México y el mundo
Juan María Alponte
El Universal

Martes 05 de febrero de 2008



Los Kennedy y Barack frente a los Clinton

El tiempo pasado no siempre es mejor —semblanza mítica inaceptable porque el futuro es la aventura impredecible—, pero, a veces, es representativo de la memoria de los seres humanos. En efecto, hace bien poco hemos celebrado el día de Martin Luther King. Carmen Aristegui me propuso que lo meditáramos en su programa y así lo hicimos. Después del asesinato de Luther King, a sangre fría, de balcón a balcón, revólver de profesional, su entierro fue la elegía por los Derechos Civiles. La viuda de Kennedy y el hermano de éste, Robert, juntos fueron en aquella ceremonia de “Yo he tenido un sueño”. Robert, el secretario de Justicia de su hermano, no sabía —después de enterrar al presidente— que él estaba, detrás del féretro de Luther King, a sólo 60 días de recibir la bala mensajera de la violencia, la ignorancia y el prejuicio. La violencia no se arma, nunca, sin esos compañeros de viaje.

Coretta Scott de King, la esposa del predicador por la Libertad y los Derechos Civiles de los negros (¿cuándo, la defensa de esos derechos no nos afecta a los hombres y mujeres aunque ya los hayamos conquistado, pero que siempre serán nulos si a otros hombres y mujeres les faltan?) en las más duras jornadas de la predicación, levantaba el teléfono para hablar con el presidente Kennedy y éste, inmediatamente, llamaba a su hermano, para que acudiese en su apoyo. Pueden ustedes imaginar lo que significó, para esa familia, la noticia, impresionante, del asesinato de John F. Kennedy. El alma misma se les fue.

Recordaban su discurso anunciando una nueva generación en la lucha por las libertades y derechos. Se había discutido mucho su religión (católico y, por tanto, el primero de esa fe que llegaba a la Casa Blanca) y él no había dudado en asumir su responsabilidad en ese punto: “Yo creo en una América donde la separación de la Iglesia y el Estado es absoluta y donde ningún prelado católico podría decir al presidente cómo actuar al igual que ningún ministro protestante podría decir, a sus feligreses, cómo deben votar”.

Se entiende que Martin Luther King y su esposa tuvieran un contacto libre con John F. Kennedy y su hermano el procurador general. El tiempo era tempestuoso y, por tanto, las llamadas de alerta se producían con frecuencia y, después del asesinato de Martin Luther King en 1968, una de las primeras llamadas fue para Robert Kennedy que, inmediatamente, ofreció ayuda. En el avión que llevaba el cadáver de Martin Luther King a su última morada, los hijos del predicador baptista, muy pequeños, preguntaban por su padre. Su madre, Coretta, contestaba: “Viene con nosotros, pero está dormido”.

Ahora, cuando los Kennedy se han unido a la campaña del senador Barack Obama, deberían regresar, a la memoria colectiva, esas imágenes, fecundas y dramáticas, de un pasado que nos pertenece y con el cual estamos, todavía, en deuda. Esa decisión reúne, vincula y afianza una alianza ética indispensable. Hillary, que representa mucho más que Obama al sistema, también es una novedad importante porque eleva a las mujeres de EU, y del mundo, al nivel de la responsabilidad y ello es, por tanto, un hecho positivo. Mi último libro, Mujeres, crónica de una rebelión histórica, ratifica esa posición inalterable.

De todas formas, sin más, confieso que me ha alegrado mucho que los Kennedy hayan dado ese paso que afilia, en un haz histórico, dos generaciones que han pagado, con sangre (la suya, no la de los otros que es lo que suele hacerse casi siempre) su presencia en el mundo. En la tumba de Martin Luther King se encienden, peregrinantes, unas frases suyas: “Al fin estoy libre, al fin estoy libre, dad gracias al Todopoderoso de que, al fin, estoy libre”. Hoy, 5 de febrero, el supermartes electoral de Estados Unidos y el mundo.

alponte@prodigy.net.mx



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