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Itinerario Político
Ricardo Alemán
El Universal
Domingo 05 de marzo de 2006
primera seccion

No hay duda que se trata de una investigación puntual, necesaria; que por primera ocasión permite ver, comprender, la importancia y los alcances de la institución presidencial mexicana. Y al valor de la investigación -que sin duda se convertirá en una suerte de manual básico para quienes aspiran al cargo de presidente- habrá que agregarle que su autor, Liébano Sáenz, es uno de los actores políticos más sobrios de la transición mexicana.

La Presidencia moderna es el título de un libro sin duda indispensable en los tiempos que corren. Pero ese título va acompañado de una frase complementaria: Análisis de una institución que es urgente comprender. El autor, como ya se dijo, es quien fuera secretario particular del ex presidente Ernesto Zedillo, el último de los presidentes mexicanos emanados del PRI y, sin riesgo a parecer excesivo, el verdadero sepulturero del PRI.

Hasta antes de La Presidencia moderna. Análisis de una institución que es urgente comprender, muy pocos de quienes estuvieron cerca de un presidente mexicano habían dejado ver los entresijos de la institución presidencial. Mucho se ha dicho de la forma en que se construye un candidato y un presidente, pero "el día después", la toma de decisiones, los instrumentos para ello, las variables del día a día, las razones del Estado, la selección del gabinete, los factores para sumar a tal o cual, las herramientas para operar el cargo, eran un misterio; un código imposible de descifrar para los mandantes y al que sólo tenían acceso los elegidos, los mandatarios.

Como actor central del fin de la era priísta y del inicio de la alternancia en el poder presidencial, Liébano Sáenz aporta, sin duda, los elementos mínimos para desmitificar la institución presidencial, pero también las herramientas para comprender esa figura. Pero la suya, La Presidencia moderna, no es sólo una saludable investigación, sino un nuevo capítulo de esa "Presidencia moderna" que desde su mandato se propuso Ernesto Zedillo, el ex presidente mexicano que está de vuelta y que según muchos indicios estaría trabajando para impulsar una segunda etapa de la transición política que él impulsó, a costa claro, de la derrota del PRI.

Salinas y Zedillo

Está en la memoria de todos que el ilegítimo gobierno de Carlos Salinas -a quien en las urnas derrotó Cuauhtémoc Cárdenas en las elecciones presidenciales de 1988- debió pactar con el PAN para legitimar su gobierno. A cambio de esa legitimación ofreció una reforma política -importante entonces, pero insuficiente-, pero sobre todo decidió compartir el poder en las regiones en donde Acción Nacional tenía posibilidades reales de triunfo.

Gracias a ese acuerdo político, a la legitimación del gobierno de Salinas y al apoyo para las reformas económicas que propuso su gobierno, el PAN se alzó con los primeros triunfos electorales en entidades como Baja California y Guanajuato, entre otras, al tiempo que consiguió una de sus bancadas más numerosas en el Congreso federal. Mientras que la reforma económica del salinismo alcanzaba su punto más alto con la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, la reforma política mostraba un notable atraso, al grado que fuerzas políticas emergentes, y no por ello menos importantes como el PRD, eran perseguidas, combatidas y se intentaba su exterminio. El "ni los veo ni los oigo" sintetizó esa política de exclusión de la izquierda institucional mexicana.

Zedillo y la reforma política

Al concluir el gobierno de Salinas, frente al alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a los crímenes políticos del cardenal Posadas, de Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu, apareció como candidato presidencial emergente Ernesto Zedillo, quien gracias al "voto del miedo" consiguió una de las más copiosas votaciones a su favor. Pero la legitimidad del gobierno de Zedillo le duró muy poco, gracias al "error de diciembre", una maniobra financiera mal operada que llevó a la ruina a millones de mexicanos y que abrió una brecha irreconciliable entre el ex presidente y el nuevo presidente.

La desastrosa crisis económica que marcó el inicio del gobierno de Zedillo acentuó lo que parecía una decisión de origen: impulsar una reforma política "definitiva" para garantizar "la normalización democrática". Zedillo había dados pasos más rápidos en esa dirección al incorporar a su gabinete al PAN, en la estratégica Procuraduría General de la República. La alianza con el PAN resultó fundamental para paliar la crisis política producto del llamado "error de diciembre", y para el cobro de facturas políticas con su antecesor, Carlos Salinas. La PGR fue el brazo operativo para llevar a prisión a Raúl Salinas y para lograr el autoexilio del ex presidente.

Pero la reforma política era imposible sin el concurso del PRD, partido que se negó a formar parte del gabinete de Zedillo, y que en cambio, y a partir de la crisis económica de diciembre de 1994, llamó a la renuncia de Zedillo y a la erección de un "gobierno de salvación nacional". Se llegó incluso a proponer que el Congreso designara a un presidente provisional, en tanto se convocaba a nuevas elecciones extraordinarias. Ese fue el ambiente que se vivió durante casi todo 1995, de intensas turbulencias económicas y políticas, de rumores insistentes de que fuerzas externas e internas preparaban un golpe de Estado para deponer a Ernesto Zedillo.

Alianza AMLO-Zedillo

En una gira por Estados Unidos, y luego del primer informe de gobierno de Zedillo, el 10 de agosto de 1995, el presidente Zedillo fue sorprendido por la pregunta de un periodista mexicano sobre los rumores de golpe de Estado. Molesto, el presidente mexicano pidió no hacer caso de rumores, al tiempo que la pregunta y la respuesta fueron censuradas de la versión estenográfica. El periodista, por cierto, fue despedido de su medio. Pero en el ambiente flotaba la especie del golpe de Estado, de la renuncia de Zedillo. El PAN, junto con el PRI, cerraron filas en torno al presidente, en tanto que en el PRD se insistía, ya sin mucha intensidad, en la erección de un gobierno de salvación nacional.

Pero no todos pensaban lo mismo en el PRD. Desde dos flancos de esa izquierda institucional se calculaban las grietas que se abrían en la institución presidencial, a causa de la debilidad mostrada por los rumores de golpe de Estado. Los grupos políticos de Jesús Ortega -tribu conocida como Los Chuchos y que tenía una fuerte influencia en la Cámara de Diputados-, y el de Andrés Manuel López Obrador, quien pretendía la presidencia del PRD, se aproximaron al presidente para reeditar con Ernesto Zedillo el pacto político que en 1988 realizó el PAN con el gobierno de Salinas. Es decir, legitimar el gobierno de Zedillo a cambio de un acuerdo político.

El 2 de junio de 1996, en Misantla, Veracruz, el entonces candidato a la presidencia del PRD, Andrés Manuel López Obrador, lanzó un claro mensaje en ese sentido: "Por encima de todo condenamos cualquier rumor, cualquier acción cuyo propósito sea debilitar las instituciones nacionales, porque no sólo saldrá del poder el presidente (Zedillo), sino que perderíamos toda la nación... No queremos alianzas con el presidente Zedillo. Deseamos acuerdos donde él se comprometa con el pueblo y con la nación, con nosotros (con Andrés Manuel López Obrador como presidente del PRD) a construir una verdadera transición democrática. Queremos acceder al poder, pero no sobre el cadáver de la República. Queremos un nuevo proyecto nacional, pero ello sería imposible si perdemos la nación... Le reitero al presidente un ´acuerdo de unidad y apoyo político´".

El repentino e inexplicable cambio estratégico que proponía a Ernesto Zedillo el aún candidato a presidir el PRD le valió a López Obrador una severa crítica del otro contendiente a ese cargo, Heberto Castillo, quien comparó a AMLO con Vicente Lombardo Toledano. Visionario, Heberto Castillo dijo el 10 de junio de 1996 que el PRD no buscaba alianzas con quienes impulsan la política neoliberal, sino que pretendía cambiar esa política neoliberal. Y luego reprochó el cambio de discurso de Andrés Manuel López Obrador, que primero impulsó con Cárdenas la erección de un gobierno de salvación nacional, sin Zedillo, y que ahora impulsaba un acuerdo político, con Zedillo, para acceder al poder.

Heberto Castillo ya no vivió para ver que se cumplió su pronóstico. López Obrador se hizo presidente del PRD, llevó como su operador político a Jesús Ortega, en la secretaría general del partido, y muy pronto empezaron los cambios. No sólo el periódico La Jornada dejó de criticar a Zedillo, sino que lo convirtió casi en un héroe nacional, en tanto que se repitió el fenómeno idéntico al ocurrido en la alianza del PAN con Salinas -entre 1988 y 1989-, ya que entre 1996 y 2000 aparecieron claros signos de la alianza Zedillo-AMLO.

El PRD al poder

¿Pero cuáles fueron esos signos? Los únicos que valen en política, los del poder. Así, Zedillo incorporó al PRD, junto con el PAN y el PRI, a dar los primeros pasos hacia una nueva reforma política que, al final del sexenio, dejaría al gobierno fuera del control de las elecciones federales. La reforma era, sin duda, mucho más avanzada que la conseguida por el PAN en 1989-1990, pero el método empleado por el PRD para legitimar al gobierno de Zedillo y para rechazar la amenaza del golpe de Estado había sido el mismo utilizado por el PAN entre 89-90; el de dar apoyo al gobierno a cambio de poder. Así, en julio de 1997, y contra lo que había ocurrido en 1988, en donde le fue desconocido el triunfo al Frente Democrático Nacional, Cuauhtémoc gana en el DF la Jefatura de Gobierno, en tanto que el PRI perdió en esa misma elección la mayoría en la Cámara de Diputados.

Pero no era todo, en septiembre de 1998 el PRD gana Zacatecas, con el ex priísta Ricardo Monreal; en enero de 1999 el PRD gana Tlaxcala con el ex priísta Alfonso Sánchez Anaya; en abril del mismo año, el Partido de la Revolución Democrática gana Baja California Sur con el ex priísta Leonel Cota Montaño, y en diciembre de 2000 una coalición de todos los partidos contra el PRI, incluido el PRD, gana Chiapas, con Pablo Salazar. López Obrador jugó en esa alianza del PRD con Zedillo el mismo papel que Diego Fernández en las alianzas del PAN con Salinas. La única diferencia es que Diego presumía su influencia y AMLO la escondía. Pero la cereza del pastel fue en el año 2000, cuando López Obrador se postuló como candidato a jefe de Gobierno del Distrito Federal.

Todos saben que Andrés Manuel López Obrador no cumplía los requisitos legales, que el PRI y el PAN lo impugnaban, pero también todos saben -y algunos como Liébano Sáenz lo niegan en público- que la solución vino de la casa presidencial. Zedillo contuvo al PRI y Vicente Fox al PAN. ¿Por qué Vicente Fox? Porque desde 1999 Vicente Fox hizo una alianza con Zedillo para sacar adelante el Fobaproa. Para ello intramuros del Partido Acción Nacional debieron echar, literalmente, a Felipe Calderón, quien era el presidente de ese partido, quien se oponía a la candidatura presidencial de Fox, quien se oponía a que el PAN avalara, como lo hizo, el caso Fobaproa, quien se oponía a validar la candidatura ilegal de AMLO, y quien pretendía la reelección al frente de Acción Nacional. Felipe Calderón fue echado -y hasta se fue del país-, y en su lugar fue impuesto Luis Felipe Bravo Mena. En la elección presidencial de 2000, Vicente Fox derrotó al Partido Revolucionario Institucional, y López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal.

Zedillo con AMLO

Esa fue la "Presidencia moderna", la que hizo posible la alternancia en el poder presidencial, aun a costa del propio PRI, partido del que Zedillo se decía militante. Pero esa presidencia no ha sido comprendida, porque su labor no ha terminado. ¿Quién va a terminar esa labor? No lo hará una hipotética presidencia de Roberto Madrazo, quien al contrario, perseguiría a Zedillo. Tampoco lo hará una eventual presidencia de Felipe Calderón, quien fue echado del PAN con la ayuda de Zedillo. ¿Quién entonces? El ex priísta, luego perredista, que en 1996 dejó atrás la tesis de quitar a Zedillo de Los Pinos para pactar con Zedillo el reparto del poder, la reforma electoral, los triunfos del PRD y al final de cuentas la alternancia. Esa presidencia, según Zedillo, sería la de Andrés Manuel López Obrador.

En realidad Liébano Sáenz es el mensajero de Zedillo, el ex presidente que no sólo reclama la paternidad de la "Presidencia moderna", sino que recomienda los pasos a seguir para concluir con su obra. ¿Qué es lo que sigue? Una mirada al capítulo octavo de La Presidencia moderna permite ver que el paso siguiente es la reforma al Poder Legislativo. Es moneda corriente que en julio de 2006 los electores volverán a propiciar un Congreso dividido, lo que supone las mismas dificultades que tiene Fox, pero para el presidente en turno. ¿Y qué hacer frente a esa dificultad? Dice Liébano Sáenz: "El régimen debe dotar al mandatario de las facultades y atribuciones que le permitan cumplir sus responsabilidades frente a un Poder Legislativo independiente, activo, riguroso en el cumplimiento de sus funciones, pero a su vez responsable de la buena marcha de los asuntos públicos y sujeto a una ética de responsabilidad". El paso siguiente en la transición de Zedillo y Andrés Manuel López Obrador es el legislativo, con todos lo riesgos de crear un gobierno autócrata. Pero la discusión apenas empieza. Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mx



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