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Artes Visuales
Mónica Mayer
El Universal

Viernes 27 de abril de 2007



Maco

En la guerra, el amor y el arte todo se vale. Para conquistar su libertad conceptual, el arte se ha aliado con las otras artes e incluso con campos ajenos como la sociología o la ciencia. Arropados por sesudas teorías, hoy todos los temas son válidos, desde los más profundos hasta los más nimios.

Para expresar lo que tiene que decir, el arte ha conquistado nuevos soportes: el bronce es tan válido como una cubeta vieja y el monitor como la tela. Tres pelotas y dos espejos, bien colocados, bastan para reflexionar sobre el espacio, o una bola de plastilina que rodó por muchos pisos, sobre la memoria.

Para seducir a nuevos públicos, el arte ha abandonado el museo y la galería. Nos asalta en la calle con señalamientos urbanos hechos con esténcil, es capaz de sorprendernos en un zapato, en la cola de un avión y hasta dentro del estómago de un artista como Stelarc.

En la guerra, en el amor y en el arte todo se vale, menos ser inocente. El deseo siempre ha tenido de aliados al poder y el dinero. En otros tiempos, los artistas sirvieron a sus mecenas o trabajaron bajo el ala protectora del Estado. Hoy todo gira alrededor del mercado. Éste puede ser cerrado, como en las subastas, o abierto, como en las ferias de arte, en las que pocos compran y muchos visitan. Como en el arte no hay que poseer para consumir, también sirven para transmitir ideas.

Para los románticos irredentos como yo, que insistimos en que el arte es conocimiento, las ferias son difíciles de roer. Los objetos artísticos aparecen desnudos, sin la contextualización que suelen dar los museos y a veces sin su control de calidad. Si además estamos chapados a la antigüita y vemos al arte como un elemento transformador de la sociedad, de fuerte carga crítica, es difícil tomar en serio una obra que impugna la desigualdad pero pretende que la compre el dueño de una trasnacional.

En la guerra, en el amor y en el arte todo se vale, menos ser maniqueos. Hay que entender que los sistemas de distribución del arte responden a su realidad. Las ferias de arte también tienen muchos aspectos positivos: reúnen obra y a la gente interesada en verla, son tan ruidosas y divertidas que atraen a los curiosos, los coleccionistas se van de shopping, lo que permite que galeros y artistas sobrevivan. Tener una buena feria de arte local atrae a curadores, galerías y coleccionistas internacionales que se familiarizan con nuestra producción artística.

El miércoles en la noche, en la inauguración de Maco, hacía un calor insoportable y yo estaba pensando en todos estos choros.

Ésta, la cuarta versión de la única feria internacional de arte contemporáneo en México, atrajo a una descomunal multitud, a pesar de que sus directores, Zélika García y Enrique Rubio, tomaron un riesgo enorme y cambiaron la sede a un estacionamiento en construcción en avenida Palmas 515.

A cada amigo y conocido que encontraba le pregunté qué pensaba de la feria y cómo veía el trabajo. Cada respuesta me confundía más. Para algunos el trabajo era espléndido y para otros, desigual. Unos consideran las ferias como la única opción, otros como el demonio.

Entre la adrenalina y la falta de ventilación, creí que nunca saldría de mi confusión, hasta que me encontré a Juanita Pérez, una artista colombiana que ha vivido muchos años en México, que me dio un magnífico consejo: recorre la feria pensando en qué obra comprarías.

Seguí el consejo. El viernes que entra les cuento qué obras me llevaría a mi casa. Maco estará abierto al público hasta el domingo. Si va, cuénteme qué le gustó.

pintomiraya@hotmail.com



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