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David Huerta
El Universal Viernes 31 de marzo de 2006 cultura |
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En los siglos de oro de la literatura española hay cuatro nombres centrales; los pongo aquí por orden de aparición: Miguel de Cervantes, Luis de Góngora, Lope de Vega y Francisco de Quevedo. Un lugar no menos central merecerían sin duda -y en cierto modo lo tienen- los poetas de las órdenes religiosas: fray Luis de León y San Juan de la Cruz. Una figura tardía sería la de Calderón de la Barca, autor teatral de significativa influencia europea, leído con fervor por los románticos. Más allá de ese cuarteto ineludible, de esos dos poetas religiosos y de Calderón, aun las personas medianamente informadas tendrían dificultades para mencionar otros autores importantes; éstos vendrían a ser, así, "los de segunda fila", un poco injustamente pero sin demasiado desdoro, pues aquella "primera fila" es bastante impresionante. Pero hay un grupo de autores que merecería ser mucho más conocido. En ese grupo figura el capitán Francisco de Aldana (1537-1578), nacido probablemente en Italia, cortesano en el ámbito de la familia Médicis, militar de trágico destino y poeta de altos vuelos. Ese "trágico destino" está cifrado por su muerte en la espantosa batalla de Alcazarquivir, en África: Aldana acompañaba y aconsejaba al obstinado rey portugués, don Sebastián, y obedeció sus órdenes hasta el fin -en contra de sus propias convicciones-, es decir, hasta perder la vida a manos de los árabes en un baño de sangre. Aldana tenía 41 años de edad. Esa batalla se volvió un símbolo de catástrofe para los europeos de la época, y no nada más para los portugueses; otro poeta poco leído en nuestros días, Fernando de Herrera, escribió un poema de lamentación por aquella tragedia. No fue el único, desde luego; pero los suyos son de los mejores versos compuestos con ese motivo. En las antologías suelen figurar algunos sonetos de Aldana y casi siempre un fragmento, pues se trata de una obra de cierta extensión (150 tercetos encadenados), de su Epístola para Arias Montano sobre la contemplación de Dios y los requisitos della. El dedicatario de ese largo poema era una de las lumbreras de la España del siglo XVI: Benito Arias Montano, sabio biblista. Hace poco, en mi librería favorita -La Torre de Lulio, en División del Norte-, adquirí la edición que dio a conocer El Equilibrista hace casi 20 años, diseñada por Gonzalo García Barcha. Sin notas de pie de página, el poema tal cual lo leí de un tirón y quedé una vez más deslumbrado. Luego, claro, fui a mis ediciones anotadas, de José Lara Garrido y Elias Rivers, y repasé la edición de los sonetos hecha por Raúl Ruiz para Hiperión. La doctrina de ese poema me es ajena; pero, a la vez, la emoción poética que despierta es innegable. No comprendo en todas sus implicaciones esa mezcla de neoplatonismo y cristianismo pero los tercetos aldanescos me conmueven. Francisco de Aldana fue muy admirado por el poeta sevillano Luis Cernuda. * Escritor
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