Formato de impresión patrocinado por


Panorama Norteamericano
Eduardo Valle
El Universal
Sábado 11 de marzo de 2006
primera seccion

Hace algunos años, Napoleón Gómez Urrutia heredó de su padre Napoleón Gómez Sada, un rudo -hasta brutal- senador priísta, la secretaría general de uno de los sindicatos más importantes de México: el minero-metalúrgico. Se trata de cobre, zinc, plata, oro, acero, carbón. Materias primas y productos estratégicos. Una de las industrias esenciales de la economía mexicana, conectada con energía y con determinantes cadenas productivas. Con capacidad de exportación y excelente negocio cuando los precios internacionales van al alza. Para esos días, la propiedad de las minas y subproductos se encontraba en manos de apellidos como Ancira, Larrea, Villareal, favorecidos hasta el hartazgo durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari; a la hora de las privatizaciones, los préstamos y el Fobaproa. Para hablar claro: cuando Gómez Urrutia llega a la secretaría general del sindicato minero, Carlos Salinas tenía a amigos muy cercanos en ambos lados de la mesa: a patrones y al principal dirigente sindical. Y Gómez Urrutia era algo más que "amigo muy cercano" de Salinas. Durante el sexenio salinista, Gómez Urrutia fue el responsable de la delicada y muy importante operación de la Casa de Moneda.

Fue operador privilegiado de Salinas en este asunto tan lleno de oro y plata, y en otros asuntos trascendentes. Uno de sus hombres importantes lo era Eduardo Reséndez Muñoz, quien años después sería acusado por las autoridades de Estados Unidos como narcotraficante a gran escala. Y luego sería asesinado, por supuesto, en Monterrey, Nuevo León. Un lugar fundamental para los mineros metalúrgicos, el financiamiento de la industria y algunas otras cosas.

Gómez Urrutia es un economista educado en la Facultad de Economía de la UNAM y en prestigiadas escuelas del extranjero; ama el gran arte en todas sus expresiones. Conoce y respeta las reglas de la amistad. Por azar del destino un día tuvo que asimilar que ya era minero, el principal dirigente sindical. Más allá de sus propios gustos y deseos. En forma curiosa, otros viejos amigos de Raúl y Carlos Salinas, integrantes de Línea Proletaria y Línea de Masas, por décadas realizaron trabajos de organización y propaganda entre los verdaderos trabajadores del sector: los proletarios por excelencia. Y un buen día, el muy leal y eficaz funcionario salinista se despertó como secretario general de los mineros. Porque su padre había muerto y ahora le tocaba a él encabezar la "evolución y progreso" de los asalariados en esa rama industrial. Sólo había un pequeño problema formal: él no estaba inscrito en las listas del sindicato, y menos tenía cinco años de antigüedad en la agrupación. Esto, por supuesto, podía resolverse con gran facilidad. Pero a este problema formal, de estatutos, se agregaba -ahora sí un serio problema político: el gobierno encabezado por Ernesto Zedillo debía reconocer su especial progenitura, su herencia, mediante el mecanismo burocrático llamado "toma de nota".

Con la toma de nota el gobierno "reconoce" a las direcciones sindicales. Les otorga capacidad legal de negociación frente a los patrones, los trabajadores y, obvio, el Estado. El mecanismo es el reconocimiento formal de que, ahora sí, un charro en los sindicatos tiene real capacidad de interlocución con patrones y autoridades. Es, sin duda, uno de los mecanismos principales del intervencionismo gubernamental en la vida de los sindicatos mexicanos. Sin él, los charros no podrían entrar a saco en el dominio corporativo de las organizaciones sociales de los trabajadores. Es decir: sin toma de nota no hay botín mayor. Ni siquiera diputaciones o senadurías. Ni siquiera una regiduría en los municipios donde tienen presencia organizada "los proletarios", ya sean petroleros, de las maquiladoras o los mineros.

Pues, nada tonto, el gobierno de Ernesto Zedillo no cedió en la toma de nota para obsequiar al heredero. Existían problemas formales, ya los comentamos. De esta manera, el heredero era el jefe de facto, pero no de derecho. Con todo, esta situación se resolvió, Aunque Usted No lo Crea, durante el gobierno de Fox. La Secretaría del Trabajo expidió la toma de nota favoreciendo a Napoleón Gómez Urrutia al darle personalidad legal como secretario general del cómite ejecutivo nacional del sindicato de trabajadores minero-metalúrgicos. Así, avalado por el gobierno, Gómez Urrutia empezó a operar dentro del Congreso del Trabajo. Tan bien tratado y relacionado desde el principio con el gobierno de Vicente Fox: el movimiento representado por Rodríguez Alcaine y demás "tepocatas y alacranes". Gómez Urrutia llegó a pelear la representación del Congreso del Trabajo a otro personaje de la más degradante picaresca sindical: un tal Víctor Flores, enterrador y buitre del sindicato ferrocarrilero.

Hace poco, antes del estallido en la mina de carbón en Coahuila, tierra de los Ancira, el salinista de hueso colorado fue rechazado por el gobierno. La situación de Gómez Urrutia frente al gobierno había cambiado en forma radical. Las autoridades del trabajo primero reconocieron al tal buitre Víctor Flores como dirigente del Congreso del Trabajo; y luego entregaron la toma de nota en relación con el cómite sindical de los mineros a un grupo enfrentado a Gómez Urrutia. Dos días antes del estallido, el cual mató y enterró a 65 mineros en Coahuila. En unos cuantos días el leal y eficaz salinista Gómez Urrutia fue defenestrado de dos importantes posiciones dentro del llamado "movimiento obrero organizado".

Parecería que el gobierno de Fox, en un de repente, entendió con sorpresa, en primer lugar para él mismo, que las empresas y el sindicato minero-metalúrgico no podían ser dominadas por leales salinistas. Toda una industria vital copada por todos lados por el salinismo. La reacción de otros dirigentes, como Francisco Hernández Juárez, ahora un hombre más cercano a Carlos Slim, el tercer hombre más rico del planeta y socio del sindicato de telefonistas, fue defender a su compañero de sector. Con la bandera -justa y correcta- de que el gobierno no debe intervenir en la vida interna de los sindicatos, se lanzaron a la calle. En un momento oportuno, pues el Sindicato Mexicano de Electricistas tenía programada desde antes una manifestación en la ciudad de México.

La razón pública de la manifestación fue evidente: "Estamos en riesgo todos". ¡Los charros están en riesgo! ¡Todos! Así decía la convocatoria para defender la "autonomía sindical". De risa loca: los sindicatos de "izquierda" defendiendo una posición tan importante en todos terrenos para el salinismo. Otra vez: el papel de tontos útiles. Para beneficio de los Ancira, los Fernández, hasta de los Larrea. Y, obvio, para solidarizarse con el heredero Gómez Urrutia.

Alrededor de hace medio siglo un hombre, José Revueltas, habría de escribir dos ensayos: Una Democracia bárbara y Proletariado sin cabeza. Son piezas mayores del análisis político en México. Nada fundamental desde entonces ha cambiado en el movimiento obrero. Y si ello ha ocurrido es para peor. Ahora en aras de la autonomía, la democracia y la independencia sindical, la llamada izquierda, al estilo de Hernández Juárez, con cerca de 30 años de hegemonía personal en el sindicato, y un perredista, Agustín Rodríguez, se convierten a sabiendas o a ciegas en arietes del hombre que domina la industria minero-metalúrgica de muy diversas maneras: Carlos Salinas.

Y aquí se presenta un extraño problema: Roberto Madrazo ya declaró, ¡faltaba más!, su solidaridad con su camarada salinista Napoleón Gómez Urrutia. ¿Y en dónde están los demás candidatos? Quizá tomando el sol en alguna playa. Cuando alguno o algunos de ellos deberían advertir de lo que se trata. Y de las consecuencias al aceptar la herencia de Gómez Sada a Gómez Urrutia. Incluso más allá del movimiento sindical. Se trata del carbón, del cobre, del acero, del oro. Y del cuerpo y el alma de los mineros mexicanos, y la explotación brutal de que son objeto. Ahora y aquí. Quizá son asuntos demasiado elementales: algunos proletarios. Nada más. Sus condiciones de explotación y, algunas veces, las condiciones de su muerte. Son pequeños asuntos: asuntos de proletarios. ¿Qué más? Bien: hay toma de nota en este asunto. Los ciudadanos no van a entender fácilmente. Pero sí van a saber que en esta cuestión hay que tomar nota. De todas las actitudes y ausencias. De todos los actores políticos; algunos de los cuales se hacen solidarios de lo podrido y, otros, quisieran que de nueva cuenta la desmemoria nos ganara. Veremos.

Mvalle131@aol.com



© Copyright El Universal-El Universal Online