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Economía Informal | Macario Schettino

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Martes 21 de septiembre de 2010
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Comentábamos entonces cómo la creación de mercados nacionales, gracias a avances técnicos como el ferrocarril, pero también a avances de política, como la casi desaparición de las alcabalas.

Por cierto, el cambio rural, que implicó la orientación de las haciendas hacia el mercado nacional, no terminó con la Revolución. Aunque en el cuento eso se dice, en realidad las haciendas siguieron siendo el núcleo de la producción agropecuaria nacional hasta 1936, cuando el Cardenismo terminó con ellas. Eso ya lo platicaremos después.

Lo que conviene comentar ahora es cómo ese cambio de fines del siglo XIX, que permitió la creación de un gran mercado nacional, no sólo modificó la producción en las haciendas, sino que dio paso a la aparición de la primera industria nacional. La reducción de los costos de transporte permitió, por ejemplo, la minería de metales no preciosos, que antes era incosteable. Puesto que las minas en México se encuentran muy lejos de ríos o mares que permitan el transporte barato del mineral, lo único que valía la pena mover en recuas de mulas era el oro o la plata. Cargar una mula de plomo o cobre no tenía sentido.

Pero más importante aún, empezamos a tener industrias en forma. Antes del Porfiriato, lo que había en México eran artesanos que producían algunos bienes que la gente no podía hacer en sus casas. Sólo en la industria textil se puede hablar de algo un poco más desarrollado, con fábricas propiamente hablando, que con sus dificultades funcionaron durante el siglo XIX. Sin embargo, a partir de 1890, ya con ferrocarril, tranquilidad, y los primeros intentos de un sistema financiero, empiezan industrias como los jabones, las velas, la cerveza y, muy poco después, el acero.

Esa primera etapa de industrialización de México tuvo un apoyo directo del gobierno de Díaz, mediante lo que después se va a llamar “sustitución de importaciones”. Gracias al trabajo de historiadores económicos como Edward Beattie y Graciela Márquez, hoy sabemos que el gobierno de Díaz establece una política arancelaria que promueva la industria nacional: reduciendo aranceles a las materias primas y elevándolos a los productos terminados.

Y esa política arancelaria, además de los otros factores ya mencionados, tiene resultados. De hecho, durante los últimos quince años del Porfiriato, la economía crece a un ritmo importante, superior a 2% anual (que, frente a un crecimiento poblacional de 0.5%, es bastante). Si esa tasa de crecimiento se hubiese mantenido el resto del siglo XX, hoy tendríamos el doble de ingreso por habitante del que tenemos, para que se dé usted una idea.

La aparición de la industria, propiamente hablando, implica también la aparición de los obreros, que antes no existían en México. Antes del Porfiriato, decíamos, apenas si los textiles podían considerarse una industria, y sólo ahí había entonces obreros. En el Porfiriato, su número se multiplica, y además empiezan a aparecer obreros muy calificados: metalúrgicos, electricistas, ferrocarrileros. Poco a poco, los obreros intentan organizarse, y conformar mutuales o sindicatos.

La diferencia entre estos dos tipos de organizaciones es de la mayor importancia para entender lo que pasaba en el Porfiriato, pero rara vez se les identifica con claridad. Las mutuales obreras eran organizaciones que enfatizaban el apoyo mutuo (de ahí su nombre) entre obreros. Se aportaban cuotas, y con ello se financiaban apoyos para viudas, huérfanos, enfermedades, etc. Porfirio Díaz era gran promotor de este tipo de organizaciones. Los sindicatos, en cambio, enfatizaban la disputa contra la empresa en la búsqueda de mejores condiciones laborales.

Esto no quiere decir que las mutuales no pelearan mejores salarios, o que los sindicatos no cuidaran de sus miembros, sino que el énfasis de cada tipo de organización era diferente. El sindicalismo en México no existió previo al siglo XX, y prácticamente no aparece durante el Porfiriato, sino después. Es por eso que en la Revolución no hay obreros, porque ni estaban organizados en esa dirección, ni a los obreros les podía atraer una revolución cuando eran privilegiados, comparado con quienes vivían en el campo.

En la primera década del siglo XX hubo entonces conflictos laborales, que antes no existían en México. La mayoría se resolvían con la intervención del gobierno de Díaz, en un proceso de administración del conflicto que algo daba a los obreros y algo a los industriales. Hubo, sin embargo, dos conflictos que terminaron con sangre que la historia oficial después convirtió en prólogo de la Revolución: Cananea y Río Blanco. En ambos, los muertos son resultado de conflictos no laborales, sino de motines populares ocurridos en el proceso de huelga, y en ambos dirigidos por el Partido Liberal Mexicano, el grupo anarquista de los hermanos Flores Magón. En ambos casos, los obreros no participan en la Revolución. Los de Cananea, en ningún momento, y los de Río Blanco ya muy al final, y apoyando a la facción Obregonista en contra de villistas y zapatistas.

La industrialización era incipiente, y por eso el movimiento obrero también lo era. A pesar de todo, en 1911, según Stephen Haber, México es el país más industrializado de América Latina. Después perderíamos un siglo entero, pero eso lo platicaremos en otra ocasión.



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