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| Bucareli |
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JACOBO ZABLUDOVSKY
El Universal Lunes 07 de mayo de 2007 |
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No es para que se rasguen las vestiduras, a menos que sea un procedimiento exprés para quedarse en cueros y salir en la foto. No falta quien lamente el pecado contra el arte, la ofensa a los símbolos y la degradación del zócalo. Usted lee este Bucareli un día después. Yo lo escribo un día antes. Entre el antes y el después, un domingo en el zócalo. Usted ya sabe lo que pasó ayer. Yo sólo puedo suponer lo que ocurrirá mañana. Usted vio hoy la imagen que según los chinos vale más que las mil palabras, límite de mi columna. Usted que me lee ya está informado. Yo cuando escribo sólo supongo lo que ocurrirá. La entrada por Madero me recuerda la puerta de cuadrillas. Los toreros suelen vestirse en un hotel cercano. Éstos se desvistieron en el Portal de Mercaderes. Parten plaza (en este caso la de la Constitución) en pelota hasta el balcón de la autoridad a la que ya no tienen que pedir ni por un rito antiguo el permiso. A una orden de Spencer Tunick y en el más absoluto silencio todos se acostarán juntos, encimados o trenzados, de frente o de perfil. En íntima aunque pública actitud, hombres y mujeres que cinco minutos antes no se conocían, se tocarán, buscarán la postura cómoda, tratarán de levantar la cabeza para salir, buscarse y encontrarse. Lo demás es cosa de suerte. A alguien puede tocarle un aliento perfumado junto a su nariz. Otro puede encontrar en alguna espalda femenina la de Paulina Bonaparte como Cánova la esculpió para siempre en el mármol de la Villa Borghese. Alguna afortunada puede ser vecina de una réplica viva del David de Miguel Ángel con atributos más o menos similares a los del original de la Piazza de la Signoria de Florencia. Habrá quien recuerde en el conjunto un Hermes de Praxíteles. Otro más, como yo de niño, la joven de la escultura en la Alameda que desnuda llora desesperada y que yo, de la mano de mi madre, me esforzaba por ver con disimulo. Y no faltará, seguramente, quien recuerde en el conjunto el friso de Fidias en el Museo Británico de Londres. Y otros más se dedicarán a lo suyo sin evocar a nadie. Y yo me hago una pregunta: con tantos hombres y mujeres desnudos, tantas pieles, miradas y movimientos y, como decía Gonzalo Curiel, con tanto miedo de acostumbrarme a tu calor, en el trasiego de los cuerpos y la emoción de lo insólito, me pregunto, insisto, si alguno de los instintos naturales y en este caso lógico, no provocarán en los hombres un fenómeno corporal notable a simple vista. Me pregunto qué pasa si algún hombre en la situación descrita intenta avanzar hacia las posiciones más cercanas. Habrá quien le saque tarjeta amarilla o de plano roja o lo expulse de la cancha por fault. Como en este bosque de tentaciones no consta que alguien haya mordido de la fruta del pecado, busco la causa. Se les regaló una botellita de agua antes del colóquense para la foto. ¿No será que en esa botellita se deslizaron dos gotas de las mismas que, según dicen, ponen en la sopa de los presos para tenerlos sosegados? Pero de lo que se trata, en primer lugar, según empecé este artículo, es de saber si la espectacular fotografía es arte. La más bella descripción de arte se la escuché a Salvador Dalí en su casa de Port Ligat en noviembre de 1971. Le pregunté si conocía a los muralistas mexicanos. "Conocí a Diego Rivera, que es el que menos me gusta de todos, y los murales mexicanos son absolutamente todo lo que está fuera de la órbita daliniana. Los murales, incluso esa cosa, El Juicio Final de Miguel Ángel, no me hacen ni frío ni calor, nunca me han producido la más pequeña impresión". Hizo una pausa y siguió. "La hilandera de Vermeer que no es más grande que esto -enmarcó un rectángulo de aire con sus manos- y que representa ú-ni-ca-men-te y ex-clu-si-va-men-te una chica que hace puntas, que está clavando en el cosmos un alfiler que ni siquiera se ve porque en este momento escoge en el cosmos un lugar pequeño como la punta de un alfiler, que no se ve, eso es lo que a mí no me emociona, porque nada me emociona, pero qué va con mi punto de vista de la cosmología monárquica y del ácido desoxirribonucleico. Me llega a producir, sin emoción, lá-gri-mas de in-te-li-gen-cia". Conforme a esa concepción del arte de un genio con la cultura y el talento de Dalí, cada quien decida si lo de ayer es arte o no. Y por último una respetuosa observación a quien opina que el espectáculo dominical degrada al zócalo. Creo que ha perdido muchas mejores oportunidades de manifestar su angustia por el prestigio de la plaza. Tomemos el ejemplo más reciente, el de hace apenas una semana. El Día del Trabajo en la plaza de la Constitución se reunieron tres clases de líderes obreros. Un grupo encabezado por un secretario general todo de Gucci hasta los pies vestido, zapatos de Ferragamo, corbata de Armani, camisa de seda, gafas negras por supuesto de Dior y de encuerado nada porque los milímetros cuadrados de rostro expuesto tenían el bloqueador de Elizabeth Arden. Nadie se quejó de esta presencia que insulta al zócalo. El segundo grupo es el de los que se disfrazaron de obreros que nunca fueron y portaron la camiseta y la gorra de los sindicalizados bajo su protección, como los asaltantes en Polanco se visten de turistas para asaltar en los hoteles con mayor facilidad. El tercer grupo, el menor, debe decirse, es de líderes honestos y auténticos, para que de todo haya en la viña del Señor. No he visto ninguna protesta por la presencia de algunos de estos personajes en el zócalo. De modo que ya sacamos una lección, si no la única, sí la primera: traigamos al zócalo más hombres y mujeres que exhiban sin malicia sus vergüenzas y menos pillos que oculten perversamente las suyas, que son otras.
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