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| Itinerario Político |
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Ricardo Alemán
El Universal Jueves 09 de febrero de 2006 primera seccion |
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RESULTARÍA entendible que los ciudadanos en general, los de a pie, los que batallan cotidianamente con la sobrevivencia básica, muestren desinterés por hechos como el ataque al diario El Mañana de Nuevo Laredo, Tamaulipas, que fue agredido por un comando de sicarios presuntamente a las órdenes del narcotráfico. Los medios en general, en una paradoja de su razón de ser, no hemos sido capaces de enviar a los ciudadanos el mensaje correcto y contundente sobre la importancia de preservar libertades como la de expresión. Pero si lo primero es preocupante: que los ciudadanos en general se muestren apáticos a ese atentado, la angustia es mayor y hasta coquetea con los signos de tragedia cuando vemos la escasa reacción activa y solidaria de periodistas, editores, medios y empresas periodísticas, al inédito y amenazante ataque al diario fronterizo. En realidad el silencio social, si no es que la mezquindad de periodistas, editorialistas, columnistas, editores y medios de comunicación en general son el primero de los enemigos a que se enfrentan los periodistas y medios agredidos y asesinados. Luego vienen la impunidad, la corrupción, las complicidades y las instituciones y gobiernos rebasados por el poder infinito del narcotráfico y del crimen organizado. Y hasta se podría entender que por razones político electorales los gobiernos del signo que se quiera; del PAN, PRI y PRD, sus líderes y aspirantes a puestos de elección popular nos pretendan engañar y nos engañen con las reiteradas promesas de que "no se tolerará tal o cual atentado, tal o cual agresión del crimen organizado", que la proliferación del crimen organizado "no ha puesto de rodillas a las instituciones del Estado", y que "las instituciones son más fuertes que cualquier poder del crimen organizado". Se entiende la demagogia porque es el último recurso ante la incapacidad para gobernar, ante la complicidad y el reino de la impunidad. Pero no se entiende la apatía, el desinterés y el silencio de periodistas, editores, medios, y empresas ante el mayor atentado no sólo a la libertad de expresión, sino a la consolidación de la democracia mexicana. Y es que al parecer no se entiende que cuando por miedo a perder la vida, a causa del crimen de periodistas, los barones de la droga consiguen el restablecimiento de la censura en amplias regiones del país -la autocensura que diarios y medios de comunicación se han impuesto a lo largo de toda la frontera norte, en no pocas plazas de la frontera sur, en entidades como Sinaloa, Michoacán, Durango y otras-, a lo que se le apuesta es a la destrucción de la democracia y a la instauración de una autocracia, si no es que hasta una dictadura. La libertad de expresión, en su avance a lo largo de la evolución de la humanidad, ha sido precisamente el factor detonante para acabar con gobiernos dictatoriales y transitar hacia la democracia. A mayor libertad de expresión mejor democracia, resumen los clásicos de la ciencia política. Al parecer no se entiende que en el México de la segunda mitad del siglo pasado una de las grandes luchas sociales -que fue el detonante de las libertades de organización, de manifestación, de participación política-, fue precisamente por la libertad de expresión. Las gestas sociales y políticas fueron, en la segunda mitad de ese siglo, por romper el control y las presiones que gobiernos del viejo PRI ejercían y lograron imponer sobre la libertad de expresión. En la medida que se ganaron espacios para la libre expresión, se recuperaron espacios para la libre asociación, la libre organización, la libre participación; se ganaron espacios para alcanzar la democracia. Hoy la libertad de expresión empieza a ser una realidad, aún no total ni plena, pero suficiente para dar los primeros pasos rumbo a la democracia. Pero si bien hoy son menos los gobiernos, del PRI, PAN y PRD que se empeñan en la censura y en la cancelación de libertades fundamentales como la de expresión -porque la sociedad se niega a esa censura-, aparece un poder formidable, mayor y al margen del poder institucional, pero capaz de implantar una nueva modalidad de censura: la autocensura. Y ese poder es nada menos que el poder del crimen organizado y el narcotráfico. Y frente a ese poder son pocos, más allá de los directamente afectados, que alzan la voz, que se organizan, que son solidarios y que se comprometen en una lucha contra ese poder, a favor de que obligue mediante la presión social a las autoridades a hacer su trabajo, y a hacerlo bien, y a rescatar una libertad fundamental para la democracia. Acaso por eso vale un ejercicio especulativo: ¿qué habría pasado si en Tamaulipas, en Sinaloa, en toda la frontera norte, la censura la hubiesen impuesto los gobiernos constitucionales de esas entidades y de esa región, en lugar de los cárteles de la droga? Seguramente la respuesta de periodistas, editores y medios de todo el país habría sido de escándalo. Seguramente todos habrían cerrado filas para impedir ese retroceso democrático. Se habrían sumado a ese despropósito democrático todos los partidos políticos, los candidatos presidenciales, los sectores sociales y, por supuesto, una buena parte de la sociedad en general. Sin duda que puede resultar excesivo el ejercicio especulativo. Pero vale la comparación para contrastar la reacción social, política y periodística ante cada uno de los escenarios propuestos. En efecto, no es lo mismo que la censura se imponga desde el poder público, y hasta con el amparo de las instituciones, que esa imposición venga desde un poder criminal, mediante el miedo a perder la vida, como es la censura o autocensura que impone el narcotráfico en una buena parte del país. Pero al final de cuentas la resultante es la misma; se cancela una libertad fundamental. Pero al mismo tiempo la respuesta social parece diametralmente opuesta. ¿Por qué a los gobernantes en turno, a los dirigentes partidistas, a los aspirantes a puestos de elección popular, como los candidatos presidenciales, y sobre todo a los periodistas les cuesta tanto trabajo entender el peligro de la censura impuesta por el miedo, del silencio impuesto por el terror a las balas, y la urgencia de una contundente respuesta social? Muy poco, o de plano nada se puede esperar de las autoridades, de los líderes partidistas, de los candidatos presidenciales, más allá de las declaraciones de condena y de esporádicas muestras de solidaridad, pero a los periodistas no les puede parecer normal, natural, que sus colegas de las fronteras norte o sur, de las entidades donde campea el narcotráfico, realicen su trabajo con una mordaza del miedo, y en el extremo de lo grotesco, portando no los chalecos que caracteriza a los reporteros, sino portando chalecos antibalas, trabajando a salto de mata, censurando hechos, nombres, críticas. Corresponde al gremio periodístico, ante la autoridad rebasada por el crimen organizado, caminar por delante de la sociedad para promover la reacción social que haga posible una respuesta general contra la bestia que es el narcotráfico. Por lo pronto vale decirles a los colegas de la frontera norte que no están solos, no debieran estarlo, porque como sociedad no podemos quedarnos callados. aleman2@prodigy.net.mx
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