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Itinerario Político
Ricardo Alemán
El Universal

Miércoles 04 de julio de 2007



Cárdenas en 1989, AMLO en 2007

No faltan quienes dicen que el verdadero fraude se cometió en 2006

López Obrador llamó a no negociar, aunque el PRD es la segunda fuerza en el Congreso

Son muchos los mexicanos que, por la razón que se quiera, siguen creyendo el cuento del fraude electoral presuntamente cometido el 2 de julio de 2006. Bueno, no faltan incluso aquellos que dicen que el verdadero fraude contra la izquierda mexicana se cometió en 2006, no tanto en 1988. De ese tamaño es la crisis de liderazgo, de creencias en el terreno político electoral, entre un amplio sector de quienes se identifican con la llamada izquierda mexicana.

Y por supuesto que cada quien es libre de creer lo que le plazca, sea un partido político, un líder o una religión; sea el resultado de un proceso electoral o el papel que en ese proceso jugaron las instituciones. Al final de cuentas, la historia colocará en su sitio las piezas de lo ocurrido en julio de 2006, y a cada quien en su lugar.

En todo caso, y a partir de la hipótesis de que tanto en 1988 como en 2006 se hubiesen cometido dos grandes fraudes, lo que sí podemos ver y hasta comparar es la eficacia que mostró la ruta seguida por los liderazgos de Cárdenas y Obrador, luego de esos presuntos fraudes. Lo curioso del caso —y hay que insistir, siempre en la hipótesis de que 1988 y 2006 son los emblemas del fraude— es que frente a eventos similares, los líderes de esa izquierda caminaron por senderos literalmente opuestos. En ese 1988, Cuauhtémoc Cárdenas fue despojado del triunfo electoral gracias a una maniobra de Estado en la que participaron el presidente Miguel de la Madrid, el candidato del PRI, Carlos Salinas, y colaboradores como Manuel Camacho y Marcelo Ebrard.

En esos años, la organización, realización y calificación del proceso electoral estaba en manos del gobierno, es decir, del PRI. No había IFE, Tribunal Electoral, padrón confiable, y campeaban la inequidad, el uso de dinero público por parte del PRI y los medios estaban cerrados para los opositores.

Consumado el fraude y establecida la alianza del PAN con el espurio gobierno de Salinas —que legitimó a Salinas en los hechos—, Cárdenas no llamó a un plantón en el corredor zócalo-Reforma, y tampoco se proclamó “legítimo”. No, si bien desconoció al gobierno de Salinas, convocó desde el zócalo a la construcción de un partido político de izquierda —desde la cimiente del Frente Democrático Nacional— y propuso construir desde ese instrumento las nuevas reglas del juego para la transición democrática.

En mayo de 1999 ya existía el PRD, partido que en sus siglas incluyó su objetivo fundacional: la revolución democrática. La respuesta del gobierno espurio de Salinas fue una criminal persecución al naciente partido, al grado de que el número de perredistas muertos llegó a 600.

Con todo en contra, en medio de peleas internas y de un fuerte liderazgo aún lejano a la concepción democrática, el PRD se construyó y entre 1989 y 1996 edificó la más avanzada reforma electoral conocida entonces, justo en la gestión de AMLO al frente del PRD y mediante intensas negociaciones con el gobierno de Zedillo —lo que, por cierto, desmiente al propio AMLO en la página 86 de su libro La mafia nos robó la Presidencia— que dieron como resultado los primeros triunfos electorales del PRD.

En las elecciones federales de 2006, en condiciones que nada tienen que ver con las de 1988, porque ya existía el IFE, un padrón creíble, dinero público para los partidos, una contenida inequidad, un Tribunal Electoral, los medios abiertos a todos y el PRI fuera del gobierno federal, el PRD compitió por la Presidencia con otro liderazgo fuerte, el de Andrés Manuel López Obrador, quien además contó con cinco años de la popularidad y el dinero público que le otorgaba el gobierno del DF.

Según la hipótesis de trabajo, en julio de 2006 se habrían confabulado no sólo un millón de ciudadanos sobre los que descansa el proceso electoral, sino casi todos los observadores, el gobierno del “tonto de Fox”, el “poca cosa del candidato Calderón” —que le daba flojera a AMLO—, el IFE, el Tribunal Electoral y casi todos los medios; además de la derecha y sus extremos y los grandes empresarios; casi todos contra el hombre de la izquierda, para impedir que Obrador llegara al poder. La mafia le robó el triunfo.

El 3 de julio apareció el plantón en el corredor zócalo-Reforma, se mandó al diablo a las instituciones, no existieron pruebas del fraude, pero no hay duda de “la prueba reina”, es decir, la creencia de un tercio de los votantes sobre la existencia del fraude.

López Obrador no llamó a reformar el tramposo sistema electoral y menos a la refundación del PRD, sino que se autodefinió “presidente legítmo”, llamó espurio a Calderón y despotricó contra el IFE, el Tribunal Electoral, contra los medios y hasta acusó de corruptos a algunos de los suyos.

El PRD terminó la elección con una deuda de 800 millones de pesos y, a un año, no hizo falta una persecución del gobierno, porque se derrumbó a causa de la más severa crisis de identidad.

Perdió las elecciones de Tabasco, desapareció en Yucatán, se derrumbó en Zacatecas y vive una guerra civil en Tabasco. Y AMLO llamó a no negociar nada: ni reforma fiscal ni del Estado con el espurio, a pesar de que el PRD es la segunda fuerza en el Congreso. Dos fraudes y dos líderes.

En el camino

Para un videoescándalo exitoso, el chino Zhenli debió contratar a Producciones Ahumada y actores de Bejarano Castings. Un cuento chino, como el del fraude.

aleman2@prodigy.net.mx



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