como espacio fundamental para la transmisión del conocimiento. Sin embargo, la era digital ha puesto en tensión esta función transmisora, frente a las exigencias de la interactividad. Este reto de la interactividad, no necesariamente se relaciona con la presencia de la computadora y de la red internet en la escuela. Pasa también por una transformación de la naturaleza de las relaciones entre maestros y alumnos. Se trata de cambiar la visión lineal en la cual uno enseña y el otro aprende, a fin de conformar un nuevo espacio de construcción del conocimiento. Se trata de convertir las aulas en sitios donde se revaloran los conocimientos y las prácticas culturales de niños, jóvenes y adolescentes, a través de un constante diálogo con maestros que confían en las capacidades de aprendizaje y de creación de conocimiento de sus estudiantes. Esta nueva forma de relación educativa y cultural no supone ya la convencional enseñanza de conocimientos o datos fijos, estables, memorizables, y por lo tanto fácilmente olvidables, sino más bien la exploración de estrategias de aprendizaje, investigación y experimentación, a través del intercambio de conocimientos que son capaces de fomentar el entendimiento y transformar la experiencia de la vida. Tampoco se trata de simplemente tecnificar las aulas. Conozco escuelas donde las computadoras no han permitido establecer la interactividad. Los niños terminan memorizando las partes internas o la historia de las máquinas, pero sin contextualizar su uso y sus funciones, a pesar de que muchos de ellos están frente a las pantallas de manera intensiva. La interactividad está presente en la red internet que convoca al usuario/lector/participante, a sumergirse y compartir información y nuevos tipos de relaciones. Sin embargo, para que esta interactividad tenga una mayor calidad, necesitamos estimular el juicio crítico, selectivo y de apreciación de nuestros estudiantes. De esa manera no serán simplemente repetidores y consumidores de las informaciones basura que también circulan en la red. Motivar el interés por la investigación, fomentar la curiosidad científica y la sensibilidad artística de nuestros niños y niñas, así como relacionar el conocimiento con la experiencia diaria son temas importantes para el desarrollo de nuevas competencias y actitudes frente a la vida, el aprendizaje y la escuela misma. ¿Para qué sirve una fórmula de cálculo del volumen de una pirámide cuadrangular? Se preguntan niños y niñas que memorizan una y otra vez ésta y otras fórmulas. Tal vez sirva decirles y que para saber medir cuánta leche cabe en un envase, hay que medirla para ver si es cierto. Este reto no es de poca dimensión, implica transformar el tipo de enseñanza que se imparte, pero incluso algo más complejo todavía: repensar el lugar de la escuela como transmisor de conocimiento, en relación con los nuevos contextos culturales creados en la era digital, el peso de los medios de comunicación y la explosión de la información a nivel mundial. La creación de ciudadanía y la formación de valores constituyen también nuevos campos donde la escuela, la familia y los medios requieren generar nuevas agendas educativas, recreativas, culturales, de encuentro y diálogo de unos con otros, en aras de fortalecer el tejido social y fomentar la convivencia respetuosa de las diferencias culturales. De esta manera, el vínculo educación y cultura en este sentido se vuelve inaplazable. Pensar la escuela en relación con la cultura es una obligación nacional que involucra a todos los actores sociales, porque no hay nada más importante en nuestros días para el presente y el futuro de millones de niños y niñas, que su posibilidad de aprender en la escuela y en los sitios de interés público, de socialización y disfrute cultural. * Antropóloga
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