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Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
El Universal
Lunes 24 de abril de 2006
primera seccion

Todos son dinos

Los debates presidenciales son, en los países donde forman parte de la cultura política, rígidos en formato, densos en contenidos y poco elásticos en réplicas. No los organizan instituciones oficiales sino organizaciones de la sociedad civil sin fines de lucro. El propósito fundamental es que los candidatos a la Presidencia se presenten ante un público sin el apoyo de la mercadotecnia, de sus asesores de imagen, de sus apologistas y tamborileros, sino como lo que son, a fin de que el electorado vea qué piensan, cómo reaccionan, qué traen en la cabeza, qué tan originales son sus ideas, cómo responden a los ataques fundados e infundados y, sobre todo, disfrutar de sus pifias y cotejar subconscientemente su química con cada uno de ellos.

El primer debate televisado en la historia de la política se dio entre los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, John F. Kennedy y Richard Nixon, en 1960. Es un clásico el comportamiento del electorado, pues quien escuchó la discusión en radio no tuvo duda que el republicano Nixon, quien era vicepresidente del altamente estimado Dwight D. Eisenhower había ganado el debate. Pero quienes lo vieron por televisión notaron la barba vespertina crecida de Nixon frente a la jovialidad del entonces senador, convirtiendo a uno en sórdido y a otro en confiable, con lo que Kennedy se llevó el debate y la Casa Blanca. En 1994, Walter Mondale tuvo una de las líneas más memorables en debate alguno, cuando frente a una perorata del presidente Ronald Reagan, parafraseó un exitoso anuncio negativo de Burger King contra de McDonald´s: "¿Y dónde está la carne?". Mondale ganó el debate, pero Reagan se reeligió.

Los debates se inauguraron en México en 1994, en los primeros pasos concretos hacia un sistema democrático, y donde a juzgar por los grupos de enfoque, el ganador fue el panista Diego Fernández de Cevallos, pasando por encima de Ernesto Zedillo y Cuauhtémoc Cárdenas. El impulso del debate le hubiera ayudado para llegar a la Presidencia pero, en lugar de aprovechar su momentum, argumentando una enfermedad, desapareció un mes de la escena pública, perdiendo lo ganado.

Francisco Labastida llegó al debate de la campaña de 2000 con las encuestas a su favor, pero cometió errores tácticos al reproducir la campaña negativa que le había disparado Vicente Fox para elaborar una fallida defensa. Fue desastroso, y no dejó de haber priístas que insistieran en el viejo alegato de que para qué debatir, si iban bien en las encuestas. Esa misma idea han enarbolado algunos de los defensores más fanáticos del candidato puntero Andrés Manuel López Obrador, con los argumentos anacrónicos de que para qué darle espacio a sus adversarios que van abajo en las encuestas e inyectarles vida artificial. Nadie en otros países se atreve a imaginarse semejante aberración retórica, sólo propia de culturas políticas autoritarias y excluyentes. Precisamente, uno de los objetivos de los debates es que el elector se pueda formar una mejor opinión sobre cada uno de los candidatos, ellas o ellas, y que el día de la votación hagan una elección mejor informada. Es decir, al socializar el conocimiento político de aquellas personas a quienes les entregarán el mandato colectivo para tomar decisiones en nombre de uno, se contribuye a la democracia.

Cultura democrática, precisamente, es lo que anima a los candidatos presidenciales a mostrarse como son, con sus virtudes y defectos, frente a un elector. Naturalmente hay costos, pero de eso se tratan los sistemas abiertos, de confrontación de ideas y programas, como también de rendición de cuentas políticas y transparencia.

El debate sobre el primero previsto de esta reñida contienda presidencial tiene lo que la caracteriza: poca democracia y mucho autoritarismo, enmascarado en retórica democrática. Aquí no hay un candidato que no esté en la misma lógica, aunque la dinámica de la discusión pública los va llevando a cambiar estrategias.

La más clara era la de López Obrador, expuesta por él con el sofisma de que se junten Felipe Calderón y Roberto Madrazo para que lo alcancen, y que no acudiría al primero, que trataría originalmente de la economía, sino al último, que trataría de transparencia y democracia. ¿Por qué no ir al primero, donde tendría más argumentos contra Calderón y Madrazo con el solo cuestionamiento de una generación de mexicanos que han vivido con el cinturón apretado, y sí ir al segundo donde, precisamente, se encuentran sus fantasmas? La respuesta parece simple: al debate donde irá no hablaría del tema, sino de lo que quiera, ignorando al resto de los candidatos. La más tramposa era la del PRI. Ante la posibilidad de que Madrazo fuera el perdedor de todos los debates sin importar su comportamiento en ellos, por el lastre personal y del partido ante la audiencia que normalmente ve televisión, lo mejor que podía hacer era alimentar la discusión sobre el debate y, en un punto que parecía haberse alcanzado a principio de la semana pasada, argumentar que no había condiciones para el debate, reventar el de la próxima semana y pasarle la factura a López Obrador. Dentro de esa lógica era un error táctico ir a debatir con Calderón o con los bonsái Patricia Mercado y Roberto Campa. ¿Para qué hacerle una concesión a Calderón, quien parecía ser hasta principios de este mes el que más necesitaba de los debates porque su campaña estaba empantanada?, era uno de los argumentos. Y a Mercado y Campa, ¿para qué regalarles el registro?, era otro. La ríspida discusión sobre los debates obligó a Madrazo, a no cancelar, porque calcularon que era ya más costoso no ir, que asistir. Todo está teniendo que ver con la mejor manera de proteger su candidatura y pasarle costos al adversario.

En el debate de esta semana quieren pasarle el costo de antidemocrático a López Obrador, y es probable que los siguientes spots sean en torno de la famosa silla vacía. Por eso echaron a la basura sus adversarios la tregua que quería el PRD, que buscaba así tender un cordón sanitario alrededor de su candidato y evitar que lo juzgaran y condenaran en ausencia. Todo es lo mismo que en el pasado político mexicano. Ni unos ni otros tenían argumentos democráticos de fondo, pero tampoco se podía esperar que modificaran su cultura autoritaria a democrática en unos cuantos años, cuando se requiere toda una generación para lograrlo.

Lo que sí es lamentable es que ni siquiera, como en Sudáfrica o Chile, los autócratas apuesten por la democracia como el mejor sistema de organización social y sigan mostrando el despotismo de los monarcas franceses que, por cierto, murieron en la guillotina por pensar que los ciudadanos eran estúpidos y no se daban cuenta.

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