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| México y el Mundo |
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Juan María Alponte
El Universal Domingo 31 de diciembre de 2006 |
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Elijo, opto, sin dudas, este tema -la cultura y la educación- como el centro de un debate que no debe ser pólemos -una de las acepciones de esa palabra, en griego, es la "guerra"-, sino la ratificación de una sobrecogedora frase del Evangelio, ahora a nuestro alcance, de María Magdalena. Ella nos dice, sin más, que "el único pecado es la ignorancia". No hay que olvidar a su vez, que Shatan, en hebreo significó "obstáculo" y la ignorancia es el mayor obstáculo para acceder a un nivel conciencial lúcido. No se olvide tampoco que diábolos, en griego, quería decir el que divide, el divisor. Esa búsqueda del origen es un intento, que deseo sea inequívoco, de encontrar la pacificación; no la condena brutal y sin salida. El mundo es como es, pero es perfectible. No lo será sin la educación ni la cultura. Es la opción liberadora, para un pueblo libre, de ascender de un nivel a otro, más alto, de la acción histórica. Por eso, porque ese debate ha pasado entre nosotros como un escándalo más, pero sin asumir su corazón -kardia, en griego, no sólo definía ese músculo prodigioso, sino que, por connotación, implicaba el interior mismo y total del antropos, es decir, del ser humano global, mujer-hombre-, me permito releer, con ustedes, un texto del sociólogo y sabio francés Edgar Morin: "El hombre no se cumple en ser plenamente humano nada más que por y en la cultura. Y no hay cultura sin cerebro humano (aparato biológico dotado de competencia para tratar, percibir, saber y aprender), pero no hay espíritu, es decir, capacidad de conciencia y pensamiento, sin cultura. El espíritu humano es una emergencia que nace y se afirma en la relación cerebro-cultura." (Les sept savoirs necessaires a l´éducation du future, editorial Seuil 1999). Edgar Morin ha sido elegido, por la UNESCO, para dar su nombre a una cátedra universal: la cátedra del Pensamiento Complejo. Tiene asiento, en México, en la Universidad de Xalapa y, con ella, profesores y estudiantes distinguidos. A ellos y a Xalapa dedico este texto. En su día viví, con ese valioso grupo humano, la concesión a Edgar Morin del doctorado. En 1880 (el 7 de octubre) el diputado Justo Sierra presentó al Congreso una ley que incorporase a la Constitución el principio de obligatoriedad de la instrucción pública para los niños entre 6 y 12 años. La ley se detuvo en el Senado, porque se adujo como pretexto, que invocaba el derecho del voto nada más que para los que supieran leer y escribir. En 1885, Justo Sierra reinició la ofensiva con una iniciativa de Ley Orgánica del artículo tercero constitucional. El debate ocasionó voces, entre ellas la de Alfredo Chavero, que se opusieron a la definición de la "obligatoriedad" de la educación, bajo el supuesto de que "la educación obligatoria era una violación de la libertad, es decir, una tiranía". Seguramente Chavero recordaba el histórico debate entre Douglas y Lincoln. El primero se opuso a la "obligatoriedad" del fin de la esclavitud, defendiendo los "derechos" de los estados a mantener la esclavitud frente a la ley general. Nada pudo impedir finalmente la firma de Lincoln, en 1863, de la Ley de Emancipación de los esclavos. Los que se ampararon, en México, en la consideración de que la obligatoriedad de la instrucción suponía una tiranía, tuvieron todavía defensores de la ignorancia (en nombre de la libertad), que llegaron a decir, en el curso del penoso episodio constituyente, algo no menos lúdico: "Si queremos la instrucción obligatoria, tendríamos que declarar también el pan obligatorio". Ocho años después de la primera proposición de Justo Sierra, es decir, en 1888, el Congreso aprobó su proyecto. En el debate hubo oposición a que se impusieran sanciones a los padres que no condujeran o no permitieran ir a las escuelas a los niños. Finalmente se aprobaron sanciones de entre "10 centavos y 10 pesos". Larga odisea para llegar a la plenitud de un derecho humano fundamental: la educación. Volvió a replantearse de nuevo el tema de la laicidad. Se autorizó al presidente de la República para organizar la instrucción primaria en el Distrito Federal y en los territorios, de acuerdo "con las bases de uniformidad, laicismo, gratuidad y obligatoriedad". Justo Sierra recibió con alborozo y júbilo la aprobación. ¿Se recuerda hoy esa etapa y el nombre de Justo Sierra en las luchas por la educación? Lamentablemente, no. Lo que no es escándalo no tiene interés. La batalla por la laicidad volvió a restaurar la tesis de que era una proposición anticatólica que no podía imponerse en las escuelas privadas. Asombra, pues, que puedan existir opiniones, hoy, que, con criterios no distintos a los que abundaron en las décadas de los 80 y 90 del siglo XXI, sigan sin asumir la inmensa responsabilidad de elevar, al más alto nivel de perfección, la educación y la cultura. Justo Sierra, sensible, creó un sistema de becas para que los profesores y los artistas mexicanos pudieran viajar a Europa y perfeccionar sus conocimientos. En los funerales de Justo Sierra, el presidente Madero y otros más lloraron ante sus restos mortales. En 1910, sólo 20% de la población mexicana sabía leer y escribir, y Guerrero, Oaxaca y Chiapas ocupaban los últimos lugares en educación. Tiene una dimensión trágica que, en nuestros días, pueda decirse lo mismo. Quiere ello decir que no es la pobreza (máscara ideológica del problema), sino la desigualdad, el centro de una revisión racional de la realidad social mexicana. Justamente, por ello, la defensa de la escuela pública y la universidad pública es una proposición esencial. Añadiendo que hoy, la educación es indisociable de la investigación (I&D) y, en ese punto estamos aún, en el debate de 1880, como Oaxaca, Guerrero y Chiapas.
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