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Juan Domingo Argüelles El Universal Domingo 16 de septiembre de 2007 |
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Si nos referimos a la estupidez, quizá la única generalización admisible es que todos, sin excepción, estamos expuestos a cometer actos estúpidos, independientemente de las condiciones sociales, económicas, culturales y de los niveles académicos y de escolarización. Personas, con muy reconocidas credenciales, cometen actos estúpidos que parecerían contradecir su inteligencia, y personas de menos luces o de menos preparación académica, cometen otro tipo de estupideces, pero quizá no aquellas en las que incurren los más “preparados”. ¿Por qué sucede esto? Es la pregunta que tratan de resolver quince investigadores sociales (sicólogos y sociólogos) de varias universidades, entre ellas las de Edimburgo, Columbia, Yale, Harvard y California, en el libro Por qué las personas inteligentes pueden ser tan estúpidas (Barcelona, Ares y Mares), coordinado por Robert J. Sternberg, quien enseña sicología y educación en la Universidad de Yale. Sin embargo, en un tema tan complejo, no faltan los especialistas, en este mismo libro, que llegan a conclusiones polémicas o discutibles, por decir lo menos, que podrían perfectamente pasar por concepciones estúpidas. Por ejemplo, a decir de Ray Hyman, de la Universidad de Oregon, “los tontos no pueden hacer cosas estúpidas” y, como complemento, “la gente lista puede comportarse de forma estúpida precisamente porque es lista”. El libro contiene análisis realmente profundos sobre situaciones estúpidas ampliamente conocidas. Por ejemplo, el escándalo Clinton-Lewinsky (“Sexo, mentiras y cintas magnetofónicas”, de Diane F. Halpern), que puso al borde de la renuncia al más poderoso de los presidentes de una nación, por actos verdaderamente estúpidos. Sin embargo, en no pocos casos algunos de estos investigadores cometen el acto estúpido de creer que la inteligencia o la estupidez se pueden medir simplemente por el prestigio académico y la alta escolaridad, por una parte, y por la falta de credenciales altamente reconocidas por la otra. A pesar de cierta sentencia latina muy famosa y fatalista (Quod natura non dat, Salmantica non prestat: “lo que natura no da, Salamanca no presta”), hay quienes, en el otro extremo de las creencias rotundas, piensan que la inteligencia es una cosa que confiere la universidad. Por eso, cuando hablan de inteligencia lo primero que exhiben son sus títulos. Si los tontos, es decir los “no inteligentes”, están incapacitados para cometer estupideces, dado que éstas son patrimonio exclusivo de las personas inteligentes, ¿quién define la inteligencia y qué cosa es exactamente? La American Psychological Association la define como la “capacidad para comprender ideas complejas, adaptarse de forma eficaz al entorno, aprender de la experiencia, utilizar distintas formas de razonamiento y superar los obstáculos a través de la reflexión”. Lo malo de leer esta definición con una cierta conciencia de superioridad (lo cual ya es, en sí, un actitud estúpida), es pensar que sólo los individuos de alta escolaridad están en posibilidad de, por ejemplo, adaptarse de forma eficaz al entorno y aprender de la experiencia. Esto lo pueden hacer incluso las lagartijas, las cucarachas y los pájaros, y no por ello los consideramos inteligentes. Por qué las personas inteligentes pueden ser tan estúpidas es un libro muy bueno no sólo por lo que dice, sino también por lo que deja de decir; no únicamente por lo que fustigan sus colaboradores y su editor Robert J. Sternberg, sino también por las “ingenuidades” en las que incurren, a pesar de su inteligencia, o precisamente por confiarse demasiado a su inteligencia.
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