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Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
El Universal

Viernes 22 de junio de 2007



Caprichos

La designación de Gabriel Jiménez Remus como embajador en Cuba se encuentra en un limbo porque se le da la gana a Calderón

La demora para la normalización de las relaciones política y diplomática con Cuba no pasa por una mala química entre Fidel Castro y Felipe Calderón, o por la influencia económica que tiene Hugo Chávez sobre la isla. Tampoco obedece a presiones de Washington o como resultado de nuevos ajustes en la geopolítica regional. La razón por la cual el inicio del proceso ha sido demorado tiene que ver con algo bastante más rupestre: el enojo de Gabriel Jiménez Remus porque su nombramiento como embajador en La Habana no se dio en los tiempos que él deseaba. Por lo mismo, está chantajeando al presidente Calderón, diciéndole que se busque otro.

El nombramiento de Jiménez Remus era esperado este jueves en la Comisión Permanente del Congreso dentro de la lista de 12 embajadores que fue enviada para su aprobación, pero no llegó. Aunque los legisladores especulaban que llegaría a fin de que fuera como embajador designado a la reunión interparlamentaria México-Cuba el próximo mes en La Habana, ello hubiera sido imposible. Los nombramientos que llegaron en la lista tenían más de un mes y medio de haber sido designados y de haber recibido el plácet, a diferencia del statu quo de Jiménez Remus. No había nadie como él, de todos los que se enviaron, con más posibilidades de pasar sin problema alguno, por sus antecedentes parlamentarios y por la cercanía que tiene con el gobierno de Castro, que hizo que desde el primer momento en que su nombre apareció como el representante que quería Calderón en La Habana, fuera muy bien recibido. Lo conocían personal y profesionalmente en Cuba, y en México tendría el picaporte en la oficina presidencial. Lo que nadie esperaba era que Jiménez Remus entraría en su fase de caprichoso.

La historia del más ridículo desaguisado diplomático que vive este gobierno surgió cuando Calderón le preguntó a su viejo amigo qué quería hacer en la nueva administración. Contra lo que muchos esperaban que dijera, retirarse a su rancho en Jalisco, Jiménez Remus pidió ir a La Habana. Calderón, que conocía sus antecedentes parlamentarios y le tenía plena confianza, vio en él una buena posibilidad para reencauzar las relaciones diplomáticas plenas con Cuba, totalmente desencajadas durante el gobierno de Vicente Fox. Aceptó de inmediato la propuesta de su amigo y dio instrucciones a la Secretaría de Relaciones Exteriores para que procedieran con los trámites.

Ahí comenzaron los problemas. En marzo pasado en este mismo espacio se publicó que Jiménez Remus no sólo sería el nuevo embajador en Cuba sino que, como confirmaron funcionarios de alto rango en la Secretaría de Relaciones Exteriores, el anuncio del nombramiento era inminente. No fue así porque dentro de la cancillería, por bloqueos o tortuguismos burocráticos, los trámites se estancaron. La secretaria Patricia Espinosa fue incapaz de procesar con la velocidad que se le requería la instrucción presidencial, generando confusión en La Habana y un problema para Calderón.

Los cubanos esperaban a Jiménez Remus desde la primavera, como la primera gran piedra del reacercamiento con México, que ha incluido mensajes públicos positivos enviados por los funcionarios cubanos a iniciativas mexicanas, como la de este miércoles del canciller cubano Felipe Pérez Roque, reconociendo la gestión del gobierno de Calderón en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU para suprimir una vieja "observación especial" sobre el régimen castrista, acompañados por un distensionamiento con Caracas, que también se ha reflejado por un deslinde claro de las críticas del presidente Chávez a los exabruptos de mexicanos, identificando con precisión que provienen del foxismo y de sus voceros en el PAN. Una medida adicional que tomó La Habana en este proceso de reanudación de relaciones plenas con México fue la de aplazar por varios meses el cambio de embajador, para que Jorge Bolaños, un diplomático experimentado y con un alto cargo en el Consejo de Ministros de Cuba, pudiera contribuir de manera significativa en esta fase.

Pero la inminencia del nombramiento transformado en silencio de la cancillería mexicana provocó reacciones negativas entre funcionarios cubanos, quienes empezaron a comentar en privado que quizás Calderón no era tan serio como había señalado en un principio en sus deseos por normalizar las relaciones con Cuba. La realidad, aunque totalmente diferente, es menos justificable. Cuando Jiménez Remus hizo su capricho por la lentitud de Espinosa para realizar el trámite y pidió al Presidente que buscara otro candidato para la embajada, lejos de iniciar un plan alterno -que sí tiene-, se propuso a persuadirlo de que aceptara finalmente el nombramiento. Calderón está terco a que sea él, y ha sostenido un buen número de conversaciones para sacarlo de su molestia estomacal y que acepte el cargo. Sin embargo, un panista cercano a él y que conoce de su metabolismo intenso, aseguró que "está tan molesto por lo que le hicieron en la Secretaría, que no aceptará la Embajada".

El episodio entero es un despropósito. Si la secretaria Espinosa se ahogó en la burocracia y provocó una demora que generó un berrinche, mal. Si el presidente Calderón sigue insistiendo a Jiménez Remus que reconsidere y acepte el cargo, peor. Si Jiménez Remus se mantiene en su arrebato infantil, es su problema, pero si se ubica en el centro de una relación estratégica con Cuba, ya lo es de Calderón, que tiene que rendir cuentas a los mexicanos y dejar de solapar conductas mercuriales.

Cuba se encuentra en un proceso de transición política fundamental tras la larga enfermedad de Castro, quien aunque sumamente recuperado -cuando calculaban que no llegaba a diciembre- no ha podido regresar al poder, y se ve bastante difícil que eso suceda. El poder lo tiene su hermano Raúl, el también jefe de las Fuerzas Armadas que controlaba buena parte de las operaciones del gobierno y la economía cubana de tiempo antes de la enfermedad del comandante. Pero una Cuba sin Fidel Castro generará problemas para la seguridad nacional mexicana. Por un lado se encuentra el eventual problema de refugiados, donde el gobierno calcula una probable salida de balseros que traerá a unos 140 mil de ellos a las costas mexicanas en la primera semana. Por el otro se considera que se daría una eventual apertura de la economía -en el modelo chino-, donde los jugadores que no estén ya trabajando en la isla, difícilmente podrán subirse a ese proceso para llevar a sus empresas y, a la vez, evitar que la mano de obra cubana, altamente calificada, succione fuentes de empleo en maquiladoras.

Hay mucho en juego como para seguir presos de todos los caprichos de Jiménez Remus. El presidente Calderón tendrá que pedirle explicación a Espinosa de sus fallas, pero sobre todo designar a un nuevo embajador en Cuba para dejar atrás el barbarismo foxista y para no dejar caer todo lo avanzado, que no ha sufrido un daño irreversible.



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