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| La voz invitada |
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Jorge Meléndez Preciado
El Universal Miércoles 26 de diciembre de 2007 |
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Luego de una batalla épica, en la cual las diferentes bandas de esta megaurbe se enfrentan a delincuentes manejados por las policías y capos de la venta ilegal, aunque el apoyo de los de mero arriba con estos últimos es muy clara, el diablo llega a una conclusión: “El jodido Jefecito (papá) tenía razón, la violencia es una telaraña para el débil”. Y es que los de abajo, la plebe, la gleba, los grasientos, los mugrosos, siempre llevan las de perder y no tienen salida (hasta el momento). En su más reciente novela, La Tepiteada, Armando Ramírez (Océano) presenta la lucha de dos cábulas: El Diablo y La Muerte, contra un jijo del maíz, Saturno, el policía que no muere y cuando aparentemente lo liquidan regresa con más apetito por devorar a todos. Claro, el poligángster resulta el instrumento necesario de los poderosos en cualquier lugar. El objeto del deseo para que se dé esa pelea titánica es aparentemente La Negra, una salvadoreña apetecible, pero en realidad su hija. Quienes manejan las organizaciones y los hilos de muchos chavos que no tienen más futuro que el comercio en la vía pública o el pandillerismo —donde las drogas y el alcohol es lo máximo—, son Minerva y Junito. Ambas luchan por el mercado. Para lograr sus propósitos, se apoyan en los judiciales que se postran ante las autoridades banales, pretenciosas y dilapidadoras. Aunque Mine tiene interlocución con los Oscuros. Las damiselas nos evocan mucho la anterior obra de Ramírez, Me llaman la Chata Aguayo (Grijalbo, 1994), aunque ahora no hay salidas, más bien estamos ante una situación límite donde las posibilidades de subsistir están canceladas. La batalla que se va prefigurando a lo largo de las 269 páginas recuerda la película de culto de Walter Hill: Los Guerreros (1971). Aunque en gringolandia se dio porque los rebeldes querían superar a los cops, mientras que en nuestro país los criminales más primarios necesitan por fuerza asociarse a los supuestos guardianes del orden: la corrupción llevada al máximo y pervertidora de todo. Pero en uno y otro caso (La Tepiteada y Los Guerreros), la ciudad como marco que va mostrando nuevas formas y rutas de vida, el grafiti (“se asemeja a una miada de perro para marcar sus territorios”) como seña cultural de identidad, los colores en pelo y vestimenta, el peligro al salir del lugar de convivencia y la satisfacción al regresar a la tierra prometida. En la novela de Armando se citan de muchos lugares del centro: iglesias, librerías, cantinas (únicamente aparece El Nivel) y hasta el zócalo de la capital, lo que enriquece el texto. Lo mismo la invocación por lo de antaño y los pasadizos que dejaron los aztecas, así como sus ritos heroicos y sangrientos. La frase de que la salvación es compleja, rememora a Bird de Clint Eastwood (1988), cuando Dizzy Gillespie le dice al incomparable Charlie Parker que en la droga no está la salvación de los negros sino la manipulación de los blancos. Los jovenazos ahora no tienen otra que organizarse y exigir la ley, no obstante que funcionarios y esbirros la violen a cada rato, burlándose, además, de quienes la defienden (¿verdad, Lydia Cacho?). En varios momentos hay repeticiones que lejos de darle musicalidad a lo escrito lo hacen cansado (págs. 147 y 161). Por cierto, los intelectuales que se sienten muy chidos son puestos en su lugar (dispuestos a “dar consejos a los gobernantes” y “crear empresas de asesoría para la inversión extranjera”). jamelendez@prodigy.net.mx jamelendez44@gmail.com
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