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| Desde la Casa Blanca |
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José Carreño El Universal Domingo 22 de abril de 2007 |
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WASHINGTON.- Ante la inminencia de la temporada electoral estadounidense, vuelve a plantearse una pregunta sobre la política exterior de Estados Unidos: ¿hacia dónde irá? La respuesta más simple sería señalar que será lo que mande el electorado a través de sus votos, sea en términos de comercio internacional o de alianzas. El fenómeno es complicado por el hecho de que no hay percepción de una amenaza externa, lo que ahora fragmenta una opinión pública que, como otras, es movilizada más por lemas políticos que por un serio debate de intereses. Pero al mismo tiempo, habría que subrayar que lo que hace a Estados Unidos una democracia lo hace también un aliado difícil, por no decirle cuestionable. Irak y Colombia serían dos casos a analizar. Ambos países tienen y en alguna medida dependen de una fuerte alianza con EU. En el caso iraquí, el gobierno del presidente George W. Bush, ahora bajo una intensa presión doméstica para "cambiar el curso", se declara cansado de que el gobierno iraquí no sea capaz de poner fin a la violencia entre chiítas y sunitas y advierte a través del secretario de Defensa, Robert Gates, que la presencia estadounidense ahí no será indefinida. Que el conflicto fue originalmente desatado por Estados Unidos y que muchos de los problemas que ahora enfrenta Irak sean en gran medida responsabilidad de los errores políticos de las autoridades estadounidenses parece un hecho marginal. Los demócratas tienen el mandato de detener el involucramiento estadounidense en ese país. Al mismo tiempo, los primeros avisos de "enfriamiento" hacia Colombia asoman en el Congreso estadounidense. El senador Patrick Leahy, presidente del Comité de Relaciones Exteriores y un viejo defensor de derechos humanos, puso en suspensión la orden de entregar 55 millones de dólares en asistencia militar al gobierno del presidente Álvaro Uribe, por preocupaciones en torno a sus presuntos vínculos con los grupos paramilitares. El gobierno de Uribe ha sido por largo tiempo un "ave negra" para grupos de derechos humanos en Estados Unidos, frustrados por el apoyo que el gobierno Bush ha dado al colombiano. Pero con un Bush debilitado y ya en camino de salida, sus preocupaciones encuentran un eco considerable en la nueva mayoría demócrata. En qué medida los intereses y las preocupaciones domésticas influyen o influirán en la política estadounidense hacia Colombia -y de paso hacia Irak- sería una buena pregunta: por ejemplo, una buena parte de la coalición demócrata, constituida por sindicatos, se opone a un acuerdo de libre comercio con Colombia. Las preocupaciones sobre abusos diversos en ese país son una buena excusa moral para disfrazar otros intereses. Igualmente, qué tanto el impacto de la animosidad contra Bush y sus políticas ayudan al empuje por cambiar leyes, sería otra buena pregunta. Ciertamente, después de la aventura iraquí hay toda un ala ideológica derrotada por ahora en la política estadounidense y eso tiene implicaciones en la política exterior. En alguna medida la guerra en Irak se ha convertido en un pantano del que EU busca ahora salidas, y la situación en Colombia deja mucho qué desear en términos de derechos humanos. Pero la responsabilidad estadounidense en Irak es evidente y la situación en Colombia no es tan clara: después de todo, fueron las indagaciones de componentes del Estado colombiano mismo las que pusieron sobre la mesa vínculos entre paramilitares y la sociedad, de la misma forma que creen que acabarán por exponer vínculos similares entre guerrillas y sociedad. Y ambos países podrían preguntar lo mismo: ¿es Estados Unidos un aliado confiable?
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