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Libros y Otras Cosas
David Huerta
El Universal

Miércoles 06 de diciembre de 2006



La muerte de un poeta

Una noticia ensombreció, para mí y para unos cuantos más, la feria librera de Guadalajara de este año: la muerte del poeta jalisciense Enrique Macías Loza, que me fue comunicada por Ricardo Castillo. Macías Loza tenía 55 años de edad y una obra marginal, lo mismo que su vida. Lo conocí en 1978, en circunstancias de las que hablaré más adelante, y siempre lo admiré. Tenía mucho en común con otro poeta amigo mío, pero ese era chiapaneco: Joaquín Vásquez Aguilar. Ambos eran personas fronterizas, arrebatados por potencias que los subyugaban. Sus costumbres dionisíacas explican sus destinos trágicos.

En 1978 yo coordinaba mi primer taller literario en la Casa del Lago de la Universidad Nacional. Había pasado al otro lado de la trinchera: de alumno a maestro, o en jerga talleril, de tallerista a coordinador. Había publicado dos libros de poesía y comenzaba a entrar en la parte más espesa de ciertas obligaciones y responsabilidades. Una de esas faenas consistió en formar parte del jurado de un premio de poesía joven, que con los años se convertiría en el Nandino, por Elías Nandino, poeta de Cocula (de donde también es el mariachi); entonces aquel premio se llamaba "Francisco González León". En buena medida lo apoyaba la ciudad de Lagos de Moreno; lo organizaba el Instituto Nacional de Bellas Artes. Los otros miembros del jurado fueron Hugo Gutiérrez Vega y Elena Jordana. Fallamos por unanimidad en favor de un libro titulado De perrunas furias y soledades; muchos de aquellos poemas estaban fechados en un lugar que su autor llamaba Oblatos Beach, es decir. la cárcel de Oblatos.

Aquel libro ganador del González León, era de Enrique Macías Loza y nunca se publicó. No sé por qué, pero lo sospecho: el poeta jamás se sintió del todo seguro de su libro, aunque, por otra parte, no dudara de su valor intrínseco, como me consta por las numerosas conversaciones que sostuvimos -a veces en cantinas de mala muerte- en los años siguientes. Casi me atrevo a decir que había una especie de sombría coquetería de "poeta maldito" en esa obstinación en no procurar la edición. Yo trataba de comprender a Macías Loza, pero no puedo negar que me desesperaban su obcecación y su vocación autodestructiva. Puedo decir, empero, que nuestra amistad discurrió por cauces tersos y no hubo entre nosotros "ni sombra de discordia". Debo decir que me daba mucho gusto su trato. Quiero creer que él opinaba y sentía lo mismo.

Una hermosa nota del escritor Juan José Doñán en las planas de un periódico de Guadalajara informaba sobre la muerte de Enrique Macías Loza. Llamé por teléfono a Doñán y nos dimos el pésame mutuamente. Creo que él entendía mi pena, pues estaba al tanto de mi amistad con el poeta.

La muerte del poeta Macías Loza no será ampliamente comentada. Así está bien. Él quiso que su vida y su poesía fueran oscuros desprendimientos de su vocación trágica. Descanse en paz.



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