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Jacobo Zabludovsky
El Universal Lunes 14 de enero de 2008 |
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Sin prisa venía Fidel Castro de Oriente, donde supo de la fuga de Batista, rumbo a La Habana para la fiesta. Se detendría en Matanzas, me dijeron, y salí en sentido contrario al suyo, para conocerlo, encontrarlo, entrevistarlo por primera vez al triunfo de su revolución, el 7 de enero de 1959. Fue una espera de varias horas. Llegaron la madre y la hermana del comandante William Gálvez, a quien creían muerto. No se habían visto cuatro años, los dos de su entrenamiento en México y los dos de Sierra Maestra. La escena fue de lágrimas y alegría. Cuando llegó Fidel llegaron también más periodistas, fotógrafos y curiosos. Entre ellos logré acaparar y mantener su atención hacia mis preguntas. La grabación del sonido duró más de media hora y estos son algunos fragmentos. —Nuestra, gratitud a México porque fue ahí precisamente donde encontramos albergue cuando tuvimos que abandonar nuestra patria hasta regresar de nuevo a ella para iniciar esta lucha. Es verdad que desde México organizamos nuestro movimiento y nuestra expedición. Pudiera llamarse, en términos estrictamente jurídicos, que cometimos una violación de la ley, pero la única violación que se justifica es cuando se viola una ley para su propia patria y para conquistar la libertad de su pueblo. Yo sabía que a México no le hacíamos ningún daño. México es un país demasiado poderoso para que el hecho de que un grupo de hombres, un puñado de hombres saliera de sus costas pudiera poner en peligro en ningún sentido ni su prestigio ni su seguridad internacional; yo sabía que los mexicanos, todos, deseaban la liberación de nuestro pueblo. Salimos de México y eso se lo agradeceremos siempre a México, y gracias a esa posibilidad de salir y de llegar a Cuba es que hoy nos encontramos aquí, después de haber cumplido la primera parte de nuestras obligaciones que era liberar al país y conquistar su libertad. Ahora vendrá el problema de mantener y de hacerla cada día más firme. —¿Cuáles fueron los países que le vendieron armas a Batista para acabar con los hombres que luchaban con usted? —A este respecto le voy a decir nuestro sentimiento: estamos lo más contentos con los ingleses porque le vendieron aviones y tanques que están ahora en manos de nosotros. Contentísimos con los italianos porque le vendieron armas buenas que están en manos de nosotros ahora. Indignados con Trujillo porque lo que vendió a Batista no sirve para nada, unas carabinas malísimas. Al principio estábamos disgustados contra todo el mundo, ahora con quien estamos disgustados de verdad es con Trujillo porque lo que le vendió a Batista no sirve para nada. Verdaderamente no sirve. —¿Seguirá el juego de azar en Cuba? —Yo realmente detesto el juego. Suprimir el juego es una cuestión de moral pública porque perjudica la economía del pueblo y porque además corrompe al pueblo. —¿Los funcionarios gubernamentales del antiguo régimen acusados de latrocinio serán fusilados como los chivatos? —Los funcionarios acusados de latrocinio, yo le voy a decir una cosa. Mi opinión: yo los juzgaría como traidores a la patria, porque si es verdad que los otros delataron, si es verdad que los otros asesinaron, éstos lucraron con sangre de los cubanos que han caído, éstos negociaron con la sangre del pueblo, se hicieron ricos mientras se mataba y se asesinaba y creo que son reos de la pena capital. Dicen que andaban algunos presos, dicen que alguno está preso, no sé, no he tenido información porque en mis recorridos no tengo contactos. Pero alguno que otro ladrón que caiga preso, si a mí me invitan a tomar parte del consejo de guerra, tengan la seguridad de que voto por la pena capital. Al día siguiente, 8 de enero, entró Fidel a La Habana. Yo entré con él. Toda Cuba salió a recibirlo, aunque parte de ella esté ahora en Miami. En aquel momento entregaron su corazón a los barbudos. Nunca he visto manifestación de júbilo popular tan espontánea. Alegría cubana, el pleonasmo llevado al extremo. Un motociclista me permitió sentarme espalda con espalda para filmar el desfile. Antes de llegar al centro de la ciudad, Fidel se detuvo en un muelle donde había algunos barcos de guerra. Subió a uno de ellos y los tripulantes se le cuadraron: —Señor, aquí estamos a sus órdenes —dijo el capitán del barco. Era un oficial del gobierno de Batista que se estaba rindiendo. Pero Fidel no había subido a recibir un homenaje, sino a tomar posesión de los barcos, y con voz de última advertencia ordenó al capitán que desembarcara. La tropa blanca de los marinos se esfumó en los muelles. Luego fuimos a un campo militar donde tomó los tanques del ejército batistiano. Montado en uno de ellos desfiló por el malecón, acompañado por su hijo Fidelito, Huber Matos y Camilo Cienfuegos. Detrás, en un coche descubierto, venían algunas de las guerrilleras triunfantes entre ellas Haydeé Santa María, quien luego fue directora de la Casa de las Américas, y el doctor Urrutia, primer presidente de Cuba, cuando Castro todavía no se declaraba partidario del comunismo. Sólo pude ver los primeros aspectos de la entrada del desfile por el malecón. Me urgía llegar a México para mostrar las escenas y entrevistas. Esa tarde del 8 de enero regresé a México. El material ha sobrevivido al tiempo, a incendios y terremotos y ahora es un documento histórico. Fidel lo recordaría años más tarde, al dedicarme un libro: “Para nuestro viejo y conocido amigo de los primeros reportajes de la revolución triunfante, Jacobo Zabludovsky, con sinceras simpatías”, firma Fidel Castro, agosto 20, 75. A mediados de 1959, el 26 de julio, aniversario del asalto al Cuartel de Moncada, volvería a La Habana para entrevistar de nuevo a Castro y presenciar la accidentada visita del ex presidente Lázaro Cárdenas: Fidel no fue a recibirlo al aeropuerto y don Lázaro no recibió esa noche a Fidel en su hotel. Ya estaba dormido. Esa es otra historia.
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