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Ricardo Alemán
El Universal Martes 14 de marzo de 2006 primera seccion |
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CON sobradas razones están felices en el Partido de la Revolución Democrática y en el "cuarto de guerra" de Andrés Manuel López Obrador, luego de las elecciones del estado de México celebradas el pasado domingo, en donde las preferencias electorales para ese partido pasaron, de 2003 a la fecha, de 24 % a 29%. Sin duda un salto espectacular que podría justificar que se diga que el efecto AMLO está presente en al estado de México. Pero si en el mismo periodo se revisa el caudal de votos que consiguieron los procesos electorales, de 2003 a la fecha, se verá que en ningún caso salieron a votar más de 40% de los casi 9 millones de electores que se registran en el padrón electoral. Es decir, que desde esa fecha los partidos políticos, los candidatos locales y, por supuesto, los candidatos presidenciales, han sido incapaces de convencer al verdadero ganador de las elecciones mexiquenses: el abstencionismo. El 60% de los electores mexiquenses, por ahí de 5.4 millones de votantes potenciales, no han acudido a las urnas desde 2003 a la fecha, sea para votar a favor de los aspirantes del PRI, del PAN o del PRD. ¿Por qué, desde 2003 a la fecha, ninguna propuesta partidista ha sido capaz de mover y conmover a ese 60% de abstencionistas? Una primera respuesta supone que la democracia electoral, por lo menos en el estado de México, no es ni una práctica y menos una cultura ciudadana. También se podría argumentar que es inexistente la credibilidad ciudadana en los procesos electorales, en los partidos políticos, en los candidatos a puestos de elección popular y, mucho menos, en los candidatos presidenciales. Pero no es todo. Hay que reconocer que el Instituto Electoral del Estado de México es una institución que nació bajo el signo del descrédito, lo que aleja a los electores de las urnas. Más aún, es larga la lista de gobernantes y servidores públicos mexiquenses, sean del PRI, del PAN o del PRD, sean de los niveles municipal y estatal, sean diputados locales o consejeros del IEEM, que se han visto involucrados en escándalos de corrupción, de enriquecimiento inexplicable o perfectamente explicable, de abusos de poder y hasta de la asignación de salarios escandalosos. Y el caso más notable y más reciente es el del ex gobernador Arturo Montiel, quien fue sacado de la contienda por la candidatura presidencial del PRI, precisamente por un escándalo de corrupción. En resumen, sea o no el estado de México un laboratorio previo a las elecciones presidenciales de julio próximo, lo cierto es que el gran ganador de la jornada electoral del pasado fin de semana en esa entidad resultó, precisamente, el abstencionismo, el desinterés de 60% de los potenciales electores por acudir a las urnas. O si se quiere, y en sentido contrario, la gran derrota fue para la cultura democrática. Y es precisamente en ese dato donde se encuentra la clave para cuestionar que lo ocurrido el pasado domingo en el estado de México sea producto del efecto López Obrador. ¿Por qué? No hay duda que es un mérito para cualquier partido político, para cualquier candidato, conseguir un salto de cinco puntos porcentuales en la elección que se quiera. Pero el mérito ya no lo es tanto si se toma en cuenta que ese 5% no proviene del "voto duro del abstencionismo", sino del hartazgo de esos electores por otras propuestas. Y es que según los datos de las tres más recientes elecciones mexiquenses, el núcleo de votantes se ha movido del PRI hacia el PAN, y ahora parcialmente hacia el PRD, pero ese voto cambiante no significa que se haya incrementado el número de votantes. El 5% de votos que con razón festejan en el PRD proviene del PRI y del PAN. En el primer caso, y a pesar de que el PRI sigue siendo mayoría en el estado de México, en realidad en sólo seis meses el Revolucionario Institucional perdió casi 700 mil votos. En la contienda por la gubernatura el PRI alcanzó casi dos millones de sufragios, y el pasado domingo se estima que alcanzará un millón 200 mil votos. ¿Dónde quedaron los votos perdidos? Una buena parte se fueron al PRD, mientras que otros regresaron al ejército del abstencionismo. ¿Por qué esa caída? Por el deterioro que de manera paulatina sufre el PRI. Más aún, se puede decir que la lucha interna del PRI por la candidatura presidencial, que enfrentó a Roberto Madrazo y a Arturo Montiel, con el tiempo resultó a favor del PRD, y en especial favorable a las aspiraciones presidenciales de López Obrador. El caso del PAN mexiquense resulta aún más interesante, ya que de convertirse en la segunda fuerza electoral del estado, muy cerca del primer sitio que tenía el PRI en el año 2000, cayó al tercer lugar, no tanto en votación total, sino en municipios gobernados y en lugares en el Congreso local. Resulta que el PAN mantuvo su votación constante desde 2003, de casi un millón de votos. Pero en política, y sobre todo en la electoral, el estancamiento es sinónimo de derrota. En el caso del PAN mexiquense se repite el mismo fenómeno que en la candidatura presidencial de ese partido. Se debe recordar que hace sólo 12 meses desde la casa presidencial, desde la Secretaría de Gobernación, y desde la presidencia nacional del PAN, se impuso a Rubén Mendoza Ayala como candidato a gobernador. Era un candidato para reforzar la entonces casi segura aspiración de Santiago Creel. Esa imposición rompió la estructura del PAN, de por sí fracturada históricamente, pero nada favorable a la candidatura de Felipe Calderón. Con una estructura como esa, destruida por las propias pugnas internas de Acción Nacional, Calderón poco tenía que hacer en el estado de México. Por eso su candidatura no consiguió prácticamente ningún voto nuevo. Pero en el fondo el signo distintivo, la lección no sólo en el estado de México sino en la elección presidencial por venir, es el fantasma del abstencionismo. En efecto, Andrés Manuel sigue siendo el líder político más atractivo en la contienda presidencial. Pero lo ocurrido en el estado de México confirma que el voto favorable a López Obrador está basado en electores "cambiantes", no en votantes nuevos, como jóvenes y mujeres. Y según las más recientes encuestas, precisamente a causa del fenómeno abstencionista, aún a ninguno de los tres más aventajados presidenciables les alcanza para garantizar el triunfo, es decir, ninguno de ellos tiene asegurados los 14 millones de votos necesarios para ganar. Al tiempo. En el camino Según la más reciente encuesta sobre preferencias electorales, dada a conocer ayer por EL UNIVERSAL, queda claro que Felipe Calderón y Roberto Madrazo sí han visto impactada la preferencia electoral a su favor. Mientras que López Obrador recupera dos puntos porcentuales, Felipe Calderón pierde esos dos mismos puntos, y Roberto Madrazo sigue a la baja. Lo que hace semanas parecía un estancamiento en el caso de Calderón, se ha convertido en un retroceso. ¿Por qué? Porque Calderón tiene un promotor en contra, el presidente Vicente Fox, que sigue en su propia campaña, no en la de Calderón. aleman2@prodigy.net.mx
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