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Crónicas Neuróticas
Rafael Pérez Gay
El Universal

Lunes 05 de noviembre de 2007



Los alargamientos indeseados

“Se ha encontrado correo electrónico no deseado”, anuncia en la pantalla de la computadora un programa cazador de basura cibernética. Pero no todos caen en la trampa, algunos evaden el cedazo. Los tiro a la papelera mientras pienso que de momento alargarme el pene no está entre mis prioridades. Y no por falta de ambición, sino porque estoy convencido de que el método para lograr el alargamiento peniano debe ser falso o muy doloroso. Además, medito, si fuera tan fácil semejante operación la habrían experimentado nuestros ancestros, el XIX hubiera sido un siglo feliz, apacible y, eso sí, con menos poseía desdichada. La publicidad de la extensión del pene tiene un serio problema de diseño pues no explica con detalle cómo ocurre el crecimiento artificial del órgano. De existir ese tratamiento apuesto que se basa en succiones insoportables. Entre los correos indeseados también se cuelan a la bandeja de entrada los que ofrecen Viagra. He imaginado hombres dominados por la codicia que se dicen a sí mismos: primero unos cinco o seis centímetros y luego el rombo azul. Seré invencible.

Acabo de tirar al basurero otro correo. Dice en inglés que la felicidad toca a nuestra puerta y que debemos abrir. Le llaman Mega Dick. Tengo fundadas sospechas de que me han ubicado como un cliente rebelde y por eso me mandan la oferta del producto decenas de veces al día. Seguro han dicho esto: aquí hay uno que no quiere alargarse el pene, mándale 10 correos diarios, persuádelo, convéncelo. También hazle saber algo de nuestras ventas masivas de Viagra a precios de risa. ¿Me habrán señalado como un cliente non grato? Nunca lo sabremos. Y aquí estoy, arrojando a la papelera correos indeseados y borrando los que pasaron la aduana que ha puesto el cazador de basura. Como borro muchísimos correos termino pensado que he borrado mensajes muy importantes y eso me perturba. Incluso le he enviado correos a gente que me importa preguntándole si últimamente me han enviado algún mensaje. Me contestan que no y en el fondo me siento despreciado. Creo que voy a volverme loco.

Los siquiatras no han estudiado aún las patologías liberadas por los instrumentos de la modernidad informática. La frase que más he oído en los últimos meses es ésta: Prodigy no anda bien. Y lo decimos como si dijéramos Pedro no anda bien. En efecto, Prodigy andaba mal. Primero noté que entraban mensajes a la bandeja, pero ¡oh desgracia!, no salían, se quedaban en un sala de espera que llaman de modo arbitrario “Borradores”. ¿Cómo puede saber la máquina si lo que hemos escrito es un borrador o la pulida versión final de un texto? Días más tarde el mail se atascó, no entraban ni salían correos. Me sentí aislado, como si me hubieran encerrado en una mazmorra. Escribí breves epístolas y cuando intentaba enviar el texto, aparecía en la pantalla un recuadro delatando un error del tipo 4507900. Quedé a oscuras y en silencio. Has cometido un error garrafal, me dijeron, nadie funciona con una sola dirección de correo. Les expliqué que tengo un Hotmail que tampoco sirve, se echó en el establo de la computadora y no hubo poder que lo moviera de ese lugar. ¿Alguien a intentado hablar a Prodigy? Es una de las cosas más difíciles que hay en el mundo. Después de darme instrucciones telefónicas durante una hora, escriba su clave, no toque esa tecla, pulse enter, impulse las preferencias, el finder está del otro lado, yo quería estrellarme contra las paredes. El correo volvió en sí. En la bandeja de entrada había 135 mensajes de los cuales 90 me proponían el alargamiento del pene. Tengo un correo encendido que sirve para que recibir mensajes sobre la extensión peniana y transformarme en un Mega Dick. Esperaba correos importantes que no recibí, se perdieron en el limbo del ciberespacio. La gran mayoría de los mensajes empiezan diciendo que los milagros sí existen: usted puede tener un arma ante la cual las mujeres tiemblen de excitación. Con saña inenarrable los borré uno a uno. La sospecha volvió a taladrarme el alma. Saben de mi existencia y no se detendrán hasta desquiciarme. El asunto ha empezado a gotear en mi vida profesional. El otro día pregunté en una reunión de trabajo: ¿quién de los presentes ya se alargó el pene? Nadie me respondió, pero sus miradas fueron elocuentes. No sé si acercarme a la computadora, ignoro lo que voy a encontrar.



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