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Juan María Alponte El Universal Jueves 04 de enero de 2007 |
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Fue todo. Saddam Hussein, nacido en la absoluta pobreza y en el cuadro de un maltrato familiar, memoria que siempre estuvo en su cabeza, fue todo. Decir "todo" es insuficiente: presidente de la República (1979, es decir, cuando tenía 42 años), primer ministro, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, presidente del Comando General de la Revolución, secretario general del Partido Baas. Sus dos hijos varones, Uday y Qusay fueron el símbolo del poder absoluto del padre. Su hija Ragdah, exiliada en Jordania desde la guerra, besó una bandera de Irak el día del ahorcamiento de su padre, y se dirigió, a los que oraban con ella, con estas palabras: "Dios les bendiga y gracias por honrar a Saddam, el mártir". Bush consideró justo el ajusticiamiento y, con ello, se unió al Irán chiíta -el país cuyo presidente condena a Estados Unidos y a Israel, y niega el Holocausto- con elogios. Esa inmensa serie de contradicciones, que, Marx adujera, nos permiten entender la historia, no impiden señalar, sin negar los crímenes contra la humanidad y los genocidios de Saddam, que el ajusticiamiento de Saddam Hussein no ha contribuido, en un solo milímetro, a ratificar la idea de la justicia. Cuando fue condenado a muerte, escribí, en esta columna, mi absoluto repudio a la pena de muerte. Antes de que el rechazo, en términos jurídicos, se convirtiese en un hecho mayoritario contra la pena de muerte en los 27 países de la Unión Europea. Víctor Hugo representó, en el siglo XIX, la bandera universal contra la última pena, porque añade barbarie a la barbarie. Las apelaciones de Víctor Hugo contra la pena de muerte fueron múltiples. Una de sus cartas, como paradigma iluminador, fue la que escribió a Benito Juárez. Le decía, como razón (extracto), "que el usurpador será salvado por el liberador. Maximiliano deberá la vida a Juárez. ¿Y el castigo?, se me dirá; el castigo, hele aquí: Maximiliano vivirá ´por la gracia de la República´.". Hauteville, 20 de junio de 1867. Ese texto, con la carta que Maximiliano firmó, como respetuoso adiós a Benito Juárez (carta que escribió el día antes del fusilamiento, pero fechada el día de su muerte) deberían ser integradas en la biografía del hombre que en Apuntes para mis Hijos, escribe que a los 12 años, se fugó de su casa y anduvo, paso a paso, el largo trecho que le conduciría a Oaxaca para aprender castellano. Sus hijos recibieron, quizá, la frase más valiosa de Juárez para los estudiantes mexicanos: "Me fugué de mi casa por el deseo vehemente de aprender". La ejecución de Saddam Hussein, dije aquí ante su condena, en un país ocupado militarmente y en guerra abierta, hace abominable el ahorcamiento del tirano. EU no ha ganado nada con la muerte del hombre que cometió, sin duda, crímenes contra la humanidad y genocidios. La pena de muerte no se identifica con la justicia y, en el caso de Irak, añade, a la barbarie cotidiana, la confusión moral. Las bajas militares de Estados Unidos llegaron ya, en esas mismas horas, a los 3 mil caídos (122 muertos del lado estadounidense y 33 del lado inglés, cuando, el 14 de abril de 2003, Bush anunció al mundo el fin de la guerra en Irak) y, seguramente, varios cientos de miles de iraquíes muertos en la hecatombe. Se estima que 1 millón 800 mil se han exiliado, y el abandono del país, diariamente, para todo el mundo que puede hacerlo, es una gotera incesante. El mes de diciembre ha sido el mes con más bajas estadounidenses: 111. El 30 fue ahorcado Saddam Hussein. El día 6 de noviembre se hizo público el documento del Grupo de Estudio (Baker-Hamilton) señalando que la guerra estaba perdida y era indispensable encontrar una salida. El conflicto es ya la guerra civil y el ahorcamiento de Saddam hace insondable el conflicto entre chiítas y sunitas. ¿Qué más?
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