Formato de impresión patrocinado por


Itinerario Político
Ricardo Alemán
El Universal

Domingo 12 de agosto de 2007



El circo del informe

Como Zedillo, Calderón arrebata a opositores la bandera de diálogo

PRD muerde el anzuelo y le deja libre el camino al gobierno “espurio”

A 20 días de que por mandato constitucional, el presidente Felipe Calderón deba presentar al Congreso un informe por escrito sobre el primer año de su gestión al frente del Ejecutivo federal, nadie sabe si de nueva cuenta, los ciudadanos veremos un espectáculo vergonzoso como el que nos ofreció la clase política mexicana el 1 de diciembre de 2006 —pelea cuerpo a cuerpo por cumplir un mandato constitucional, de un lado, y por impedirlo, por el otro—, o si, por el contrario, las diferencias serán dirimidas con los instrumentos de la política.

Nadie sabe si se reeditará el absurdo y hasta circense espectáculo de legisladores electos en el mismo proceso que dicen que fue fraudulento, que asumieron sus cargos, y juraron respetar y hacer respetar la Constitución, y que en una suerte de venganza política, mediante la fuerza, se empeñaron en impedir que el representante del Poder Ejecutivo cumpliera su responsabilidad constitucional. Nadie sabe si imperarán la pasión y hasta la esquizofrenia política sobre la razón y el respeto a las reglas dadas: la Constitución.

Pero lo que sí sabemos todos o casi todos los ciudadanos es que frente a un ritual constitucional —como el ceremonial del Informe anual de Gobierno—, las partes en el conflicto parecen empeñadas en convertir en espectáculo de circo la responsabilidad que como representantes populares y mandatario les confiaron los mandantes —que somos todos los ciudadanos—, quienes votaron por que los políticos sean capaces de esfuerzos conjuntos para resolver los grandes problemas nacionales que, por ejemplo, tienen a millones de mexicanos en la miseria.

Pero el mandato ciudadano parece no importar a nadie. Ayer, con el pretexto de la toma de posesión del nuevo presidente, y hoy con el del primer Informe de Gobierno, unos y otros parecen dispuestos a medir fuerzas en una suerte de espectáculo de circo, para medir popularidades y cobrar afrentas, que no lleva más que a un tobogán de descrédito que, a final de cuentas, los exhibe como lo que son: retrato de cuerpo completo de su pequeñez como representantes populares y gobernantes. La grandeza, la sensatez, la responsabilidad no son lo suyo.

Ritual obsoleto

Concebido por décadas como “el día del presidente”, el ritual del Informe de Gobierno ya no sólo es obsoleto, sino ofensivo para una sociedad que reclama transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad republicana. Por lo menos en las dos más recientes décadas —y sobre todo desde 1997, cuando la oposición alcanzó el control mayoritario de la Cámara de Diputados—, todos los partidos reclamaron un cambio en el formato del Informe de Gobierno, para que dejara de ser la confirmación del culto al presidente en turno y se convirtiera en un acto republicano, en donde los poderes Ejecutivo y Legislativo fueran capaces de confrontar sus posturas sobre los grandes problemas nacionales. Todos parecían estar de acuerdo en un cambio en ese sentido. Pero la realidad es que todos se han negado a promover un cambio en el formato del Informe. ¿Por qué?

Porque pareciera que del culto al Presidente en turno, la clase política pasó al secuestro del Presidente en turno; de los ofensivos actos faraónicos se ha pasado al no menos ofensivo sometimiento. Antaño el Poder Legislativo estaba sometido al Ejecutivo —en realidad todos los poderes estaban bajo la bota del Presidente—, pero la jerarquía de los poderes se ha trastocado y hoy el que somete a todos o casi todos los poderes es el Legislativo, un poder fortalecido con la pluralidad de tres grandes partidos, cuyos representantes en el Congreso aprovechan los informes de gobierno —y la toma de posesión en los eventos sexenales—, para cobrar venganzas, facturas, o para mostrar su poder frene al presidente.

Del ritual obsoleto del Informe de Gobierno, hemos pasado al no menos obsoleto amago al presidente. Y no se trata de una novedad inaugurada en los tiempos de la alternancia en el poder presidencial, sino que ya en los gobiernos de Salinas y Zedillo —los dos últimos de la hegemonía del PRI—, la oposición del PAN y el PRD utilizó esos espacios para las venganzas políticas. Desde las interpelaciones y el abandono del recinto legislativo en el último informe de Miguel de la Madrid, pasando por el mítico “ni los veo ni los oigo” de Salinas; hasta las cabezas de cerdo en los informes de Zedillo. Del culto al presidente se pasó al extremo de secuestrar los informes presidenciales. Y nadie ha sido capaz de explorar el punto medio; el acuerdo, la negociación, la grandeza política para resolver los grandes problemas.

El PRD y la venganza

Y el caso más emblemático es el del PRD en los tiempos del gobierno de Felipe Calderón. ¿Cuál es el problema en el primer Informe de Gobierno de Calderón? ¿Por qué el PRD pretende reventar ese ritual? La respuesta no parece estar en el terreno de la ciencia política, sino de la siquiatría. Y es que el PRD quiere usar el Informe de Gobierno para insistir en la rentabilidad política del desprestigio del gobierno de Calderón. Pero la del partido amarillo parece más bien una estrategia hepática, porque si sus diputados y senadores apelaran a la sensatez, en el primer Informe de Gobierno tendrían misiles suficientes para exhibir a un gobierno que en su primer año poco ha ofrecido de lo que prometió en los tiempos de campaña.

Al reventar la ceremonia del Informe, en realidad los legisladores del PRD parecieran dispuestos a darle al presidente Calderón todas las ventajas para salir bien librado de ese compromiso anual, además de que en una jugada “de fantasía”, los estrategas de Los Pinos les arrebataron las banderas a la oposición en general, y a los perredistas en particular, al proponer un diálogo entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, con motivo del Informe. Los estrategas de Calderón le arrebataron a los amarillos un estandarte fundamental —el del diálogo entre poderes— y los exhibieron como intolerantes e incapaces para emplear la herramienta fundamental de la política: el diálogo.

¿Quién queda exhibido cuando el presidente Calderón propone dialogar con el Congreso y cuando las bancadas del PRI y del PRD se niegan a ese diálogo? Quedan en ridículo el PRD y el PRI, que aparecen como intolerantes e incapaces. Calderón pegó primero, y, en política, el que pega primero, pega dos veces.

Vieja historia

Pero en realidad no es ninguna novedad la propuesta de diálogo directo entre el Ejecutivo y el Legislativo. En 1994, a pocos días de que tomó posesión de su cargo como presidente constitucional, Ernesto Zedillo aceptó un encuentro con todos los grupos parlamentarios, en pleno, en las instalaciones de San Lázaro —o en el salón de sesiones—, en donde el jefe del Ejecutivo escuchó los planteamientos de la oposición, frente a frente, al tiempo que el Presidente respondió las inquietudes planteadas.

La historia parece olvidada, a pesar de que en su momento se trató de un inédito que marcó el cuestionado inicio de la gestión de Zedillo, que arrancó en medio de la gran crisis financiera conocida por todos como el “error de diciembre”, y que amenazó con derribar la que con el tiempo fue la última gestión presidencial del PRI. ¿Pero cómo se logró ese inédito?

Resulta que luego del arrollador triunfo electoral de Zedillo en las elecciones presidenciales de ese 1994, y al concluir la ceremonia de toma de posesión en la que Carlos Salinas entregó la banda presidencial a Zedillo, el entonces líder de los diputados del PRD, Jesús Ortega, interceptó al ya presidente Zedillo cuando abandonaba el recinto de San Lázaro por el pasillo central del salón de sesiones, y le increpó su responsabilidad en la transición democrática.

Durante algunos minutos, Jesús Ortega expuso al nuevo presidente la necesidad de hacer acuerdos políticos, la urgencia de un diálogo directo entre los dos poderes, y le dijo que ellos, los legisladores del PRD, no reconocerían a su gobierno mientras que no contaran con pruebas de su voluntad de cambio. Zedillo se dijo dispuesto al diálogo entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, y en ese breve intercambio de puntos de vista se comprometió a un encuentro lo más rápido posible.

Los legisladores del PRD —diputados y senadores— le tomaron la palabra a Zedillo, y con la intermediación de Muñoz Ledo y de Humberto Roque Villanueva, pocos días después ya estaban sentados juntos todos los legisladores federales, de todos los partidos, con el presidente Zedillo. Y sí, el encuentro se llevó a cabo en las instalaciones de San Lázaro, pero no en el salón plenario, sino en el mezanine adjunto. El formato de ese encuentro fue cuidadosamente diseñado para no alterar los protocolos constitucionales, pero se respetó el espíritu de un intercambio de opiniones entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, sin perder el simbolismo de que fuera en la llamada “casa del pueblo”.

En el intercambio de opiniones participaron representantes de todos los partidos, especialmente los líderes parlamentarios, como Humberto Roque Villanueva, PRI; Jesús Ortega, PRD; y por el PAN, Ricardo García Cervantes. Aún no se conocían los estragos que produciría el “error de diciembre”, pero el gesto de Zedillo en el fondo no fue más que para arrebatarle a los opositores las banderas que habían enarbolado sobre su cuestionada elección, sobre todo en materia de transición democrática. En pocas palabras, Zedillo movió las piezas del ajedrez político en su naciente gestión, en la dirección que los opositores habían reclamado que se movieran. Les ganó la partida.

Otro ejemplo de esas habilidades para el diálogo —con características y resultados similares, pero en otras condiciones y sólo con un sector de la oposición— fue lo que el entonces presidente Carlos Salinas hizo cuando, luego de una promesa para legitimar su gestión en el ejercicio del gobierno, se reunió con la dirigencia del PAN, el 2 de diciembre de 1988, al día siguiente de que asumió el cargo. En este caso, dicho encuentro marcó el inicio de lo que durante años fue conocido como la alianza PRI-PAN, y que en los hechos marcó el nacimiento de Acción Nacional como la principal fuerza opositora al PRI.

Los afanes de Calderón

Pero si en el PRD prevalece un humor de renta política respecto al primer Informe de Gobierno —le quieren cobrar facturas a Calderón por el cuento del fraude—, en el otro extremo, en el del gobierno de Felipe Calderón, también los humores parecen orientarse a la confrontación. En sentido contrario a la estrategia del PRD y del PRI, el presidente Calderón pretende usar el Informe para dar una señal de fuerza, para confirmar que el suyo es un gobierno legítimo —a los ojos de los ciudadanos en general—, y por eso en el tablero de esa guerra política se movieron las piezas para forzar un diálogo que, al final de cuentas, no se dará mientras que sigan abiertas las heridas de la polarización política y social de julio de 2006.

¿Por qué insiste Calderón en el diálogo con los opositores, y sobre todo con el PRD, y hasta con el jefe de gobierno, Marcelo Ebrard? Más que en las cavernas políticas, la respuesta parece estar en los humores del Presidente. Está claro que todo político debe buscar el diálogo con sus adversarios, que la legitimidad en la gestión de todo gobierno pasa por el acercamiento y los acuerdos con todos los opositores. Pero el caso peculiar de la confrontación entre el PRD y el gobierno de Calderón debe ser atendido como eso, como una excepción. ¿Por qué? Porque la del PRD no es una oposición leal, sino destructiva, y porque el PRD —o una parte de ese partido, sobre todo la leal a AMLO— no le apuesta a las soluciones políticas de los grandes problemas nacionales, sino al fracaso del gobierno de Calderón.

En esa lógica, el gobierno de Calderón se equivoca al pretender forzar un diálogo con el partido amarillo, porque ese diálogo nunca se va a dar, y porque un sector social de, por lo menos, 30% de los electores se siente defraudado, con o sin razón, por el resultado electoral que llevó a Calderón al poder.

Calderón puede ganar en los lances discursivos y mediáticos —como es el caso de su propuesta de diálogo entre los poderes Ejecutivo y Legislativo— pero no logrará el diálogo con el PRD. Pero hay otra explicación: que se trate de una estrategia bien calculada por la casa presidencial; la de forzar un diálogo que saben que no se dará, con lo que obligan a que en los hechos el Informe cambie de formato, que el presidente Calderón sólo entregue su Informe por escrito, y no se exponga a otro escándalo. De ser así, el PRD habría mordido el anzuelo y Calderón saldrá bien librado. En esa hipótesis, otra vez la izquierda le habrá hecho el juego a la derecha. Y entonces tendrán razón los que dicen: ¡pobre izquierda mexicana! Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mx



© Queda expresamente prohibida la republicación o redistribución, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL