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| Estrictamente personal |
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Raymundo Riva Palacio
El Universal Miércoles 24 de enero de 2007 |
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El incremento en el precio de la tortilla provocó que la imagen del presidente Calderón ante los ojos de los mexicanos cayera estrepitosamente Felipe Calderón, como Carlos Salinas, tuvo no sólo difícil elección en términos políticos y de opinión pública, sino agrias secuelas de protestas. Salinas, altamente diestro en el manejo de percepciones, arrancó su gobierno con un bien definido plan de acción que a los 41 días, con el arresto de los líderes del sindicato petrolero, le permitió sentarse en la silla presidencial y comenzar a disipar, por la vía del golpe de timón, las acusaciones de fraude electoral. Calderón siguió ese manual de operación y día con día fue llenando los espacios de opinión pública y enseñando, a través de su presencia con las Fuerzas Armadas, el restablecimiento del Estado y de la figura presidencial. Las críticas del círculo rojo y de sus opositores políticos, como suele suceder, caminaron lejanas a la gente, que al mes y medio de Presidencia lo tenía en un nivel de popularidad por encima de 70%. Calderón, como Salinas en su momento, está realizando un gobierno que se sustenta en la administración de expectativas. Lo más sobresaliente de ello es la cruzada contra el narcotráfico que inició en Michoacán y rápidamente se fue extendiendo por todo el país, culminando este fin de semana con la espectacular extradición a Estados Unidos de varios de los narcojefes más importantes de la última década. Michoacán es un buen estudio de caso de un gobierno efectista. Desde un principio se informó que se restauraría la seguridad pública y se erradicarían cultivos de mariguana, y el secretario de la Defensa habló de los logros en el avance sobre los campos de droga y estimó, sobre la base del precio por kilogramo en la frontera norte, que los narcotraficantes habían perdido sobre 6 mil millones de pesos. En realidad, ni hubo detenciones tan relevantes ni dejaron de pelear los cárteles por el mercado. Las pérdidas de ganancias tampoco parecen tener mucho asidero. El costo del carrujo de mariguana en las calles de la ciudad de México está en 15 pesos, contra 25 pesos que costaba en diciembre, mientras que las tachas, cuyos productores supuestamente eran también objetivos del operativo, habían caído la mitad de los 50 pesos en que se cotizaban a fin de año. Si se analiza el Operativo Michoacán en términos económicos, es un fracaso. Si casi 7 mil soldados y policías fueron enviados a Michoacán para combatir el tráfico de esas drogas, la lógica de la oferta y la demanda debía haber tenido el efecto inverso. Es decir, si hubo tanto control sobre Michoacán, que produce la mariguana y donde se encuentran los cárteles de las drogas sintéticas, la oferta tendría que haberse reducido, y con la demanda los precios deberían haber subido. No fue así. Aunque una explicación que dan los expertos es que en diciembre se consume más droga por depresiones y nostalgias, la caída de precios del orden de 50% se antoja muy alta para un efecto de temporal. Lo más probable es que ese operativo no sacó del mercado suficiente droga para afectarle el negocio al narco. Esta discusión, para efectos de opinión pública, puede ser tan sofisticada como ociosa. O mejor aún, absolutamente irrelevante en función de cuál es la percepción de los mexicanos. De hecho, la opinión es contraria a la realidad objetiva. Una encuesta de Ipsos-Bimsa, publicada este lunes en EL UNIVERSAL, refleja que 74% de los mexicanos piensa que los operativos contra el narco -no sólo el de Michoacán- contribuyen a reducir el consumo y el tráfico de drogas. Adicionalmente, 35% de los encuestados dictaminó que los operativos tuvieron éxito, mientras otro 35%, dando el beneficio de la duda, quiere esperar un poco más de tiempo antes de emitir su veredicto. En todo caso, sólo 6% dijo que tal acción del gobierno no ayudó en nada para disminuir el consumo o el tráfico, y 13% afirmó que los operativos fracasaron. Los datos son definitivos: Calderón se apuntó un triunfo claro en términos de opinión pública. Como Salinas, al mes y medio de arrancar su gobierno Felipe Calderón se estaba sentando sólidamente en la silla presidencial. Ernesto Zedillo no pudo hacerlo durante dos años por la crisis financiera a los 19 días de iniciar su administración, y Vicente Fox, genio y figura, hizo todo al revés: creó altísimas expectativas que, lejos de administrar, dilapidó desde el primer momento. Calderón, que tomó por sorpresa incluso a propios, marchaba apresuradamente al fortalecimiento de su imagen y al asentamiento de su gobierno. Sólo que no contaba con que la especulación en torno de la tortilla lo iba a obligar a intervenir en el mercado. Desde antes que tomara posesión, las multinacionales estaban vendiendo el maíz amarillo al doble del precio en que lo habían comprado en los mercados mundiales. El producto también estaba siendo buscado por países que, al no tener caña de azúcar, lo buscaban para producir etanol, como fuente alterna al petróleo en combustibles. Los mercados de maíz en Chicago tuvieron que parar un día por la especulación, mientras en México, donde en junio el kilogramo de tortilla costaba cinco pesos, en diciembre llegaba a los 8.50. El incremento descontrolado de la tortilla tuvo un impacto en otros productos de consumo popular que provocaron inflación. Calderón tuvo que intervenir en el mercado nacional y fijar el precio en 10 pesos el kilogramo. La traducción del intervencionismo estatal fue en sentido adverso a la medida: el gobierno, pueblo dixit, estaba subiendo el precio de la tortilla. En una semana, la popularidad del Presidente se desplomó. De acuerdo con una encuesta realizada por el Cisen, que monitorea regularmente este tipo de fenómenos sociales, su popularidad cayó 15 puntos, que colocó la evaluación de su gobierno por encima apenas de 50% de aprobación. La caída no ha terminado, y es probable que siga en declive. ¿Qué significa? Que lo avanzado por Calderón en el primer mes y medio de su gobierno se cayó en una semana. Su exitoso manejo de expectativas se vio saboteado de manera inesperada. Calderón ha seguido por la ruta del combate al crimen organizado para afianzarse, y recurrido a viejos modelos de pactos para mandar la señal a la gente de que es sensible a lo que les afecta y atiende sus preocupaciones. El problema que tiene es que, en el modelo económico vigente desde 1985, este intervencionismo y la reanudación de subsidios, como está enfrentando el problema, son enemigos de la política económica. Calderón entró en una fase delicada. Por un lado, la hondonada de popularidad en la que se encuentra le dificultará la construcción de los consensos para gobernar, como lo venía logrando. Por el otro, medidas populistas para recuperar a los mexicanos lo enfrentan a los agentes económicos reales. El camino se bifurca y es excluyente. Si bien le beneficia una sociedad poco sofisticada, también le perjudica lo sensible que es al bolsillo. La tortilla, la maldita tortilla, políticamente hablando, le está haciendo una mala pasada. rriva@eluniversal.com.mx r_rivapalacio@yahoo.com
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