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| Estrictamente personal |
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Raymundo Riva Palacio
El Universal Lunes 09 de julio de 2007 |
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Andrés Manuel López Obrador está dejando de ser rápidamente un activo de la izquierda, convirtiéndose en un lastre. El problema es que el PRD ya lo tiene claro Andrés Manuel López Obrador es el típico macho Alfa. Es agresivo y competitivo, ambicioso y muy seguro de sí mismo, piensa en grande y apunta alto. Pero sobre todo, como el arquetipo macho Alfa, logra que la gente lo vea como un líder por la forma como comunica, motiva, inspira y transmite integridad. Lejos de ser calificativos de una personalidad, la definen. Los machos Alfa son los que señalan derroteros y dibujan el rumbo. Más de 80% de los más altos ejecutivos en Estados Unidos caen en esta categoría, como Bill Gates, de Microsoft, y Michael Dell, del gigante de la computación Dell, o como hombres que han hecho historia, como Henry Kissinger o Tony Blair. Pero, momento, que nadie se emocione o se indigne. No todo es perfecto. “Son listos y frecuentemente líderes fenomenales, pero también pueden ser disfuncionales”, dijo Kate Ludeman, codirectora de Worth Ethic, una empresa tejana que entrena a ejecutivos, en una reciente entrevista de prensa. “Los machos Alfa pueden quedar atrapados en la creencia que su punto de vista es correcto e ignorar los consejos”, añadió Eddie Erlandson, su esposo, codirector de la misma firma, y profesor de la Universidad de Harvard. “Tienen que ser los que están en control, lo cual puede ser muy destructivo”. Ludeman y Erlandson publicaron en octubre un libro que agitó la mente de quienes estudian y observan a los líderes del mundo. Se llama El síndrome del macho Alfa, donde catalogan cuatro categorías para definir ese tipo de carácter y personalidad: 1) Los comandantes son líderes intensos, carismáticos, que realizan acciones con energía, con una fuerza de autoridad y una motivación de pasiones, sin que necesariamente se preocupen por los detalles. 2) Los visionarios son curiosos, quieren abarcar lo más que puedan, intuitivos y proactivos, capaces de ver posibilidades y oportunidades que otros soslayan o descartan por imprácticas o por ser incapaces de inspirar a los demás con su visión. 3) Los estrategas son metódicos, sistemáticos, con frecuencia recurren a datos e información que analizan con un excelente ojo agudo para identificar patrones yproblemas. 4) Los ejecutores son infatigables, con objetivos bien orientados, disciplina férrea y que gustan de supervisar todo, superar los obstáculos y hacer responsables a los demás por sus compromisos. Si se analiza a López Obrador dentro de estos parámetros, es relativamente fácil no sólo entender su proceder, sino también las razones por las cuales la izquierda en México, que alcanzó una impresionante tercera parte del electorado en las últimas elecciones presidenciales, se encuentra tan partida, inmersa en una dinámica de destrucción y atrapada entre su futuro y su gran líder cuyos activos se están convirtiendo en detonadores de la destrucción. López Obrador es un “comandante”, figura dominante que siempre aspira a los mayores logros, pero que también crea temor, suprime desacuerdos y evita una comunicación abierta. La manera como López Obrador obligó al PRD y sus aliados a una protesta postelectoral callejera el año pasado, refleja esta disfuncionalidad del macho Alfa. Los linchamientos de periodistas en el zócalo recreaban los tiempos del Comité de Salud de la Revolución Francesa, una maquinaria de aniquilación de adversarios que perfeccionó Robespierre. López Obrador ha impedido también un debate abierto dentro del partido sobre los errores de su campaña, enfatizando los factores externos para esconder las insuficiencias de él y sus colaboradores más cercanos. Como los “visionarios”, López Obrador es un infatigable entusiasta empapado en la pasión que suele perder, como sucede cuando les pega el síndrome del macho Alfa, la visión para atrapar el futuro. Su cruzada contra los gobernadores del PRD porque no se rebelaron cuando Felipe Calderón asumió la Presidencia, le generó pérdidas de apoyo político de viejos aliados, lo que se ha visto con las pérdidas electorales en varios estados, y su oposición fundamentalista rechaza cualquier alianza electoral a partir de premisas morales, lo que también ha ido desvaneciendo al PRD en varios estados donde por años habían ido construyendo bases electorales. Definitivamente no es tanto un “estratega” que toma decisiones clave e innovadoras en función de sus análisis técnicos de información. López Obrador es un político eminentemente táctico que usa la información no en forma científica sino propagandística. Sus operadores usaron a periodistas como marionetas para plantar propaganda o mentiras, notablemente con algoritmos que nunca existieron o manejos oscuros de casillas que también resultaron falsos, pero con tan poco talento persuasivo de sus altoparlantes en la prensa, que la intencionalidad de la operación se desmoronó. Y también entra forzado en la categoría de los “ejecutores”, porque no siempre entrega grandes resultados. Cuando fracasa al convertirse excesivamente demandante en el manejo micro de las cosas, se decepciona al no salir las cosas y echa la culpa a otros. Eso hizo con los gobernadores Amalia García, de Zacatecas; Lázaro Cárdenas, de Michoacán, y Zeferino Torreblanca, de Guerrero, a quienes acusa de traición, y de otra forma con el agravio permanente a Jesús Ortega, líder de la corriente del Partido de la Revolución Democrática con mayor peso en la maquinaria del partido, de quien exigió apoyo en la campaña presidencial y le ha pagado enfrentándole a su delfín Alejandro Encinas, como su principal adversario para la presidencia del partido. El macho Alfa no tiene que estar representado en las cuatro categorías para ser considerado macho Alfa. Es más, señalan Ludeman y Erlandson, entre más fuertes son sus cualidades positivas, más probable es que se transformen en negativas. Al llegar a este punto se convierten en un mal para todos, pues la disfuncionalidad de un macho Alfa crea “un clima tóxico para el resto”. En este sentido, López Obrador es uno de esos líderes disfuncionales a los que les afectó el síndrome de los machos Alfa, el verdadero “problema de los Amos del Universo”, como sugirió en una entrevista que hizo a los autores del libro el año pasado el diario Financial Times. López Obrador ya está en medio de ese problema, y el Partido de la Revolución Democrática está sacando sus anticuerpos para combatirlo. El rechazo a sus presiones para no negociar la reforma fiscal esboza cómo dentro del partido están comenzando a sacudirse lo que se ha convertido en un lastre. López Obrador no se merece ser arrumbado en el basurero político, pero este macho Alfa tiene que evitar el síndrome de su personalidad antes de profundizar su caída. Se la debe a millones de personas que votaron por él, que le creyeron, y a quienes motivó. Lo que está haciendo es de lo que acusa a sus correligionarios. Los está traicionando al aliarse inopinadamente con su enemigo Felipe Calderón Hinojosa, quien desde la silla presidencial está observando cómo su adversario político se destruye a sí mismo. rriva@eluniversal.com.mx r_rivapalacio@yahoo.com
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