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Carta desde Europa
Stephan Sberro
El Universal
Domingo 09 de abril de 2006
internacional

Aun si la crisis continúa, todos saben que el Contrato de Primer Empleo (CPE) será abrogado de una forma u otra. El primer ministro Dominique de Villepin conduce un combate de retaguardia. A pesar de su empecinamiento, los manifestantes ganaron. La derecha francesa exhibe siempre más sus divisiones, aun en el seno del gobierno, mientras el frente sindical y la unión de los partidos de izquierda se consolidan cada vez más.

Ante tanta ineptitud gubernamental, es fácil olvidar lo esencial: los millones de personas que se manifiestan en las calles francesas desde hace varios meses plantean las verdaderas preguntas.

Una vez más, Francia antes que todos los demás abre un debate fundamental para el resto del planeta y recuerda que el poder político o el éxito económico no son fines en sí sino medios de alcanzar el bienestar.

¿De qué sirve tener una economía eficaz si esta eficacia significa la precariedad y la falta de bienestar (en materia de educación, salud, seguridad, etcétera) para la mayoría, mientras sólo una minoría goza de los beneficios de la "eficacia económica" propiciada por la famosa globalización?

Al igual, los franceses plantearon las verdaderas preguntas sobre la integración de los extranjeros en general, y de los musulmanes en particular, en las sociedades europeas con los violentos motines de noviembre 2005. Lo hicieron mejor todavía con su sonado "no" a la Constitución europea. Los otros europeos pueden tener buenas razones de molestarse de su incómodo vecino pero no pueden burlarse. No plantean ni mucho menos responden las preguntas francesas. El "sí" sin debate de fondo y con abstención masiva de los españoles no puede constituir una respuesta, y menos las aprobaciones parlamentarias masivas y también sin debate de fondo en los otros países de la UE o el regocijo de los euro-escépticos británicos, nórdicos o de Europa Oriental.

La situación de los inmigrados, el nivel de vida, de educación, de salud es peor en los "países liberales" que en Francia; las desigualdades sociales, mucho mayores. Los empresarios, universitarios, estudiantes franceses no tienen nada qué envidiar cuando miran más allá de sus fronteras. En cambio, es innegable que, con la posible excepción de la vecina y hermana Italia, lidian con el peor gobierno del continente.

En cuatro años, el único verdadero éxito interno e internacional de este gobierno le fue regalado por el gobierno de Bush con la guerra en Irak. Una vez más los franceses plantearon los verdaderos problemas, más allá del pacifismo visceral de los alemanes y españoles o la docilidad de los otros europeos. Aun así, la forma poco elegante y congruente del rechazo francés no trajo ningún beneficio al país en el escenario internacional.

Aumentó la desconfianza de su mayor aliado, Estados Unidos, y de sus vecinos inmediatos (menos Alemania) sin permitirle adquirir una mayor influencia en Medio Oriente, ni en Irak por supuesto, ni en el conflicto israelí-árabe, ni siquiera con los mayores enemigos de Estados Unidos en la región, Irán, Siria y Rusia. Por sus ambiciones personales, el primer ministro De Villepin está preparado a enarenar cualquier avance en el país. La izquierda no propone alternativas y deja la vía abierta al populismo, que en Europa está en la extrema derecha. Rehenes de sus políticos, sujetos a la necesaria integración política europea y a la inevitable globalización, los franceses abren vías, plantean preguntas pero no reciben respuestas ni de sus gobernantes ni del exterior.



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