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Paco Ignacio Taibo I El Universal Lunes 01 de enero de 2007 |
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Desde los inicios del imperio romano, enero estaba dedicado al dios bifronte Janus, que mira delante y detrás: al año que se va y al principio del que viene, por eso le representaban con dos rostros, uno barbudo y viejo y el otro jovencito. Los romanos invitaban a comer a los amigos y se intercambiaban miel con dátiles e higos para que pasase el sabor de las cosas y que el año que empezase fuese dulce. Esta vieja costumbre romana fue poco a poco entrando en Europa, donde con la misma finalidad venturosa comenzaron a ofrecerse lentejas, de las que se dice que propician la prosperidad económica del año que empieza. En la Edad Media, la Iglesia trató de oponerse a las viejas costumbres, pero no consiguió extirpar la atmósfera disipada de la noche de San Silvestre, que se mantuvo como la última isla pagana de las 12 noches navideñas, comprendidas entre la Navidad y la Epifanía, que la Iglesia consideraba como periodo de renovación para mejorar el año venidero. La tradición de tomar las 12 uvas el 31 de diciembre a media noche se remonta tan sólo a principios de nuestro siglo, sobre el año 1909. La implantación de esta costumbre no se debe a motivos religiosos o culturales, sino más bien a meros intereses económicos. En la Nochevieja de 1909, los cosecheros, en un esfuerzo desesperado de imaginación, consiguieron desembarazarse del excedente de aquella temporada inventando el rito de tomar las uvas de la suerte en la última noche del año. Dice la gente que comerse las 12 uvas a medida que van sonando las campanadas de medianoche es una manera de empezar el nuevo año con buena suerte. Hay otras creencias populares relacionadas con la última noche del año: utilizar ropa interior amarilla trae mucha prosperidad; utilizar ropa interior roja permitirá encontrar el amor ideal; si la ropa interior se usa al revés, se tendrá mucha ropa nueva, y sacar las maletas a la puerta de la casa traerá muchos viajes.
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