![]() | Formato de impresión patrocinado por | ||
| Itinerario Político |
|
Ricardo Alemán El Universal Domingo 25 de marzo de 2007 |
|
|
|
El movimiento social de AMLO, en proceso de extinción Sigue los pasos del EZLN y del jefe guerrillero ´Marcos´ H oy concluye, con una movilización social que ayer se imaginó de por lo menos 5 millones de personas, la segunda edición de la denominada Convención Nacional Democrática, el instrumento político-social con el que el señor Andrés Manuel López Obrador pretende no sólo cobrar las facturas políticas pendientes -al gobierno de Felipe Calderón y a la sociedad toda- por la derrota que sufrió en las urnas en julio de 2006, sino mantener vivas sus aspiraciones político-electorales a lo largo del quinquenio por venir. Pero más allá de la esperanzadora participación de un puñado de académicos y especialistas que intervinieron en las mesas de trabajo de la CND, lo que quedó claro es que apenas en la segunda edición de la citada convención -que no fue ni nacional ni democrática- asistimos a una penosa demolición de la más importante fuerza social convocada en la década más reciente -después de los antecedentes históricos de 1988 y 1994-, y que terminó reducida a una ridícula confirmación de la tragedia que vive la izquierda mexicana. Es decir, que de tanto en tanto, distintos líderes de un sector determinado de la llamada izquierda mexicana son capaces de edificar movimientos sociales formidables, de carácter nacional -como los de 1988, 1994 y 2006-, pero al mismo tiempo esos líderes parecen ser llamados a aniquilar sus propios movimientos, a de destruir su obra. Y es que a ocho meses del 2 de julio, cuando López Obrador estuvo a punto de convertirse en el primer presidente surgido de esa tendencia política -al amparo de uno de los más importantes movimientos sociales-, esa fuerza quedó reducida a una minúscula y lamentable expresión del "no". No a todo aquello que sea institucional, incluidos los propios partidos políticos de esa izquierda, sus grupos parlamentarios y su capacidad como actores fundamentales en la transformación social. ´Marcos´ y Andrés Pero no se trata de una novedad. Está fresco en la memoria de muchos mexicanos el movimiento social y político gestado en 1988 -el primero surgido luego de los sangrientos movimientos estudiantiles de 1968 y 1971 y que fueron aplastados con todo el peso del autoritarismo del Estado-, y que dio como resultado la creación del PRD, partido político de la izquierda mexicana que nació como una alternativa político-electoral real, para competir por las vías institucionales en la lucha electoral por el poder. En sus siglas imprimió sus objetivos: la Revolución Democrática, aspiración colectiva transformada en partido político. Han pasado 18 años de que esa formidable organización social y política surgida de la contienda presidencial de 1988 se transformó en fuerza política, pero apenas en su adolescencia ese partido enfrenta su más severa crisis de identidad ideológica como representante de los sectores y causas populares. Con todo, el movimiento que junto con otros lideró Cuauhtémoc Cárdenas en aquel 1988, tiene nombre y apellidos, es ya la segunda fuerza política y legislativa del país y gobierna, entre otros -a través de sus siglas-, al segundo centro real de poder, el Distrito Federal. Años después, en enero de 1994, cuando la izquierda mexicana contaba ya con un partido político que la representaba en el sistema de partidos, apareció otro movimiento social que sacudió no sólo al sistema político, como las conciencias sociales. Por sus características, por su origen, ideario y reivindicaciones, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y su estratega político, el subcomandante Marcos, se convirtieron desde el 1 de enero de ese 1994 en una nueva esperanza. "Todos somos Marcos", decía el estribillo que coreaban miles que llenaron el zócalo capitalino para reclamar una tregua del gobierno de Carlos Salinas a la naciente organización social y militar, de profundas raíces indígenas, que despertó simpatías en todo el territorio nacional y, sobre todo, allende las fronteras. El EZLN y su jefe, Marcos, vivieron momentos de gloria. En tropel acudían a las cañadas de la selva lacandona intelectuales, académicos y periodistas -y una que otra personalidad extranjera-, que sin más se enlistaron en las filas zapatistas, que endiosaron al movimiento indígena y al hombre de los comunicados, un guerrillero mediático, inteligente, carismático, simpático y dicharachero, con dotes para la palabra hablada y escrita, al que en su momento había que reverenciar, sin cuestionar nada, para no ser tachado de "traidor" o "enemigo de las causas populares". En esos años, de 1994 a 2000, no abrazar la causa zapatista era lo más cercano a traicionar las causas populares. Pasada la euforia por el zapatismo -movimiento que sin duda hizo una valiosa contribución a la reforma electoral de 1996-, se produjo una fractura entre los objetivos político-sociales del EZLN y del PRD, al grado de hacer irreconciliable la militancia simultánea en el zapatismo y el lopezobradorismo. A la distancia, el carácter autoritario, nada democrático del líder zapatista, y los fallidos intentos para crear una organización social a partir del levantamiento armado en Chiapas, agotaron el movimiento chiapaneco -que se deslindó de la lucha electoral como método de lucha- y lo presentaron en la contienda presidencial de julio pasado como uno de los más eficaces adversarios del PRD y de su candidato presidencial, López Obrador. La "clientela" pensante de ambos, de Marcos y de Obrador, era la misma; los mismos líderes sociales, intelectuales, académicos y periodistas. Pero mientras que la primera alternativa, la del EZLN, era una organización social surgida desde abajo, sin más rentabilidad que esa, la de liderazgos sociales sometidos al poder vertical, la segunda, la de López Obrador, era una organización política -en muchos casos clientelar- también sometida al poder vertical, pero movida por las mieles y la hiel del motor electoral, sobre todo una potencial rentabilidad tangible, la posibilidad de alcanzar el poder. Para los deslumbrados de uno y otro bandos -a pesar de que eran muchos los que pretendían identificar una causa común entre Marcos y AMLO- no había mucho qué pensar, porque el primero prometía una suerte de apostolado por los pobres, y el segundo un "hueso" en la nómina del poder federal. El movimiento zapatista -como le ocurrió luego al movimiento de López Obrador- fue destruido en gran medida por su líder; un caprichoso Marcos que desde su torre mediática daba y quitaba bendiciones, imponía y levantaba vetos, y no toleraba la crítica. Ay de aquel que se atreviera a criticar al EZLN o al encapuchado, porque era castigado con la expulsión del paraíso. Al marginarse de la lucha institucional por el poder -tribuna desde la cual podía contar con instrumentos para el cambio que se propone-, el zapatismo fue abandonado por casi todos sus referentes intelectuales -los que prefirieron el costo beneficio de lo tangible, del poder-, y está prácticamente extinto. No parece más que una romántica referencia a las luchas y reivindicaciones históricas de los indígenas, mientras que el señor Marcos es cuestionado, incluso, por el sector femenil, ese que no le perdona su nada sensual "pancita". El divorcio Y si no es el mismo camino el que ha seguido el señor López Obrador con su movimiento de resistencia civil, la suya es una ruta paralela a la que siguieron el EZLN y Marcos, la ruta de la extinción. En la menguada CND -por cierto, copia pirata del Aguascalientes del EZLN- quedó claro que ya se extinguió el movimiento social que se gestó a lo largo de todo un sexenio en torno a López Obrador. Pero lo más importante, y por eso más grave, es que salió a la luz un peligroso divorcio entre los intereses y las causas que mueven a López Obrador y los intereses y la realidad política de su partido, el PRD. Y los hechos son contundentes, más que las declaraciones y los actos de fe que se expresan en uno y otro bandos, entre obradoristas y líderes de su partido. Desde la noche del 2 de julio, cuando los votos no le favorecieron, López Obrador decidió "mandar al diablo" a las instituciones, echó a rodar la farsa del "fraude", convocó a la resistencia civil, y en un acto de impostura delirante, se proclamó "presidente legítimo", luego de acusar a Felipe Calderón de "presidente espurio". Pero al mismo tiempo, mientras que Obrador caminaba prácticamente por la ruta de la resistencia, los poderes reales que surgieron el mismo 2 de julio en el PRD, siguieron el camino institucional, en tanto poderes del entramado institucional. Fueron muchos los políticos cercanos a AMLO que le sugirieron que en lugar de la lucha frontal contra el "espurio" utilizara los instrumentos políticos que consiguió el partido gracias a su popularidad y elevada votación. En pocas palabras, que con esas herramientas se convirtiera en el jefe de una poderosa oposición, política, social y parlamentaria, para obligar al nuevo gobierno a un pacto político, para condicionar las reformas que eran y son urgentes, para dar un paso fundamental en el desmonte de las reglas del juego "perverso" que le habría arrebatado el poder. Nadie logró convencerlo, sobre todo porque López Obrador le apostó a su "olfato" y a que "la gente" estaría con él de manera permanente. Se abrió entonces una encrucijada entre los intereses políticos del ex candidato presidencial y líder forjador de ese importante caudal de votos, y los beneficiarios de esos votos: diputados federales, locales en el DF, senadores, jefe de Gobierno y gobernadores. Es decir, el señor López Obrador decidió dar un salto al pasado, anterior incluso al movimiento del EZLN y a la propia movilización social de 1988, porque decidió caminar solo, sin partido y sin fuentes de poder real, al margen de acuerdos y negociaciones políticas capaces de obligar al nuevo gobierno a tomar en cuenta sus 15 millones de votos. Obrador siguió "su olfato", más que el talento político, con la esperanza idílica de crear un nuevo movimiento capaz de las transformaciones que se propone. El veto del voto De un plumazo tiró a la basura los 15 millones de votos que le entregaron ciudadanos que creyeron en su causa, al tiempo que dejó a los centros de poder real de su partido en libertad absoluta de actuar, para bien o mal, en los espacios institucionales que les otorgó su condición de nuevos centros de poder. Y todos, gobernadores y legisladores del PRD, decidieron seguir su propio camino, mientras que en dirección opuesta el otrora líder infalible e indestructible parece caminar al pasado, en un acto que parece deliberado para destruir no sólo el movimiento social que gestó, sino al propio partido que lo llevó a los cuernos de la luna. Así, mientras que López Obrador organizaba la fallida CND, diputados y senadores caminaban rumbo a la Ley para la Reforma del Estado -la cual aprobaron en las dos cámaras-; mientras que AMLO arengaba en defensa del petróleo y contra cambio alguno en su carácter de propiedad nacional, Cuahtémoc Cárdenas, el fundador del PRD, proponía un cambio urgente para Pemex, ante el riesgo de su quiebra. Mientras que el ex candidato presidencial no hizo nada en su gestión como jefe de Gobierno con problemas como el del comercio ambulante y el narcomenudeo, el nuevo jefe de Gobierno inició una batida -acaso más cosmética que real- contra ambulantes y narcotraficantes. Pero en el otro extremo, en el de los diputados y senadores del PRD, las cosas no parecen mejores. Resultó patético, por donde se le quiera ver, el espectáculo que dieron durante el proceso de aprobación, en la Cámara de Diputados, de la nueva Ley del ISSSTE. Por una razón que nadie entiende, los diputados del PRD fueron incapaces de meterse en serio a la discusión de esa reforma, no sólo en su concepción -que, en efecto, como dijimos aquí el domingo pasado, fue acordada en estrechos círculos de poder-, sino en su explicación mediática. Cuando conocieron la reforma, en lugar de reclamar el segundo lugar que ostentan como fuerza parlamentaria en San Lázaro, en lugar de acudir a esos estrechos círculos de poder, sólo atinaron a reclamar y denunciar un "monstruoso mayoriteo" por parte del PRI y el PAN. ¿Por qué no buscaron al presidente Calderón? ¿Por qué no a la profesora Gordillo? ¿Por qué no a la señora Beatriz Paredes? Porque el primero es "espurio", la otra casi el "diablo", y la tercera "no representa al PRI". Y sí, será el sereno, será "ilegítimo" el primero, y poco confiables las señoras Gordillo y Paredes, pero la reforma es real y ya fue aprobada por los diputados y lo será por los senadores. ¿De qué sirvieron los 15 millones de votos? En la práctica, de nada. También en este caso, el señor Obrador y su partido parecen empeñados en demoler el valor de los votos, de esos millones que casi los llevan al poder presidencial. En cambio, en un espectáculo de pena ajena, los diputados del PRD tomaron la tribuna -la misma que debieran tomar para argumentar con toda contundencia contra una ley que les parece regresiva y lesiva a los trabajadores- en protesta por el "mayoriteo", como si esa, la del "mayoriteo", no fuera la esencia de la democracia: la dictadura de las mayorías. aleman2@prodigy.net.mx
|
|
© Queda expresamente prohibida la republicación o redistribución, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL |