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Economía Informal | Macario Schettino

Compleja productividad

Macario Schettino se dedica al análisis de la realidad, en particular la de México, desde una perspectiva multidisciplinaria: so...

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Martes 12 de julio de 2011


El artículo, si no lo pudo usted ver, era acerca de cómo cambió la forma de producir en el mundo en el siglo pasado, y usando datos de Estados Unidos comentaba que el momento de oro de las granjas fue hacia 1920, el de la industria hacia 1950, de la administración hacia 1970, y en cada caso había seguido una forma diferente de producción en donde el empleo, en cada una de estas actividades, se iba reduciendo.

La frase, al final del artículo, era “la productividad, que por sí misma significa menos empleos”. No entiendo qué parte de ella no gustó a lectores que tradicionalmente están a gusto con esta columna, pero qué le puedo hacer. Todo indica que la productividad es un tema más complejo de lo que parece, y que no se entiende muy bien. No me refiero a los lectores de esta columna, sino al gremio en general: la productividad, que es a fin de cuentas lo único que genera riqueza en el largo plazo, no se comprende.

Como lo ilustra la distribución del empleo en Estados Unidos durante el siglo XX, que comenté con usted el jueves pasado, conforme una actividad es más productiva tiene menor proporción del empleo total. Es decir, la productividad, por sí misma, significa menos empleos. Al mismo tiempo, significa más riqueza, lo que permite consumir otras cosas, en cuya producción se requerirán otros empleos. Tal vez más que los originalmente perdidos, tal vez no. Y, en cualquier caso, serán probablemente otras personas las que ocupen esos empleos.

Estos asuntos, reitero, no son tan claros como parecen a primera vista. Para los economistas en general, estos temas se estudian como si empleos y personas fuesen fácilmente intercambiables. Así, puesto que la productividad implica más producto por cada persona empleada, se hace fácil pensar que el empleo no se mueve y la producción es mayor, es decir, todos contentos.

Pero esto no es así. Cuando ocurre un incremento de productividad en un sector, por la razón que sea, tenemos varios efectos que ocurren en el tiempo. Digamos que se trata de producir zapatos, y que un trabajador producía 5 pares diarios, y ahora puede producir 8. Esto permitirá a la empresa vender los zapatos más baratos, para poder vender más, pero lo que muy probablemente ocurrirá es que el efecto de la productividad acabará dividiéndose entre más zapatos vendidos a un precio más bajo y con menos personas trabajando. Ésa es la historia de la producción agrícola, industrial o de negocios que nos narra la distribución de mano de obra del jueves pasado.

Si en la empresa trabajan diez personas que producían 50 pares, acabarán trabajando 8 personas produciendo 60 pares, más baratos. Pero hubo dos que perdieron su chamba. En los modelos económicos, estas dos personas simplemente acaban trabajando en otro sector, digamos en automotriz o en cosméticos. En los modelos, todo es igual. En la vida real, no.

El tránsito de un sector a otro no es nada sencillo para las personas. Cuando un sector empieza a requerir menos mano de obra, las personas tienen que buscarse la vida en otro lado. Si son jóvenes, y su actividad previa no era demasiado especializada, no habrá problema. Pero si ya son maduros, y eran especialistas, el asunto se pondrá grave.

El efecto final de la productividad sobre la economía es indudablemente bueno: se produce más con menos recursos. Pero para las personas, individualmente, hay de todo. Si la productividad crece paulatinamente, en un mercado que puede colocar toda su producción, no habrá problema. Si acaso habrá pocos nuevos empleos, pero se mantendrán los anteriores. Si el cambio es brusco, o generalizado en toda la economía, entonces el efecto puede ser muy complicado de administrar.

A eso se refieren los economistas que argumentan que cuando cambia una tecnología de aplicación general, la transformación de la economía es muy profunda. Y, por cierto, incluye no sólo menos empleo, sino la ampliación del diferencial de ingresos. Al inicio del siglo XX ocurrió ese fenómeno, con la llegada de la electricidad: millones de campesinos dejaron de tener espacio laboral, y los mayores entre ellos no pudieron transformarse en obreros. Una generación después, todo estaba resuelto, pero mientras esa transformación terminaba, el sufrimiento no fue menor.

Algo así ocurre desde 1970. Es la explicación alternativa a la que propone Tyler Cowen y sus frutas fáciles (ya platicamos aquí de Cowen el 10 de marzo pasado, y de las tecnologias generales el 24 de marzo, por si gusta más información al respecto). La transformación que estamos viviendo en el mundo nos permite producir hoy más que en cualquier época anterior, con menos recursos, pero eso significa que no necesitamos ocupar a todas las personas: no hay empleo para todos.

Recuerde usted ese extraño fenómeno del mercado laboral: millones no tienen empleo, mientras las empresas buscan otros millones para llenar espacios disponibles. El detalle es que los que buscan trabajo no tienen las características que requieren las empresas, y viceversa. Millones de personas que se prepararon para la economía industrial que llegó a su cenit hace 60 años y viene declinando desde entonces; millones que se prepararon para una economía administrativa que hace 40 años se contrae. En cambio, faltan cientos de miles de personas para la economía actual, que no sabemos cómo es.

Así pues, aunque se sigan enojando algunos lectores, debo insistir en que la productividad, que es la base de la riqueza de largo plazo, tiene como característica adicional un detalle: reduce los empleos. A cambio, abre las posibilidades de nuevas actividades que pueden absorber toda esa pérdida. Pero son sólo posibilidades. Adicionalmente, el ajuste no es instantáneo, porque implica personas con ciertas habilidades y actitudes. Puede llevarse un par de generaciones. Es decir, millones de vidas.



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