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| Desde la Casa Blanca |
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José Carreño El Universal Domingo 15 de abril de 2007 |
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WASHINGTON.- Cuando el locutor de radio Don Imus se refirió a un mayormente afroestadounidense grupo de jugadoras de basquetbol con calificativos vulgares hallados, sin embargo, en las canciones de rap, hubo casi una demanda por su decapitación en la plaza pública. El problema de Imus, quien perdió sus programas de radio y televisión y ha sido denigrado por personajes que tienen una cola personal más larga que un dinosaurio, fue haber elegido el blanco equivocado para su "broma" de mal gusto. Si se hubiera referido a los migrantes indocumentados o a México, algunos lo hubieran colocado simplemente como expresión de opinión personal. Después de todo, eso es lo que hace la CNN para justificar las andanadas del activista Lou Dobbs y otros de sus locutores. Imus se refirió a un grupo de jóvenes jugadoras de baloncesto de la Universidad de Rutgers como el equivalente de "sirvientas prostituidas". Las jóvenes, según la universidad, tienen un promedio superior a 3.0 sobre un máximo de 4.0 puntos y son hijas de familia. La indignación social que siguió a sus comentarios fue merecida y el propio Imus, con 34 años de carrera en la radio, lo reconoció y pidió disculpas, al aire y personalmente. Pero los "extranjeros ilegales" a que se refieren cada vez muchos locutores estadounidenses, comenzando por los de la cadena Fox y la CNN -que ideológicamente son cada vez más difíciles de separar- como fuente de no muchas, sino de todas las penurias estadounidenses, no tienen el poder ¿político? para obligar a esas cadenas a doblar las manos, como debieron hacerlo la CBS-radio y la cadena de televisión por cable MSNBC. Hablar de los "extranjeros ilegales" y de México no tiene costos. Cuando se habla aquí de extranjeros ilegales -no indocumentados, eso es un eufemismo, un término elegante para disfrazar el hecho-, se trata normalmente de latinos en general y mexicanos en particular. Peor aún, difícilmente se verá a los críticos de la inmigración ilegal en un ataque verbal contra los irlandeses indocumentados -que los hay y se han presentado públicamente junto con los hispanos en demanda de una reforma migratoria-, o de los indocumentados de origen europeo. Pero no se trate de mexicanos o hispanos y tal vez de árabes. Si uno de ellos comete una infracción es un criminal, y si comete un crimen efectivo es peor que Osama bin Laden, aunque un estadounidense pudiera haber cometido uno peor. Cierto que hay que precisar que se estima que los mexicanos constituyen 54% de los indocumentados y que el resto de los países latinoamericanos contribuyen con otro 22%. Esos números y su creciente visibilidad han contribuido al miedo creado entre estadounidenses desacostumbrados a verlos. Pero eso complica más las cosas. De hecho, el que sean ilegales los coloca en una categoría especial, una que permite que sean insultados y denigrados, una que permite que el racismo se disfrace de respeto a la ley o de defensa de la sociedad y los valores patrios. Además, los indocumentados son un blanco indefenso. Ciertamente, el hacer juicios generales es incorrecto. Después de todo, no toda la sociedad estadounidense está de acuerdo con esa visión -aun cuando los mercaderes del miedo han hecho lo posible por venderla- y hay que subrayar que muchos en la sociedad estadounidense se oponen a ella, sea por decencia, por interés, por conocimiento o por un simple sentimiento de justicia o de caridad cristiana. Pero si alguien me pregunta, cuando un sentimiento de odio es agitado contra un grupo social de más de 10 millones de personas, se trata de racismo. Y en previsión de respuestas o crítica, como alegaría la CNN, ésa es mi opinión.
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