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| Itinerario Político |
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Ricardo Alemán El Universal Domingo 21 de octubre de 2007 |
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Calderón sigue el modelo de su mentor para aliarse al PRI y PRD Entregó Yucatán al tricolor; Michoacán seguirá de amarillo Para muchos, la entrega de la medalla Belisario Domínguez al desaparecido ideólogo del PAN, Carlos Castillo Peraza —máximo galardón que entrega el Senado a los mexicanos distinguidos— no fue más que un evento protocolario en el que el gobierno de Felipe Calderón y un sector de su partido pretendieron colocar en un rincón de la historia al que fuera el jefe de la corriente que formó al presidente Calderón. Pero más que un pago tardío de lealtades del pasado, para Felipe Calderón la figura de Carlos Castillo Peraza y, sobre todo su ideario y su contribución a la transición democrática, no sólo siguen presentes y están vivas, sino que son “la carta de navegación” del segundo gobierno federal en manos del PAN, que en los primeros 10 meses de su travesía sexenal se ha orientado por la ruta trazada por el yucateco en su trayecto rumbo a la transición democrática. Y es que en medio de turbulencias, mares embravecidos y motines a bordo, “la carta de navegación” que heredó de Castillo Peraza el más aventajado de sus alumnos le ha permitido al presidente Calderón sortear los formidables obstáculos frente a los que arrancó su gestión y, con ello, consolidar una alianza con el PRI que ha producido impensables reformas en los terrenos de pensiones, fiscal y electoral —por las que debió pagar un alto costo político como la concertacesión del gobierno de Yucatán y la entrega del IFE—, mientras que en las filas del PRD gana porciones de legitimidad y un paulatino reconocimiento a cambio de entregar la cabeza del presidente del IFE y de arriar velas electorales en el estratégico estado de Michoacán. Pero la figura y las directrices de Castillo Peraza también le han servido a Calderón para contener los motines a bordo del PAN; no sólo para impulsar al nuevo presidente partidista en oposición al amotinado Manuel Espino —al impulsar como aspirante a Germán Martínez, otro de los alumnos aventajados de Castillo Peraza—, sino para establecer una alianza estratégica con el grupo de Santiago Creel, el verdadero jefe del PAN en el hoy poderoso Senado de la República. Primera señal Y para los que suponen que la figura de Carlos Castillo Peraza apareció apenas a raíz de que Santiago Creel impulsó la idea de entregar al yucateco la medalla Belisario Domínguez, vale recordar que fue el propio Felipe Calderón quien se encargó de rescatar la memoria de Castillo Peraza y de asumir de manera pública la herencia de “la carta de navegación” de su mentor, como guía para la travesía política de su gobierno. En efecto, en un ensayo escrito de su puño y letra (Enfoque, de Reforma, domingo 15 de abril), el presidente Calderón se encarga de enviar las claves —a la vista de todos—, de lo que sería su propuesta de alianzas y reformas político- electorales para los meses siguientes. En ese texto, Calderón reconoce en Castillo Peraza al “ideólogo de la transición democrática”, le otorga la calidad de heredero “de los ideales de Gómez Morín” y lo coloca como referente indisoluble de su gestión presidencial, sobre todo en lo que se refiere al arte del diálogo y la negociación con los adversarios políticos. ¿Para qué escribir un ensayo como el que hizo público el presidente Calderón? ¿Por qué hacerlo público? ¿Por qué no dejarlo para consumo interno del partido? ¿Por qué a cinco meses de iniciado su gobierno? Las anteriores interrogantes las formulamos en el “Itinerario Político” del domingo 22 de abril. Y las respondimos de la siguiente manera: “Cuando Felipe Calderón ensaya la recuperación de las raíces del PAN, cuando rescata al ideólogo de las últimas dos décadas, y cuando recupera la memoria de Carlos Castillo Peraza, en realidad dibuja hacia dentro y hacia fuera del PAN lo que será su gestión en los próximos cinco años: un gobierno que será construido sobre los cimientos de la historia y las tradiciones panistas —muy lejos del de Vicente Fox—: una gestión que le apuesta a continuar con la transición democrática en la que, en efecto, participó de manera importante Castillo Peraza”. Pero sobre todo, dijimos, “Pareciera que una lectura fundamental del ensayo la deben hacer los panistas hacia el interior de su estructura de partido y en sus gobiernos. Pareciera que Felipe Calderón va por la recuperación de su partido, no sólo en el reconocimiento del papel como jefe del gobierno, sino en el rescate de la cultura y el ideario del PAN… Por eso, uno de los primeros pasos que da el gobierno de Calderón parece apuntar hacia el establecimiento de una nueva alianza intramuros del PAN, en donde el partido sea el principal aliado del gobierno, pero también el principal promotor de lo que Calderón llama: ‘una militancia comprometida, entregada y apasionada, igual en las calles y las plazas, que en los escritorios públicos’”. ¿Y qué ha pasado desde ese 15 de abril que se publicó el ensayo de Calderón? Eso precisamente. El Presidente colocó todas las piezas en ruta para recuperar el partido, para echar a Manuel Espino, y hasta consiguió —como también lo dijimos aquí en el “Itinerario Político” del domingo 27 de mayo—, que Santiago Creel se desprendiera, junto con su grupo, de Manuel Espino. Hoy Santiago Creel es un aliado fundamental del gobierno de Calderón, y por eso fue el impulsor de la entrega de la medalla Belisario Domínguez a Castillo Peraza. La simbología de los mensajes políticos. Tender la mano Pero el ensayo tenía más, mucho más. En realidad el simbolismo de que el texto haya sido del puño y la letra de Felipe Calderón, y que se haya hecho público, se explicaba porque existían todos los ingredientes de un claro mensaje hacia los adversarios políticos y los detractores del gobierno de Calderón. Y no era una casualidad que Calderón citara en su ensayo fragmentos íntegros de los textos de Castillo Peraza, en donde el yucateco explica las razones por las que el PAN estableció una alianza, en 1988, con el entonces ilegítimo gobierno de Carlos Salinas. Así citó Calderón a Castillo: “Carlos supo entender que se requiere más valor para iniciar un diálogo desde la oposición en un régimen autocrático que simplemente protestar y negarse radicalmente a establecer el diálogo. Era posible ganar a pesar de un régimen cerrado y dispuesto a defender por todos los medios su hegemonía… He señalado y reitero que Carlos Castillo es el verdadero ideólogo de la transición política mexicana, porque la concibió, la diseñó y la supo llevar adelante... En el plano de las ideas y al mismo tiempo de la acción y de la práctica, esta labor quedó claramente plasmada en 1989 con el documento Compromiso Nacional por la Legitimidad y la Democracia. El documento exigía al gobierno (de Salinas) asumirse como un gobierno de transición y lo convocaba a él y a todas las fuerzas políticas a iniciar, por la vía del diálogo y la negociación la ruta de la transición pacífica a la democracia… Carlos Castillo Peraza apostó por un cambio en las instituciones políticas, pero sin ruptura, por una transformación del régimen, no por la destrucción del país”. ¿Cuál es el mensaje de ese ejercicio memorioso?, volvimos a preguntamos aquí el mismo domingo 22 de abril. Así respondimos entonces: “Está muy claro, el Presidente está proponiendo a los distintos sectores del PRD, como ya lo hizo con los del PRI, un pacto político como el que signaron el PAN de Luís H. Álvarez en 1988 —bajo el motor ideológico de Castillo Peraza—, para retomar, 18 años después, una nueva generación de reformas político electorales y reimpulsar la transición democrática… El pacto que en 1988 signaron el PAN y el gobierno de Salinas proponía la legitimación de la gestión de Salinas, pero en el ejercicio del poder”. Más aún, en el “Itinerario Político” del lunes 23 de abril —con la cabeza que preguntaba: “Yucatán, ¿para el PRI?”—, aventuramos que a partir del ensayo de Felipe Calderón y ante un escenario en el que el PRI reclamaba que el gobierno federal sacara las manos de la elección yucateca —elección que se llevó a cabo el domingo 20 de mayo— “no se debe descartar que Acción Nacional y el gobierno de Calderón entreguen al PRI, de manera deliberada, el gobierno de Yucatán, a cambio de sellar la alianza entre el gobierno de Calderón y el PRI. ¿Que resulta descabellada la hipótesis? No hay duda, pero tampoco se puede dudar que, igual que Carlos Castillo Peraza en su momento, Felipe Calderón sabe bien que para alcanzar grandes logros, se deben hacer grandes apuestas. Y en esa lógica se deben sacrificar peones, alfiles o caballos. Y el de Yucatán puede ser uno de ellos”. A la vuelta de los meses se confirmó que el ensayo que hizo público Felipe Calderón sobre Carlos Castillo Peraza no era sólo un ejercicio memorioso, sino que era una formidable herramienta política que utilizó el presidente Calderón para avanzar en el concepto de transición democrática que en su momento propuso el propio Castillo Peraza. Se confirmó también la hipótesis que aquí formulamos. ¿Qué ha pasado desde entonces, en los seis meses siguientes al ensayo de Calderón? Todos saben que se entregó el gobierno de Yucatán al PRI; que con el concurso del PRI y del PRD en el Congreso, el gobierno de Calderón impulsó no sólo una reforma electoral que pretende superar la crisis política surgida por la controvertida elección federal de 2006, sino que debió sacrificar alfiles, caballos y hasta torres, como la entrega del IFE a los partidos y la entrega de la cabeza de Luis Carlos Ugalde al PRD. El costo político para el PAN y para el gobierno federal fue alto, y hoy nadie sabe si la ganancia para Calderón será superior. El turno amarillo Como ya se dijo, el ensayo de Felipe Calderón también contenía una clara dedicatoria al PRD, sobre todo cuando el Presidente escribió: “Carlos Castillo Peraza apostó por un cambio en las instituciones políticas, pero sin ruptura, por una transformación del régimen, no por la destrucción del país”. Ese mensaje apareció cuando en el Congreso, en especial en el Senado de la República, un talentoso animal político como Manlio Fabio Beltrones cocinaba la llamada reforma del Estado, apetitoso platillo al que había convidado al PRD. Pero los amarillos, como todos saben, no son una fuerza homogénea, y menos luego de julio de 2006, cuando la realidad política impuso la más severa derrota que haya sufrido Andrés Manuel López Obrador, cuando se quedó con las manos vacías la mañana del 3 de julio —en tanto candidato perdidoso—, mientras que el grupo antagónico al tabasqueño, el de Los Chuchos se convirtió en el gran ganador del PRD. Como aquí dijimos el 4 de octubre pasado, el subordinado grupo de Los Chuchos amaneció el 3 de julio con un poder que nunca imaginaron en el Congreso. Entonces Los Chuchos —que en 1996 fueron los verdaderos artífices, en el sector del PRD, de la gran reforma que hizo posible la caída del PRI—, le tomaron la palabra a Calderón y decidieron caminar por la misma ruta que siguió el PAN en el gobierno de Salinas casi dos décadas antes; por la ruta del acuerdo político, la negociación y el pacto. Por el camino trazado por Castillo Peraza. En pocas palabras, que desde el Congreso Los Chuchos y sus aliados pactaron una reforma electoral que no sólo les ofrecía la ganancia de la odiada cabeza de Luis Carlos Ugalde —ofrenda con la que calmaron la furia de los dioses obradoristas—, sino que cumplieron una vieja demanda de los amarillos: sacar de los procesos electorales —junto con el PAN y el PRI—, a los medios electrónicos de comunicación. Pero esa, que de suyo era una ganancia espectacular, no sería todo. En el futuro del PRD, del PAN y del gobierno de Calderón estaba Michoacán, el bastión de la dinastía Cárdenas, que López Obrador pretendió arrebatarle al jerarca Cuauhtémoc Cárdenas, pero que también era un preciado trofeo para las vitrinas de Los Pinos. Entonces Obrador impulsó con todo a su aliado de temporal, el otrora fiel cardenista Leonel Godoy, quien en uno de esos botes extraños que da la política mexicana, también fue impulsado por Los Chuchos. La estrategia parecía suficientemente clara: jubilar a los Cárdenas, incluido el gobernador saliente de Michoacán, Lázaro Cárdenas Batel, potencial candidato presidencial para 2012, y por esa razón un obstáculo que debía ser derribado. Pero López Obrador y Los Chuchos no tomaron en cuenta una minucia; que el gobierno de Michoacán también era deseado por el michoacano Felipe Calderón. Así, con todo el apoyo de Obrador, el candidato Leonel Godoy inició su campaña prácticamente empatado con el PAN, y frente a un electorado cuyo corazón era ocupado por el cardenismo, en uno de sus ventrículos, mientras que en el otro anidaba el calderonismo. A poco más de un mes de la contienda —prevista para el 11 de noviembre próximo—, era claro para todos que Michoacán estaba en riesgo. Entonces Leonel Godoy echó mano de sus habilidades para el trapecio político y practicó un salto mortal de regreso a los brazos de su padre político, Cuauhtémoc Cárdenas. Y aquí aparece el pragmatismo desarrollado por Castillo Peraza. Sí, en tanto el PAN decidió “anclar” a su candidato al gobierno de Michoacán --que de manera extraña ya no creció--, reapareció Cárdenas al lado de Leonel Godoy. Así el PRD empezó a repuntar. Pero el “anclaje” del PAN no era gratuito. Debían hacerse públicos los actos de fe hacia el gobierno de Calderón. Y pronto aparecieron en cascada. Pero esa historia para mañana. aleman2@prodigy.net.mx
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