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David Huerta
El Universal Miércoles 01 de marzo de 2006 cultura |
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Hace algunos años escribí, en estas mismas páginas culturales de EL UNIVERSAL un breve comentario sobre lo que me parecía una especie de dictadura benigna ejercida sobre los lectores mexicanos: la de la editorial española Anagrama. Vuelvo ahora sobre ese tema, que me sigue intrigando y me despierta sentimientos contradictorios. Mi comentario se ocupaba de los lectores de México y no de los de otros países de lengua española; sobre éstos no me atrevo a opinar, pues sencillamente no los conozco: ¿cómo y qué leen en Bolivia, en Honduras, en Venezuela, en Paraguay? Es posible que esa dictadura editorial y literaria "anagramática" exista también allá; no lo sé. Me atengo a lo que puedo constatar en mis mexicanos alrededores. La revisión más somera del catálogo de Anagrama da una idea bastante buena de sus aciertos editoriales: autores nuevos y no tan nuevos, todos interesantes por diversos motivos, muchos valiosos y un puñado de ellos en verdad notables. Por ese lado no hay el menor problema: Jordi Herralde sabe lo que hace, lo hace bien y no ceja en sus empeños; está al frente de un equipo formidable y sagaz. En cambio, por el lado del dogmatismo de lectura, implícito y a veces manifiesto, de los adictos a ese catálogo, tengo mis reservas. Para empezar, mi poca simpatía por su ignorancia de otros idiomas y su dependencia de las traducciones, muchas de ellas discutibles o de plano defectuosas, presentadas por Anagrama: si tanto les gusta la escritura de Roberto Calasso, ¿por qué no lo leen en italiano?, y si John Banville los apasiona, ¿no podrían leerlo en inglés? Se me dirá que no es fácil y lo concedo; se me dirá que las ediciones de Ian McEwan o de Martin Amis son más caras en inglés y les diré que no es cierto: son mucho más baratas que los libros de Anagrama. pero para comprarlas con verdadero provecho hay que saber inglés. Lo que más me molesta de esta situación creada por una editorial entre una comunidad de lectores es sin duda el esnobismo rampante de los que aquí llamo "chicos anagramáticos": su aplomo por sentirse "al día", su desdén ante lo que ocurre fuera de los ámbitos de las costumbres que les dicta su editora favorita, su seguridad de que ellos sí saben de literatura, el sentimiento que los anima de sentirse "un poco europeos". Pero con sólo pensarlo unos segundos, me doy cuenta de cuán poco debería importarme; esa molestia mía es en realidad una pérdida de tiempo y energía. Que los chicos anagramáticos sigan leyendo con el entusiasmo pedantón con que lo hacen. Al mismo tiempo, me digo que a veces debo tenerle un gramo de respeto o consideración a mis propias manías, como ese leve disgusto ante la fiebre anagramática. Anagrama es una editorial muy profesional, muy productiva. Tengo varios libros con su sello. Coexisten en mis estantes con muchos otros libros hechos por casas de diversos países del mundo. hasta mexicanas, vaya.
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