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Itinerario Político
Ricardo Alemán
El Universal

Jueves 28 de junio de 2007



¿Golpe fiscal o político?

Resulta paradójico que la reforma haya generado la formación de un bloque de opinión para rechazarla

Los grupos empresariales se dicen decepcionados porque no podrán eludir el pago de los impuestos

Por las reacciones que ha generado, la llamada reforma fiscal que presentó el gobierno de Felipe Calderón, más bien debía ser vista como un disparo político de precisión que no sólo dejó desarmados a los extremos antagónicos de la llamada izquierda y la poderosa derecha empresarial, sino que provocó la impensable unificación del agua y el aceite.

Es decir, resulta paradójico que dicha propuesta —que no incluye IVA en medicina y alimentos, por lo que no grava a los más pobres; que propone un “rasguño” a los que más tienen, a través del CETU, que es un impuesto de control para evitar la elusión fiscal; que faculta a los estados para el cobro de impuestos especiales, grava al comercio informal y promueve fiscalizar los recursos en los tres órdenes de gobierno— haya generado la formación de un bloque de opinión en el que los grandes empresarios, los que más tienen, impugnan la reforma junto con lo más radical del PRD, los que dicen defender a los que menos tienen.

Pero esa no es la única resultante política del tiro de precisión que lanzó Calderón. Cuando todos esperaban que el segundo gobierno de la derecha mexicana apoyara su propuesta fiscal en los mismos pilares de los regímenes priístas y del foxismo —de centrar la recaudación en los más pobres a través del IVA en medicinas y alimentos—, Calderón movió las piezas y dejó boquiabiertos a todos, al proponer una modalidad fiscal que busca acabar con el azar de la “perinola” y privilegia la más democrática de sus aristas: “Todos ponen”.

Está claro que la llamada reforma fiscal está muy lejos de lo que muchos esperaban y de lo que requiere el país, que no considera medidas para promover el ahorro y la austeridad presupuestaria y menos para acabar con el dispendio en todas o casi todas las instituciones del Estado. Pero también es cierto que se trata de un esquema recaudatorio que se aproxima más a una concepción de centroizquierda —en donde la recaudación fiscal es el mejor instrumento para la redistribución de la riqueza—, que al esquema salvaje de impuestos al consumo que convierte a los que menos tienen en los grandes contribuyentes cautivos.

Tampoco es la panacea para que los que más tienen paguen lo que es justo, o para que aquellos que no pagan nada se conviertan en contribuyentes. Eso es cierto, pero es un primer paso para evitar la elusión de los grandes capitales y la evasión de los informales. No es la “reforma integral” que se prometió, pero tampoco es la reforma que muchos esperaban, esa que cargaría el peso de la recaudación al consumo a los que menos tienen.

Por eso la primera reacción de lo más radical de la llamada izquierda mexicana, y del “legítimo” fue el ya consabido “no”.

¿Por qué no? “Porque no queremos nada con el espurio”. Brillante definición, a la que le siguió otra no menos lucidora justificación: “No, porque exprimirá a las clases medias y obligará a pagar a los informales, que tienen una economía de sobrevivencia”. Ahora resultan preocupados por la clase media, esa que precisamente hace tres años, el 27 de junio de 2004, insultaron por realizar la más grande movilización contra la inseguridad.

También diputados y senadores del PRD se opusieron a la reforma, “porque no incluye un nuevo régimen fiscal para Pemex”. Al parecer los perredistas ya olvidaron que luego que elaboraron una muy buena iniciativa para evitar la quiebra de Pemex, a partir de una reforma al régimen fiscal de la paraestatal —y que lograron un consenso con el PRI y con una buena parte del PAN—, su “legítimo” los regañó y les dijo que “no se metieran con Pemex”, porque Pemex se arreglaría cuando fuera presidente. Ya olvidaron que parte de sus documentos básicos establecen acabar con la informalidad y combatir la evasión fiscal, que atenta contra la redistribución de la riqueza.

Al final de cuentas, y más allá de las rabiosas declaraciones públicas contra la iniciativa, gobernadores, senadores y diputados del PRD llegaron a la conclusión de que, si bien no es la reforma ideal, sí incluye aspectos positivos para su causa, en tanto que en corto reconocen que va por el camino correcto y hasta han iniciado acercamientos con el gobierno para “meter” sus propuestas. Y mientras que legisladores del PRD participan en la discusión sobre el tema y hasta presentarán su propia propuesta, los gobernadores de ese partido se sentaron con el presidente Calderón para hablar sobre la reforma. Esa sola confirmación, en los hechos —de que el PRD, sus gobiernos y sus legisladores son “parte del Estado mexicano”, como lo dijo la gobernadora Amalia García—, es otro triunfo político de la reforma fiscal.

A su vez, los poderosos grupos empresariales, que igual que el PRD combaten la reforma y la bombardean a través de sus jilgueros mediáticos —los que se exhiben como defensores de la salvaje recaudación mediante el IVA en medicinas y alimentos—, se dicen decepcionados porque con el esquema propuesto no podrán eludir el pago de impuestos, como hasta ahora, y de aprobarse la reforma tendrán menos posibilidades para escamotear su responsabilidad social. Un nuevo efecto político de la reforma, porque esos grandes empresarios se exhiben como lo que siempre han sido, beneficiarios sin límite de los gobiernos que dejaban en los que menos tienen la mayor carga fiscal. Y si no entienden su responsabilidad fiscal, si no la cumplen, no estarán cumpliendo su responsabilidad social.

aleman2@prodigy.net.mx



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