Formato de impresión patrocinado por


Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
El Universal

Viernes 17 de noviembre de 2006



Frente antichavista

Hugo Chávez es el gran enemigo de la mayoría de los presidentes latinoamericanos, y Felipe Calderón quiere encabezar un frente contra él

SAN JOSÉ, Costa Rica.- El otro día el presidente de Costa Rica, Óscar Arias, hablaba sobre la debilidad de los partidos políticos que conduce a una atrofia del sistema político y a la proliferación de liderazgos mesiánicos que rara vez muestran paciencia con las limitaciones del estado de derecho. "Que no se nos olvide -subrayaba a sus interlocutores el también premio Nobel de la Paz-, casi siempre fermentado en las miasmas del colapso de los partidos, es un camino con pocas victorias para las libertades públicas". Arias no mencionaba por nombre a nadie, pero en la mente de los presentes el nombre que cruzaba era el de Hugo Chávez. En efecto, Arias no es un promotor del presidente venezolano. Por el contrario, como lo ha confesado a sus cercanos, desprecia al coronel golpista y le molesta su intervención en los asuntos internos de otras naciones del continente.

Arias no está solo. Chávez tiene diferendos abiertos con sus vecinos Álvaro Uribe de Colombia y Alan García de Perú, y un diálogo beligerante y agresivo, que es recíproco, con el presidente Vicente Fox, quien siente antipatía hacia el venezolano. El rechazo hacia Chávez es creciente en la región, donde ha pasado de pesadilla a amenaza por sus cañonazos de petrodólares para arropar con protestas su discurso antiimperialista. Fuera del boliviano Evo Morales, a quien ayudó financieramente durante su campaña presidencial, y de Fidel Castro, que lo adoptó en su eterno combate contra Estados Unidos y recibió petróleo para alimentar la economía cubana, Chávez ha tenido problema con derechistas, izquierdistas y populistas.

En Argentina, por ejemplo, financió a los piqueteros que realizaron protestas contra su presunto aliado Néstor Kirchner, y en este país sospechan funcionarios costarricenses, mensualmente llegan 50 mil dólares en valijas diplomáticas para financiar la protesta sindical contra el tratado de libre comercio centroamericano.

En Washington, no le ven la estatura de Castro, pero tiene el coronel lo que nunca tuvo el comandante: dinero. Con petrodólares está financiando las alcaldías en poder de ex guerrilleros en Guatemala y El Salvador, sin dejar fuera a los sandinistas en Nicaragua donde, además, vendió gasolina a precios preferenciales para apoyar a Daniel Ortega, a quien donó 10 mil toneladas de urea, un agroquímico cuya venta le produjo 3 millones de dólares que utilizó para financiar parte de su exitosa campaña electoral por la presidencia. Chávez lleva tiempo buscando incrementar su presencia en América Latina y crecer como el líder que podría llenar el hueco que dejará Castro, quien padece de un cáncer por el que le dan 18 meses máximos de vida. A un gran número de líderes latinoamericanos, eso no les gusta, y están actuando en consecuencia.

Desde el último trimestre del año pasado, un frente antichavista se empezó a conformar. El gobierno mexicano, en acuerdo con Washington, que carece de política latinoamericana en la administración de George Bush, haría el trabajo. El canciller Luis Ernesto Derbez se reunió con la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, fuera de agenda en una capital latinoamericana, donde le informó que en lugar de cerrarle las puertas a Chávez, reencauzarían sus iniciativas. Por eso convenció a un decidido presidente Fox de no romper relaciones diplomáticas con Caracas, y por lo mismo, cuando el venezolano dijo que financiaría una refinería en Panamá, un viejo plan en las gavetas del gobierno mexicano fue desempolvado y en cinco días, a fines de noviembre pasado, Derbez se reunió con los cancilleres centroamericanos, de Belice, República Dominicana, Canadá y Colombia, y cocinó un paquete de proyectos energéticos que incluirían una refinería en Centroamérica. A mediados de diciembre, Fox lo anunció formalmente en Cancún.

El gobierno venezolano, en voz de su canciller Alí Rodríguez, le dio la bienvenida al plan y anunció que estaba dispuesto a apoyar a México en la refinería. La primera puerta contra Chávez, estaba colocada. Derbez comenzó a hablar de un bloque pacífico-latinoamericano, donde involucra a Arias y García, que será otra herencia que dejará al gobierno entrante de Felipe Calderón. Al presidente electo mexicano, lejos de desagradarle esa idea, se enmarca dentro de sus movimientos estratégicos no sólo para encabezar el frente antichavista, sino para que, a partir de éste, construya un nuevo canal de comunicación política con Washington. De hecho, en su primera gira como presidente electo, a Latinoamérica, Calderón tocó base en Centroamérica -donde hay enormes coincidencias ideológicas en proyectos de nación-, y en Colombia, donde las analogías con Uribe pueden llegar a ser tan grandes como el hecho que su proyecto 20-30 tenga una enorme semejanza conceptual con uno, nombrado prácticamente igual, que presentó el presidente colombiano hace tiempo.

La alianza con Colombia es fundamental para Calderón. Ahí está la línea de fuego contra Chávez, al que le tratarán de levantar otro muro andino en el Pacífico. Él, y nadie más en la región, es el enemigo a contener. Calderón ha tenido gestos con Castro -le envió una carta personal pidiendo por su recuperación-, y se han venido acomodando mejor las piezas con Evo Morales. Kirchner mandó una señal cuando Calderón estuvo en Chile, y presionó tanto por un encuentro, que el mexicano tuvo que viajar por unas horas a Buenos Aires para platicar con él. Pero con Chávez, como antes Fox, hay antipatía. El venezolano representa mucho de lo que detesta Calderón -y viceversa también-, y le sirvió como herramienta de propaganda negativa contra Andrés Manuel López Obrador durante la campaña presidencial. Como resultado, hasta ahora Chávez no lo ha reconocido como presidente electo y sus voceros oficiosos han repetido en la región que su presidencia es resultado de un "clarísimo fraude".

La contención de Chávez está en marcha con un doble juego. Mantenerlo a raya en América del Sur y cobrar esos favores en Washington. En un mundo de pragmáticos, la estrategia puede ser bien vista. Sin embargo, Calderón corre el riesgo de ser marcado en Latinoamérica como cada uno de los presidentes mexicanos, desde Carlos Salinas, lo han sido: un siervo de Estados Unidos. Razones han dado de sobra, volteando la espalda a la región y plegándose a Washington, mucho más allá de lo que la inteligencia latinoamericana acepta como consecuencia de la interdependencia. Hasta hoy, los centroamericanos no ven intención prístina de Calderón, sino que, como sus antecesores, vuelve a ser el títere de Washington peleando en terrenos que lo desgastan. Mucho, claro, conciso y contundente tendrá que hacer el próximo presidente mexicano si quiere demostrar que, en verdad, no será ni Salinas, ni Fox ni Ernesto Zedillo. Por ahora lo observan en la región, pero aún no le creen.

rriva@eluniversal.com.mx

r_rivapalacio@yahoo.com



© 2006 Copyright El Universal-El Universal Online