![]() |
Formato de impresión patrocinado por | ||
| Itinerario Político |
|
Ricardo Alemán
El Universal Domingo 02 de julio de 2006 primera seccion |
|
El vencedor deberá buscar consensos, para ser legitimado Debe aflorar la tolerancia, hoy triunfa la democracia Al final del día, de hoy domingo 2 de julio, sabremos quien será el nuevo presidente mexicano. Habrá un ganador y cuatro perdedores. Y precisamente dentro de unas cuantas horas se pondrá a prueba no solamente la capacidad de tolerancia de los contendientes y de sus respectivos partidos políticos, sino de toda la sociedad mexicana. Y es que si bien el juego democrático supone el triunfo de las mayorías, en la peculiar elección presidencial mexicana de hoy domingo presenciaremos un inédito "triunfo de las minorías". Es decir, que el nuevo presidente mexicano -sea del partido y la tendencia que decidan los electores-, surgirá de un voto minoritario, lo que provocará malestar y acaso hasta enojo en una mayoría de votantes. Y precisamente lo que estará en juego a partir de la noche de hoy será la capacidad de tolerancia, de los candidatos derrotados, pero sobre todo de la sociedad mexicana. Por lo menos seis de cada 10 mexicanos se irán a dormir esta noche con la nada grata sensación de la derrota, mientras que sólo cuatro de cada diez estará festejando. Contrastarán el júbilo de unos y el coraje y la decepción de otros. Pero esa es la esencia de la democracia, la tolerancia ante el triunfo y la derrota. En todo caso, y en tanto origen y destino de la democracia, los ciudadanos en general deberemos reconocer no sólo el resultado que arrojen la urnas, sino la validez de la elección y la legitimidad institucional del nuevo presidente, sea del partido que sea, el de las preferencias o no de cada quien. El asunto de fondo, y más allá de pasiones y preferencias, de encuentros y desencuentros, es que la noche de hoy todos los ciudadanos habremos resultado ganadores -junto con la democracia mexicana-, porque se habrá cumplido el anhelo de la democracia electoral, el sufragio efectivo. Sin duda quedará pendiente la legitimidad política del ganador, pero esa legitimidad se conseguirá en el ejercicio del poder, en la composición del nuevo gobierno, en la responsabilidad para ejercerlo. Y los ciudadanos jugarán, de nueva cuenta, un papel estelar no sólo en ese proceso de legitimación, sino en el perfeccionamiento de la legislación electoral, en la discusión de nuevas fórmulas para no regresar a los tristes espectáculos del pasado reciente. Por lo pronto, como sociedad que nace a la democracia, deberemos dar la bienvenida el nuevo gobierno, sea del color o el partido que resulte. Recordar a Paz Y acaso por eso valga la pena echarle una mirada al pensamiento del Nobel mexicano, Octavio Paz, quien a propósito de las elecciones presidenciales de 1994 (en el ensayo "Las elecciones de 1994, doble mandato". Vuelta, octubre de ese año), ya se ocupaba de la tolerancia como uno de los dilemas centrales de la democracia mexicana. Dijo en esa ocasión: "A los mexicanos nos ha costado mucho trabajo y muchos años aprender ese arte difícil que es el fundamento de la democracia; saber ganar y saber perder. A cada elección seguían motines, disturbios, levantamientos, guerras civiles y, al final, el remedio brutal contra el desorden: la dictadura". Saber ganar y saber perder, arte que según Paz es el fundamento de la democracia. Y en efecto, no sabemos cómo se podrán comportar los pretendientes presidenciales en las horas próximas, al final del día de hoy, pero lo que sí sabemos es que al acudir a la convocatoria electoral de hoy, una abrumadora mayoría de mexicanos está a favor de la tolerancia, del respeto institucional, a favor de asimilar ese dilema; saber ganar y saber perder. Pero esa es sólo una de las variables en juego en la elección de hoy. El propio Octavio Paz se ocupó del segundo capítulo de la historia; la responsabilidad de los vencedores y de los derrotados. Dijo el Nobel (Reforma 7 de julio de 1997) luego de las elecciones de ese año: "El porvenir está lleno de interrogaciones. La responsabilidad de responderlas con lucidez y entereza incumbe, en primer término, a los partidos políticos y a sus dirigentes. Los derrotados deberán de abstenerse de emprender una política hecha de resentimientos, rencores y agravios ideológicos o personales. La democracia no puede vivir sin la oposición, pero una oposición ciega puede destruirla. El ejemplo de Madero es una advertencia; cayó víctima de una oposición obtusa y malévola. "Los vencedores tienen que cuidarse del pecado de la desmesura, esa pasión que consiste en la incapacidad del vencedor de vencerse a sí mismo e ignorar tanto a la voluntad de los otros como a las exigencias de la realidad. Los vencedores no pueden ser sordos ante las opiniones adversas, sean las de una minoría o las de un individuo; tampoco deben ceder a las tentaciones extremistas e ideológicas. En la elección ha quedado claro que las mayorías se inclinan no por esta o por aquella filosofía política, sino por la resolución de los problemas concretos que afectan a su vida diaria... El recurso que nos queda a los ciudadanos es la crítica. Debemos ejercerla con valentía, pero también con moderación. Sólo la crítica puede limitar los extravíos de un poder embriagado por sí mismo". Democracia de minorías Del anterior ejercicio memorioso del pensamiento de Octavio Paz se desprende. por lo menos, una premisa que deberá tomar en cuenta quien esta noche se alce como el nuevo presidente de los mexicanos, sea cual fuere su filiación partidista: la de la legitimación política. Como ya lo dijimos en este espacio, aquel que obtenga el voto mayoritario lo hará, a pesar de esa mayoría, sin el consenso de por lo menos seis de cada 10 mexicanos, potenciales electores. Los cuatro candidatos derrotados sumarán, por lo menos, 60% de las preferencias de quienes decidan acudir a votar. Pero no tendrá más de 22% del total del padrón. Es decir, que aquel que se convierta en el presidente número 20 de la era constitucional mexicana -del partido que sea-, habrá accedido al poder en una elección legal y legítima, sin duda, pero no tendrá el consenso de una brumadora mayoría, de seis de cada cuatro ciudadanos con derecho a voto. Para lograr el consenso y, por consecuencia, para alcanzar la legitimidad política, el nuevo presidente deberá recurrir a los acuerdos políticos, sea a través de un gobierno de coalición, sea mediante una gran alianza con partidos opositores o con diversos sectores sociales que representen al conjunto de los mexicanos. No son pocos los estudiosos que se han pronunciado por incluir en la legislación mexicana la llamada "segunda vuelta electoral", es decir, que ante el dilema de una elección en donde ninguno de los contendientes logre el porcentaje establecido como mínimo para ser presidente -regularmente el 50% de los votos más uno-, los dos candidatos que logren el mayor porcentaje se enfrentarán de nueva cuenta, sólo ellos dos, para que los electores que contaban con otra alternativa, centren su preferencia en sólo estos dos. Así, se desarrolla una suerte de alianza entre los dos candidatos más votados, con el resto de los contendientes que han quedado fuera, y el voto resultante legitima al que será el ganador. Sin embargo, esa fórmula para fortalecer la legitimidad de origen, es decir, la legitimidad que surge de las urnas, no es la mejor y no debe ser aplicable para la elección presidencial. Pero el problema es otro. Ya le corresponderá a los partidos políticos y sus grupos parlamentarios de las legislaturas por venir discutir el tema y decidir, junto con la sociedad y en general con la opinión pública, si resulta operativa o no la segunda vuelta electoral. Lo importante es que el presidente que surja de la elección de hoy -y hay que insistir en ello-, un presidente legalmente electo y legítimo institucionalmente. Pero no tendrá el consenso de más del 50% de los ciudadanos con derecho a voto. Será, del partido que resulte ganador, un presidente con serios problemas para conseguir la legitimidad política. Y en efecto, esa legitimidad la podrá alcanzar con el ejercicio mismo del poder, pero para que ese ejercicio del poder resulte eficiente, requerirá de importantes apoyos del Congreso. En la misma elección de hoy también se renovarán, como todos saben, las cámaras de Diputados y senadores. Y según las más recientes encuestas, los electores no darán un voto mayoritario para nadie, e incluso existen hipótesis de que el partido ganador en la contienda presidencial no lo será en el Congreso. ¿Cómo podrá ser eficiente un gobierno, del signo que sea, que no consiguió el consenso social mayoritario -que en las urnas sólo obtuvo el voto de cuatro de cada seis ciudadanos-, y que no tiene una mayoría en el Congreso? Una primera respuesta la conocemos todos. El gobierno de Vicente Fox logró no sólo la mayoría de votos en julio del 2000, sino que para su toma de posesión, tenía de su lado a ocho de cada diez ciudadanos. Era un gobierno legal, legítimo y legitimado socialmente por una mayoría. Pero su partido no contaba con una mayoría en el Congreso. ¿Qué pasó? Todos lo sabemos, que su gobierno se vio paralizado no sólo por las incapacidades del propio Presidente, y de su equipo de colaboradores, sino porque no hubo capacidad política para los acuerdos con los opositores, y porque los opositores, como lo dijo Paz líneas arriba, hicieron una política "hecha de resentimientos, rencores y agravios ideológicos o personales". Lo cerrado de la contienda, la polarización que produjo entre amplios sectores sociales -y los choques entre familias, que muchos vivieron de manera personal-, unida a la confrontación de la llamada izquierda partidista y la derecha en el poder, auguran que será difícil que se produzca una reconciliación no sólo de intereses, sino de objetivos. Y frente a una situación como esa, no es menor la responsabilidad de los ganadores y de quienes fueron derrotados. Como sociedad no podemos permitir otro sexenio perdido, como fue el caso del que está por terminar, y menos por los resentimientos, los rencores y los agravios ideológicos y personales de unos y otros, de los vencedores y los vencidos. Democracia y crítica Y aquí es donde aparece la segunda de las premisas que sintetizan el pensamiento de Octavio Paz. Está claro que todos, o por lo menos una mayoría, daremos la bienvenida al nuevo gobierno, surgido legal y de manera legítima de las urnas. Pero también debemos tener claro que el ejercicio democrático de hoy servirá para elegir a un mandatario, que no es otra cosa que seleccionar al que según los mandantes -que somos los ciudadanos-, deciden que conduzca los destinos del país. Pero sea o no el preferido quien resulte ganador, los ciudadanos tenemos el derecho y hasta la obligación de no perder las capacidades de asombro, indignación y protesta frente al nuevo gobierno. Y para convertir esas capacidades en instrumentos sociales, contamos con la crítica, que a su vez es el mejor instrumento social, en toda democracia que se respete, para hacer valer libertades como la de expresión. La libertad de expresión es "la joya de la corona" en una democracia y sobre todo en una democracia naciente como la mexicana. Por lo pronto, sea cual fuere el resultado de hoy, gane o no el preferido de cada quien, los ciudadanos debemos aprender, entender que la democracia electoral no es el triunfo de unos y la derrota de otros, sino una cultura -que habremos de asimilar a plenitud-, en la que todos resultamos ganadores. No termina la vida para nadie, porque tampoco se entrega un cheque en blanco para nadie. La división de poderes, la fortalecida opinión pública mexicana, y el entramado constitucional harán el resto. Al tiempo. Elecciones concurrentes Por increíble que parezca, también en las elecciones concurrentes -las del DF, Guanajuato, Jalisco y Morelos-, se podrían producir notables disputas. Para todos está claro que en el Distrito Federal tiene asegurado el triunfo el candidato del PRD, cuya preferencia le dará por ahí de 50% de los votos. Una situación parecida, pero a favor del PAN, se producirá en Guanajuato, en donde el candidato al gobierno estatal por Acción Nacional mantiene una importante ventaja de por lo menos dos a uno frente a su más cercano perseguidor del PRI. El conflicto se presenta en Morelos y Jalisco. En el primer caso, el PAN mantuvo una ligera ventaja sobre el PRI y el PRD. Morelos es una entidad gobernada por Acción Nacional y su candidato presidencial mantenía una ventaja hasta hace pocas semanas, pero repentinamente en días pasados las preferencias parecen haber sufrido un vuelco que los mantiene prácticamente empatados. En Jalisco ocurre una variante de ese fenómeno, ya que el aspirante del PRI al gobierno estatal mantuvo una notable ventaja, hasta que la guerra colocó al PAN en un empate técnico. Nadie sabe, al final de cuentas, que pasará. Hoy los morelenses y los jaliscienses darán su veredicto y sabremos si Morelos seguirá gobernado por el PAN, o si regresa el PRI o se cuela el PRD. En Jalisco pudiera regresar el PRI, aunque el PAN pudiera dar la sorpresa. Hoy lo sabremos. aleman2@prodigy.com.mx
|
|
© Copyright El Universal-El Universal Online |