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Ricardo Alemán
El Universal Miércoles 06 de septiembre de 2006 primera seccion |
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Según los estrategas del presidente electo, el de Calderón no será un gobierno continuista, sino de alternancia E l de Felipe Calderón, en rigor, será el primer gobierno del PAN. El de Vicente Fox, por donde se le quiera ver, no fue un gobierno panista, sino una mala copia de los gobiernos del viejo PRI. Y el mejor ejemplo lo vimos desde que el foxismo rompió con Acción Nacional cuando el guanajuatense apenas era presidente electo, cuando echó a los panistas de su gabinete, cuando combatió a Calderón en sus aspiraciones presidenciales y, por si hiciera falta, cuando puso en riesgo la elección del pasado 2 de julio. Calderón se convirtió en presidente de los mexicanos -en medio de la mayor crisis político-electoral contemporánea-, a pesar del gobierno de Fox y de la dirigencia de su partido, a pesar de la ultraderecha incubada en Acción Nacional, grupo que tenía preparado ese cargo para Creel. En el fondo, el gobierno de Fox y la ultraderecha panista fueron dos pesados lastres que operaron contra la posibilidad de que, luego de seis décadas de apostolado democrático, el PAN pudiera alcanzar el poder. Por eso tiene sentido el deslinde que, en la práctica, ya opera en torno del presidente electo respecto al gobierno de Fox y de la ultraderecha. Y no se trata de un distanciamiento abierto, público, sino que se "pinta la raya" a partir de la integración del gabinete, de las prioridades en el programa de gobierno y, sobre todo, en el quehacer político. En los hechos, el primer paso que dará el presidente electo será establecer una clara diferencia entre un gobierno como el de Fox y el que será el primero de los gobiernos reales del PAN. Es decir, que según los estrategas del presidente electo, el de Calderón no será un gobierno continuista, sino de alternancia. Pero igual que hace seis años -cuando preguntamos en este espacio: ¿por qué debemos creer o esperar que el de Fox será un buen gobierno, si el presidente electo no es más que un improvisado del poder?-, hoy debemos poner en duda las capacidades de Felipe para responder con éxito al formidable reto que enfrentará a partir del 1 de diciembre. En efecto, Calderón es un doctrinario del PAN, lleva la sabia partidista en la sangre. En efecto, se hizo candidato y presidente contra los designios del presidente Fox y de la extrema derecha. En efecto, es un experimentado parlamentario y cuenta con una sólida formación profesional. Es, en efecto, un hombre inteligente. ¿Y qué con eso?, se podría preguntar. Y la interrogante tiene sentido, porque en México y en el mundo nadie puede extender un certificado de eficacia, capacidad y talento respecto a un gobernante, por carismático y popular que sea. Pero el asunto va más allá, porque a las dudas razonables sobre las capacidades y/o debilidades que motiva Calderón o cualquier otro presidente electo, resulta que el michoacano se enfrentará a exigencias y conflictos políticos, económicos y sociales inéditos en la vida política nacional, que podrían terminar en un gobierno aún más cuestionado que el de Vicente Fox. Y el primero de esos problemas será el de la legitimidad política y social. Al ser declarado presidente electo por el Tribunal Electoral -que es la instancia calificadora de las elecciones presidenciales-, Felipe Calderón es legalmente el presidente electo, legitimado por las instituciones electorales. Pero no cuenta con la legitimidad política y social, ya que con razones válidas o no; su principal adversario puso en duda el proceso electoral, y a los ojos de por lo menos un tercio de los votantes es un presidente producto del fraude. Aquí hemos sostenido -y lo seguimos sosteniendo- que la denuncia de supuesto fraude no fue más que una perversión de quienes carecen de una cultura democrática, engaño que por razones naturales -porque a nadie le gusta perder- compraron los enamorados del candidato perdedor. Sin embargo, esa duda y las acciones políticas derivadas de la misma se habrán de convertir en un obstáculo para que el nuevo presidente confirme su legitimidad política y social. En el fondo, la primera y fundamental tarea del presidente electo será alcanzar esa legitimidad política y social, que se deberá traducir en acciones de gobierno, eficaces y de fondo, dirigidas precisamente a responder las demandas y los reclamos de quienes no votaron por Calderón, de aquellos que sufragaron por el candidato perdedor y que creen que el presidente electo será un presidente espurio. Por esa razón, el gobierno de Calderón está obligado no sólo a poner distancia de su antecesor, de Vicente Fox y de la derecha extrema que asaltó al PAN en ese gobierno, sino a convertirse en un gobierno fundacional, equidistante de los extremos de la geometría política y capaz de moverse al centro. ¿Por qué? Porque la pluralidad política que expresaron los ciudadanos en las urnas, que se refleja en el Congreso y en el sistema de partidos, lo obligarán a encabezar un gobierno compartido, en el que quepan todas o casi todas las tendencias, y en cuyo programa de gobierno incorpore las prioridades y las demandas de todas las tendencias políticas. El reto es gigantesco. ¿Estará Calderón a la altura? Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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