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| Itinerario Político |
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Ricardo Alemán El Universal Miércoles 20 de junio de 2007 |
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El grupo de PAN, PRD y PRI, detentador privilegiado de la grosera "partidocracia" Con el dispendio, hablar de la urgencia de mayor recaudación suena a burla El Grupo de los Tres, como se moteja a los grupos parlamentarios de los tres grandes partidos políticos en el Congreso mexicano -PAN, PRD y PRI-, es una suerte de Santísima Trinidad cuyo poder infinito tiene en un puño los destinos de más de 100 millones de mexicanos. Por las manos y los intereses del G-3 pasa todo o casi todo lo que incumbe a la sociedad mexicana: lo mismo la aprobación de presupuestos federales que la elaboración y visto bueno a todo tipo de leyes, y que las reformas urgentes que en todos los campos requiere el país. Bueno, en el seno del G-3 hasta se procesan venganzas políticas contra instituciones autónomas, como el IFE, y de tanto en tanto se intenta tirar gobiernos estatales -al amparo de juicios políticos-, y ese poder resulta clave hasta para el ceremonial de toma posesión del presidente en turno y para los informes presidenciales.
El G-3 es el detentador privilegiado de la grosera "partidocracia" mexicana, ese engendro que nace, crece y se reproduce gracias al dinero público, pero que en la práctica opera como un feudo privado: sin rendirle cuentas a nadie y, por si hiciera falta, juez y parte en la asignación de su propio presupuesto. Los miembros del G-3 reciben salarios mensuales que alcanzan los 150 mil pesos, disponen de costosa atención médica privada, abultados seguros de vida, créditos personales, viajes por el mundo y hasta están exentos del peaje carretero.
Pertenecer al G-3 es lo más parecido a "pegarle al gordo" por tres o seis años -según sea el caso de diputados y senadores-, tiempo que lo mismo se puede dedicar a estudiar, viajar o vagar, porque los integrantes de ese selecto grupo no tienen más responsabilidad que la de pasar lista, sumar "horas nalga" y cobrar su dieta. Bueno, de vez en cuando deben decir "sí" o "no", para aprobar o rechazar tal o cual reforma. Y es que el trabajo fundamental de los integrantes del G-3 -el de quemar neuronas para salvar a la patria- se deja a un puñado de líderes y jefes de partido, quienes tachan o palomean esta o aquella reforma, no porque sea lo que requieren los millones de mexicanos, sino lo que dicta la conveniencia política, el acuerdo, la negociación o, incluso, la venganza política.
Y si alguien tenía dudas del poder y la impudicia con que actúan los jefes del G-3 en cámaras como la de Diputados, basta recordar que sólo los señores Héctor Larios (PAN), Javier González Garza (PRD) y Emilio Gamboa Patrón (PRI) decidieron por los 500 diputados federales un inmoral y escandaloso incremento salarial de 18 mil pesos mensuales para cada diputado -para lo cual dispusieron en total de 108 millones de pesos-, con lo que ganarán 148 mil pesos por cabeza.
Pertenecer al G-3 o a la partidocracia que sentó sus reales en el Congreso es un privilegio de pocos, a costa del dinero de todos; es ser parte de una casta divina. ¿Y la responsabilidad con los electores y con el país? Eso resulta lo más parecido a un chiste.
Y si no, lo veremos en las próximas horas. Esa ofensiva casta divina, el G-3 de San Lázaro, recibirá la cacareada reforma fiscal, que enviará a la casa de los diputados el Presidente. El señor Felipe Calderón ha dicho que esa reforma es urgente "para buscar de qué manera podemos aumentar los recursos públicos para combatir la pobreza extrema". Una preocupación a la que nadie en su sano juicio podría oponerse, pero que resulta de risa frente a los excesos presupuestales y salariales de aparatos burocráticos e instituciones como el Congreso, del que son parte privilegiados como los del G-3.
Nadie duda de la urgencia de una reforma fiscal, sobre todo cuando se argumenta que la elevación recaudatoria debe servir para paliar las demandas de los que menos tienen. Pero una reforma como la que se anuncia debe tomar en cuenta por lo menos dos variables que al parecer nadie está dispuesto a aplicar, sobre todo en "los bueyes del corral propio". Nos referimos a un paquete de severas medidas de ahorro y austeridad, por un lado, y mecanismos claros que transparenten el destino del nuevo dinero recaudado.
Con dispendios como los que todos los días nos muestran el Congreso, los partidos políticos y los gobiernos estatales, una buena parte del aparato burocrático de los tres órdenes de gobierno, y la burocracia en general, hablar de la urgencia de una mayor recaudación no suena más que a una burla para los millones de mexicanos pobres. Y aparecen preguntas básicas, a las que nadie parece querer responder: ¿para qué más recaudación? Para que sectores como el G-3 sigan manteniendo sus privilegios.
Sí a la reforma fiscal, pero también a la reforma moral de la sociedad, de la política; a la reforma que acabe con los privilegios insultantes de grupos políticos y camadas de funcionarios, sean del PAN, PRD o PRI, que siguen inmersos en la corrupción, el dispendio, el derroche que antaño criticaban por igual PAN y PRD respecto a los gobiernos del PRI. Hoy no existe diferencia entre los políticos privilegiados del PRI, PAN y PRD, al grado que en el Congreso esas tres fuerzas políticas se funden en el G-3. El poder, dice la voz popular, "los hace iguales": iguales para crear sus camadas de privilegio.
Y lo más lamentable es que a ese juego perverso de los privilegios sin límite también le entra sin miramientos la llamada izquierda partidista, esa que dice velar por los pobres, y que también del dinero del Congreso alimenta a su "legítimo". ¿Y los pobres? Retórica pura.
E-mail: aleman2@prodigy.net.mx
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