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Los Usos del Poder
Alfonso Zárate
El Universal

Miércoles 12 de septiembre de 2007



Informe ‘a la antigüita’

Cuando parecía que el viejo rito del “Informe de Gobierno” como ejercicio de autoelogio —que con Fox alcanzó niveles sublimes: el país de las maravillas— estaba sepultado, Felipe Calderón decidió resucitarlo en pleno Palacio Nacional.

A los legisladores se les hizo tarde para cambiar el formato, pero creyeron que con el “pacto de silencio” que acordaron para el 1 de septiembre, habían firmado el certificado de defunción para el Día del Presidente. Y, en efecto, el cumplimiento estricto del artículo 69 constitucional propició una sesión sobria, solemne y breve, propia para las pompas fúnebres de una de las liturgias más representativas del viejo régimen.

La ceremonia del 1 de septiembre transcurrió sin sobresaltos, salvo la censura o “falla técnica” que suprimió de la cadena nacional el alegato de Ruth Zavaleta, presidenta del Congreso General, para defender su salida, junto a las bancadas del PRD y el PT, del salón de plenos: “No puedo aceptar recibir un documento de quien proviene de un proceso electoral legalmente concluido, pero cuestionado en su legitimidad por millones de mexicanos”.

Sin los honores de una banda militar, sin cadetes ni atril, Felipe Calderón entregó el informe en el presídium del salón de plenos y pronunció un breve discurso para llamar de nuevo al “diálogo público y directo” a los legisladores. Por primera vez en 18 años, la ceremonia transcurrió sin las interpelaciones, los gritos, las consignas y las mantas.

Pero el Presidente tenía planes distintos: decidió hacerse su fiestecita en Palacio Nacional, acompañado por el México “institucional”, cobi-jado por miembros de la sociedad que cuenta, rodeado de los suyos.

Como en los tiempos de la presidencia imperial, el acto constitucional de “rendición de cuentas” se convirtió en una puesta en escena, una exhibición del poder presidencial.

Con las formas se resucitó también el fondo: en alrededor de 80 minutos, apenas interrumpido por una veintena de aplausos de acarreados de cuello blanco, el titular del Ejecutivo dio lectura a un discurso en el que trazó los logros de su gobierno e identificó los retos mayores que enfrenta el país, todo ello articulado a partir de la idea-fuerza de que “es posible transformar a México”.

Aunque no hacía falta tanto bombo y platillo para presentar un mensaje bien estructurado, un discurso en el que por momentos se asumió el realismo como condición para un diagnóstico viable; con mensaje político, en el cual hay apreciaciones críticas hacia el gobierno anterior y también definiciones respecto a la ruta de algunas reformas, la electoral, por ejemplo: mientras el consejero presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde, jugaba su resto y argumentaba que si lo despiden estarían reconociendo que hubo fraude, Calderón dijo que cualquier esfuerzo por mejorar la fortaleza y credibilidad “requerirá guardar un sano equilibrio entre el grado de consenso respecto de los procesos y las autoridades, y el continuo fortalecimiento de la autonomía y la capacidad de acción de tales órganos”.

Calderón identifica, asimismo, algunos retos de corto y mediano plazos. El país vive una hora difícil. Las vulnerabilidades crecen y los veneros del petróleo, que nos escrituró el diablo, se vuelven amenaza: el hecho de que apenas tengamos reservas probadas para los próximos nueve años y que en tan sólo dos la producción diaria promedio de petróleo se haya reducido en más de 200 mil barriles ensombrecen el panorama.

Por eso es imperativo que el país abandone la inercia y decida hacia dónde ir. No hacer nada, dejar que nos gobierne la indolencia, es condenar a las nuevas generaciones a un mundo incierto. Pero definir un proyecto de país tiene que ser un ejercicio colectivo. Es preciso convocar a las principales instituciones de educación superior, a los más lúcidos investigadores, a construir un diagnóstico integral de nuestras fortalezas y debilidades y proponer distintas alternativas para el país que queremos ser.

El titular del Ejecutivo perdió la oportunidad de detallar hacia dónde quiere conducir al país y cuáles serán las decisiones y las políticas públicas que permitirán la sincronía de México con el mundo.



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