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Itinerario Político
Ricardo Alemán
El Universal

Domingo 06 de mayo de 2007



Mayor de edad, más emparentado con PRI que con izquierda

Y a es un adulto. El de la Revolución Democrática es un partido político que cumplió ayer, 5 de mayo, sus primeros 18 años. Lejos están los peligros de una muerte prematura -buscada en su momento por el gobierno de Carlos Salinas-, y también debieran estar lejanas las rabietas del infante de pantaloncillos cortos, así como las alocadas aventuras del adolescente que, en respuesta a sus frecuentes tropiezos, siempre contaba con los amorosos brazos de su madre política, la vieja cultura del PRI.

Y ese joven vigoroso, de apenas 18 años de edad, contrasta en la geometría política mexicana -y hasta es motivo de estudio a nivel internacional- porque a su corta edad estuvo a punto de arrancarle el poder a dos adultos mayores, el PRI y el PAN, en una gesta que de golpe y porrazo lo convirtió en uno de los partidos políticos más jóvenes del mundo que, a su corta edad, ha estado más cerca de poder.

Pero las apariencias engañan. En efecto, el PRD es cronológicamente un partido político que entra a la adultez, pero en la práctica no sigue siendo más que un niño caprichoso, incapaz de forjar carácter e identidad propios, víctima de peligrosos síndromes -como el de Estocolmo-, y extraviado en la identidad que intentaron heredar sus padres fundadores. En sus primeros 18 años, el PRD pasó de sobreviviente prematuro a impulsor fundamental de la democracia electoral mexicana, para llegar a la adultez con un rostro desfigurado, parte niño y parte viejo, que lo aleja de la izquierda deseable y lo acerca a lo que algunos identifican como la cuarta etapa del PRI.

Triunfo y derrota

Tienen razón los que defienden la posición de privilegio que en 18 años alcanzó el PRD, sobre todo a raíz de las pasadas elecciones. Bajo las siglas del "negro-amarillo" esa tendencia tiene en su poder el GDF, la mayoría en la ALDF, y casi todas las delegaciones. Es la segunda fuerza política en San Lázaro y la tercera en Xicoténcatl, además de que sus siglas también dominan los gobiernos de Zacatecas, Baja California Sur, Guerrero y Michoacán. El de Chiapas es un gobierno que se deslindó del PRD apenas pasada la elección.

No hay duda, el PRD y sus siglas rompieron con una tendencia bipartidista que desde 1988 intentaron el entonces poderoso PRI y la derecha del PAN, y logró instaurar un saludable tripartidismo que a los ojos del electorado permitía la competencia abierta entre la derecha, la izquierda y el centro, lo que a la postre facilitó no sólo la alternancia en el poder, sino un pluralismo impensable hace unos cuantos años. Y por si hiciera falta, bocanadas de aire fresco para recuperar derechos fundamentales como las sociedades de convivencia y la despenalización del aborto, entre otros logros.

Sí, en sus primeros 18 años el PRD ha sido un partido político exitoso en cuanto a sus números, en los aspectos cuantitativos, pero nadie puede negar que ha fracasado en los no menos importantes logros cualitativos. ¿Cuánto vale el PRD? Su valor político y social se puede medir a partir de la importancia política, económica y social de los centros reales de poder bajo su siglas. ¿Cuál es la calidad del PRD? Aquí es donde viene el problema, incluso para los más convencidos y enamorados de ese partido. ¿Es realmente un partido de izquierda? ¿Es primo hermano del PRI? ¿Es compañero de parrandas del PRI? ¿O es la cuarta etapa del PRI? En sus primeros 18 años, en efecto, el PRD ganó importantes y hasta impensables espacios políticos y sociales. Pero perdió su identidad.

Batalla cultural perdida

¿Qué es hoy el PRD? Salvo algunos sobrevivientes que siguen dando una batalla que parece titánica, nadie que hable en serio, sin fanatismos y sin la carga del rencor por la derrota electoral reciente, puede decir que el PRD es el partido de la izquierda mexicana. En efecto, se pueden esgrimir programas de acción, estatutos, táctica y estrategia que lo haga parecer como de izquierda. Pero la práctica y la cultura políticas del PRD actual están más cerca de las viejas prácticas y la cultura del PRI -por no citar en este momento el transvase del PRI al PRD- que de un partido de izquierda.

Y un ejemplo que resume de cuerpo completo la paradoja que vive ese partido se dio apenas el pasado viernes, durante su Consejo Nacional, en donde se discutió en calidad de razón de Estado, si el PRD se aliaba o no al PRI -para contener a la extrema derecha- en elecciones como las de Yucatán y Michoacán, por un lado, y si los candidatos del PRD en Oaxaca fueron o no impuestos y financiados por el PRI del nefasto Ulises Ruiz.

El PRD nació para impulsar la transición democrática, para sacar al PRI de Los Pinos, y para impulsar una reforma del Estado. Claro, además de para darle cauce político-electoral, mediante la revolución democrática, a la izquierda mexicana. Pero resulta que sólo en uno de los ejemplos que nos ocupa, en Yucatán, apenas hace seis años el PRD se alió con el PAN para sacar al PRI de la península, para acabar con ese feo cacique que era Víctor Cervera; hace unos meses el PRD pretendió aliarse con la ultraderechista Ana Rosa Payán, para detener a los calderonistas, y hoy busca aliarse al PRI de Ivonne Ortega -sobrina de Víctor Cervera- para impedir que la extrema derecha siga avanzando. ¿Alguien entiende esos bandazos? ¿Esa es la lógica política, la estrategia, la congruencia de un partido de izquierda? No, es la lógica del poder por el poder.

Y es que el problema de fondo, que no quieren ver los perredistas y sus ideólogos, es que esa fuerza política no sólo perdió la batalla cultural de la izquierda, sino la batalla cultural por la democracia. Todos saben que a partir de la elección presidencial de 1988, competida como pocas entonces, pero también tramposa, inequitativa, con reglas a favor del oficialismo, con los medios a su servicio y con una oposición marginada en todos los sentidos, se gestó una fuerza política que en su naciente doctrina y cultura se proponía -desde el terreno poco fértil de la izquierda- la construcción de la práctica y la cultura democráticas, por un lado, y por el otro, la derrota del PRI y de la vieja cultura de partido único y de Estado, como condición indispensable para avanzar a la democracia.

Desde entonces, el naciente PRD se convirtió en factor decisivo para romper el bipartidismo, para provocar la alternancia y para llevar adelante -con sus posturas críticas, pero propositivas- las sucesivas reformas que concluyeron con la gran reforma de 1996, que le arrebató al poder el control electoral, la equidad financiera y mediática, y que provocaron la construcción institucional. En 1997, el PRD gana el Distrito Federal, y el PRI pierde no sólo la capital, sino el control mayoritario de la Cámara de Diputados. Todo estaba listo para que en la elección de 2000 esa revolución democrática se convirtiera en gobierno. Pero algo falló.

El síndrome de Estocolmo

El partido que se había creado para la revolución democrática no era ni revolucionario ni democrático. Era el partido político de un primer caudillo, respetado por todos, pero temido también por todos, en donde no se movía la hoja del árbol sin su aval. Así, la izquierda caudillista fue rebasada por la derecha: por un político oportunista pero carismático, sin ideología definida pero con claridad de objetivos: el triunfo, sintetizado en la frase que tuvo su origen en el PRD: "Sacar al PRI de Los Pinos".

La lección de julio de 2000 no pareció importarle a nadie en el PRD. Para muchos no fue más que algo así como "una mala tarde" de la que poco o nada había que aprender. No se quiso entender que la batalla cultural por la democracia no la perdieron en las urnas ese 2 de julio de 2000, sino a su propio interior, en donde las tramposas y cuestionadas elecciones de dirigentes y candidatos no soportaban ni siquiera la mención del "voto por voto". Pero en lugar de trascender los obstáculos y aprender de sus errores, entre el perredismo se acentuó un síndrome de origen, el síndrome de Estocolmo -Itinerario Político, 13 de febrero de 2005-, ya que dirigentes, gobernantes y hasta "líderes morales" que siempre cuestionaron al PRI por haber pervertido, secuestrado y envilecido la política, terminaron enamorados de las prácticas del viejo PRI, alas que recurrieron sin pudor alguno y con singularalegría.

Para la contienda presidencial de 2006 no importaban doctrina ni principios, no valían la crítica ni la autocrítica, no servían las ideas, como el valor que tenían la popularidad y las habilidades para prácticas tanto o más perversas que las aprendidas en el PRI, como el "parricidio político", del que se valió el nuevo caudillo para encumbrarse como jefe de Gobierno y luego como el candidato presidencial único, el indiscutible. Si entre el nacimiento del PRD y la elección presidencial de 2000 nadie se atrevió a cuestionar el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, entre 2000 y 2006 nadie se atrevió a cuestionar al nuevo caudillo, sus excesos y prácticas antidemocráticas, su grosera proclividad a regresar no sólo a las prácticas del PRI, sino a convertir al PRD en el bote de basura de lo más cuestionable del PRI. Todo liderazgo desechado por el priísmo, aunque antaño hubiese atentado contra la vida, la cultura y el ideario del PRD, fue bien recibido en el PRD de López Obrador, con la condición única de ganar votos.

¿Dónde quedó la izquierda?

El sexenio 2000-2006 fue, paradójicamente, el más productivo en cuanto a posiciones y recaudación de centros reales de poder, pero también el más pernicioso para la identidad y la doctrina del partido. Se desfiguró como nunca y se alejó lo más posible de la revolución cultural. Como en los mejores tiempos del PRI, en ese periodo se incrustaron en el PRD el autoritarismo, el culto a la personalidad, la antidemocracia, la ausencia de crítica y el nulo debate de las ideas y, sobre todo, esa fea enfermedad del presidencialismo, acompañada del pragmatismo, el uso del dinero público con fines político-electorales, el desprecio por las instituciones y las alianzas vergonzantes.

Todo se valía, todo cabía, todo servía frente al interés supremo: el poder por el poder. El PRD fue el reino del corporativismo y las prácticas clientelares, pero sobre todo, las conciencias fueron llevadas a la degradación total. Ay de aquel que dijera "no" al caudillo, ay de aquel que lo contradijera, que lo cuestionara, que le señalara un error, que se atreviera a reclamar democracia, principios, que acusara desviaciones. Pensar distinto, con cabeza propia en el PRD de esos años, era apostarle al suicidio político. ¿Qué no fue eso lo que por décadas cuestionaron del PRI la derecha y la izquierda partidistas? La cobardía para hablar abierta y claramente sobre las desviaciones a las que se llevó al PRD hicieron el resto.

Hoy sólo basta echarle una mirada a los gobiernos del PRD, a sus liderazgos, a sus preocupaciones y su caudillo de segunda temporada. ¿Qué clase de gobierno se tiene en Baja California Sur? ¿Qué calidad de gobierno se tiene en Guerrero? El PRI pelea junto con el narcotráfico y el crimen organizado el control político y económico. ¿Qué nivel de gobierno se tiene en Michoacán? Un gobierno inexistente, porque el narcotráfico gobierna. ¿Qué respetabilidad tiene el gobierno de Zacatecas? Un gobierno marcado por el nepotismo, el regreso del PRI a las posiciones de poder, en donde el PAN duplicó su votación en sólo dos años y casi le gana la presidencial al PRD.

¿Qué clase de gobierno existe en la capital del país y en sus delegaciones? El gobernante es un ex priísta que nada tiene de izquierda y que apela a la creación de un tercer caudillo, mientras que los problemas de la ciudad no se resuelven: inseguridad, corrupción, vialidad, contaminación, agua, drenaje, basura... ¿Qué clase de grupos parlamentarios tiene el PRD? Además de una exitosa gestión para despenalizar el aborto, y deuna importante reglamentación para federalizar la transparencia, nada.

Y peor aún, en la pasada legislatura de la Cámara de Diputados, los legisladores federales Dolores Gutiérrez y Pablo Gómez aprobaron, junto con casi todos los representantes populares de ese partido, la ley Televisa -que en efecto, y gracias a la presión social, rechazaron los senadores del PRD-, la misma que hoy, en un inédito que aún puede terminar en nada, la Suprema Corte de Justicia de la Nación señaló como inconstitucional en algunos de sus artículos fundamentales. ¿Y quién ordenó que los diputados perredistas aprobaran la ley Televisa? ¿Adivinen quién? Sí, el caudillo de segunda generación.

El PRD nació hace 18 años como el esfuerzo más importante y esperanzador de la izquierda mexicana para conducir una revolución democrática que entonces parecía impensable. La democracia electoral avanza, con tumbos y todo, pero en el PRD ni revolución ni democracia ni izquierda. Una vulgar copia del PRI.

En el camino

El deporte de "las patadas", el futbol, es una profesión temporal, por razones de edad y facultades físicas. Muchos siguen su camino en los medios, pero otros en la política. Es el caso de Roberto Ruiz Esparza, quien ya fue diputado federal y ahora busca la candidatura por el PRI para la alcaldía de Puebla. Y capaz que le gana al PAN y al PRD. Las patadas.

aleman2@prodigy.net



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