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Paco Ignacio Taibo I El Universal Domingo 31 de diciembre de 2006 |
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Como todo mundo sabe, cuando se juntan dos abuelos, la conversación gira, invariablemente, sobre los nietos. Salpicada a veces con informaciones actuales de las enfermedades de cada uno y quizás alguno que otro chisme reciente acerca de amistades mutuas, pero luego de esos interludios realmente insignificantes y regresando a los temas serios, vuelven a salir a escena los nietos. Hace unos días se sentaron a mi mesa no dos, sino cuatro abuelos, y serían cinco en la cuenta total si yo me hubiese incluido, pero esa vez me limité a escuchar. El tema central, y diría yo que el denominador común de estos cuatro amigos, es que sus nietos viven lejos de donde ellos residen, en otras ciudades del país, e inclusive, en algún caso, en el extranjero. Este dilema, serio en verdad para cualquier abuelo que se precie, desató una polémica acerca de dónde pasarían las navidades, que de haber tenido 20 años menos los contertulios hubiera acabado en la calle y a golpes. Yo me vi excluido, pues para mi fortuna tengo a mis nietas casi a tiro de piedra y cuando mal me va, las veo dos veces por semana. Uno de los interlocutores ponderaba algo así como una educación vívida, cuya lecciones deben darse en primera persona y con el ejemplo por delante. Hablaba de que en el futuro su nieto llegaría a recordar, quizá imaginaba que hasta con lágrimas en los ojos, que su abuelo fue un hombre increíblemente ahorrador, que no derrochó y por eso le dejó una suma interesante para iniciar algún negocio. Este pequeño capital tendrá la particularidad de que para ser reunido, este hombre tiene que abstenerse, como en realidad lo hace, de visitar al niño, quien vive en el norte del país. Una bella dama, profesional de la historia y la antropología, no podía contener su inquietud, ya que para esas fechas estará llegando al mundo su primer nieto. Ella reside en el sur de la República y comentaba que no estaba segura de poder manejar tantas horas su automóvil con los nervios hechos nudo, pero al mismo tiempo debe trasladar, cual reina maga, una buena cantidad de obsequios, entre los que se cuentan algunos muebles para el futuro recién nacido. Otros de estos viejos amigos, el más deprimido sin duda, casi llora al recordar que por un comentario de esos soltados sin pensar en alguna reunión, apretó vaya usted a saber qué botón de la historia familiar de su nuera, que a su vez desató una ira incontenida y el distanciamiento consiguiente de su hijo y... de su nieto, a quien hace cuatro años no ve. El cuarto de estos contertulios, seguramente el que cuenta con menos recursos y quien tiene a su nieta más lejos, decía que él esperaba que esa pequeña lo recordará siempre y pensara que su abuelo se había gastado hasta lo que no tenía para poderla ir a ver al menos una vez por año, aunque sólo le llevara unos dulces o un libro de regalo, además de hablarle por teléfono varios días a la semana. Con estas cartas en juego puestas sobre la mesa, pueden ustedes suponer que las apuestas y el tono subieron, alguien tomó partido por uno, otro lo hizo por alguien más, otra se fundió en un abrazo con el deprimido y hasta quien no tienen la dicha de ser abuelo terminó trenzado en una fiera discusión sin deberla ni temerla. Con esto llegué a pensar varias cosas. Efectivamente, cuando se juntan al menos dos abuelos, los nietos son el tema invariable de conversación. No hay algo así como un paradigma abuelil, la condición humana sigue permeando incluso a quienes podría decirse que no nos cocemos al primer hervor. En la mesa más vale no hablar de política, de religión... y de nietos, si se quiere llevar la fiesta en paz. Y por último, que quizá ya vaya siendo hora de filmar la continuación de una saga de hace varias décadas, ahora con el apasionante título de "Cuando los nietos se van". Creo que sería un éxito.
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