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| Itinerario Político |
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Ricardo Alemán El Universal Lunes 03 de septiembre de 2007 |
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El Congreso recuperó su poder de equilibrio y de rendición de cuentas por parte del Ejecutivo Los opositores al gobierno forzaron las cosas para duplicar los efectos mediáticos y propagandísticos No eran pocos los que la tarde y noche del pasado sábado 1 de septiembre alardeaban sobre el carácter “histórico” del fin del “día del Presidente”, en alusión a que esa fecha de 2007 había terminado el ritual inaugurado en el lejano 1824. Rostros felices en el recinto legislativo de San Lázaro, entre los que hicieron posible la hazaña que obligó al presidente Calderón a cumplir estrictamente el texto del 69 constitucional. Pero horas después, la mañana del 2 de septiembre, se reinventó el “nuevo día del Presidente”, ya no en el salón de plenos del San Lázaro, convertido en Congreso General; ya no en el acto inicial del periodo ordinario de sesiones de sus dos cámaras; ya no al amparo de lo que ordena el 69 constitucional, y muy lejos del ceremonial que reúne a quienes representan a los tres poderes de la Unión. En efecto, el 1 de septiembre de cada año dejó de ser el “día del Presidente”. Sin duda el Congreso recuperó su esencia de poder de equilibrio y de rendición de cuentas por parte del Poder Ejecutivo. Pero también es cierto que siguió la tradición faraónica al inaugurarse como nuevo “día del Presidente” el 2 de septiembre, en el Palacio Nacional, y sin ningún sustento legal, ya no se diga constitucional. Y en el extremo de la ironía y de las paradojas políticas, los opositores al gobierno de Felipe Calderón, los que lo tildan de “espurio” y no bajan a su gestión de “ilegítima”, contribuyeron de manera decisiva a que el acto propagandístico en que se ha convertido el primer Informe se reprodujera por partida doble. Sí, por absurdo o increíble que parezca, los opositores al gobierno de Calderón forzaron las cosas para duplicar los efectos mediáticos y propagandísticos, las transmisiones especiales, cadenas nacionales, mesas de análisis, primeras planas y presencia pública del odiado “espurio”. Bueno, hasta hubo un gasto doble, como si el horno estuviera para bollos. Pueden estar felices porque le arrebataron al Presidente el halo faraónico de presentarse en el Congreso como un monarca sediento del aplauso y la genuflexión, pero al mismo tiempo le dieron la coartada perfecta a su adversario, al presidente Calderón, para reinventarse como el monarca capaz de hacer su propia fiesta, a la que invita a los poderes formales, a su corte partidista, a sus aliados y los que, como él, se niegan al fin de la “presidencia imperial”. ¿A quién se le ocurrió, de entre los “hombres del Presidente”, la puntada de llevar a Palacio Nacional la réplica de los viejos informes de gobierno al más puro estilo del PRI? Si fue una idea del presidente Calderón, el asunto resulta doblemente cuestionable. ¿Por qué? Porque estará dando la muestra más contundente de que una buena parte del discurso republicano que por décadas enarboló el PAN —ese discurso que reclamaba el fin del “día del Presidente”, que censuraba el aplauso complaciente, que criticaba los mensajes cargados de buenos deseos y pocos resultados—, no era más que demagogia, por un lado, que ya en el poder presidencial a Felipe Calderón se le olvidaron las banderas de su partido, por otro o, en el extremo, que le picó el mismo bicho que a López Obrador, quien pretendía vivir en Palacio Nacional, y que en el zócalo se organizó su propia ceremonia como “presidente legítimo”. El poder, dice la voz popular, “los hace iguales”. Y el ceremonial que se organizó a sí mismo el presidente Calderón, el discurso enviado, la parafernalia y la concurrencia fueron —salvo por el recinto y el sustento legal o constitucional— una burda réplica de los informes anuales al estilo del PRI y de los penosos informes del gobierno de Vicente Fox. ¿Dónde quedó la sobriedad, el irrestricto apego a la legalidad, el sustento constitucional del “nuevo día del Presidente”? Y es precisamente aquí donde reside el problema de fondo. ¿En qué artículo constitucional, ley reglamentaria de qué, ordenamiento de quién, se ordena y regula una ceremonia como la que vimos el domingo 2 de septiembre en el Palacio Nacional? ¿En calidad de qué acudieron a esa ceremonia los representantes de los tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial? ¿Se puede inventar, de la nada, un ceremonial como el que organizó la casa presidencial, al que acuden con su alta representación no sólo el Presidente de la República, sino el presidente de la Corte y los presidentes del Congreso? En el fondo, lo ocurrido tanto el 1 de septiembre como la réplica del “día del Presidente” que presenciamos el domingo 2 parecen la resultante de una ridícula y aniñada pelea política en donde ninguna de las partes quiere ceder y en donde ninguno de los actores muestra grandeza, sensatez y altura de miras. Por un lado, un político que dice representar a la izquierda y que se dice defraudado, que se proclama como “presidente legítimo”, y que impone a su partido la línea de acabar con el “día del Presidente” y de impedir que Felipe Calderón llegue a la tribuna del Congreso para dar su mensaje a la nación. Ese mismo político, que gusta del sarcasmo y que no digiere su derrota, se empeña en la venganza política, acuña el “entregas y te vas”, y en la plaza pública alardea de su triunfo y se burla de los resultados de su travesura: “Fue una farsa, un circo… lo corren de cualquier sitio ya que no tiene derecho a estar en ningún recinto oficial, porque se robó la elección”, dice de la ceremonia del sábado 1 de septiembre. Y en respuesta, el otro político, al que por mayoría los ciudadanos le entregaron el mandato como jefe del Estado y del gobierno, reacciona con una fiesta que quiere ser republicana, pero carente de sustento legal, y que se queda en una grosera réplica de lo que siempre cuestionó el PAN. La enfermedad del presidencialismo, que por igual ataca al que perdió y que no cejará en su venganza, y al que ganó, que no entiende que su responsabilidad es con todos los ciudadanos, y que está muy lejos de la provocación tropical. Y ahora vienen las reformas, también con un fuerte tufo del trópico. Acaso hace falta el “chapulín colorado”. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mex
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