A principios de la semana pasada me sorprendió encontrar un gran bullicio en la esquina del eje Baja California y la calle Chilpancingo, en la colonia Condesa. Decenas de mirones observaban el cadáver de un hombre de 35 años que había sido prensado por una camioneta contra un camión de mudanzas. El conductor había sufrido un ataque epiléptico y le fue imposible frenar provocando la tragedia.
Aquello me hizo pensar en las muchas lagunas que históricamente ha habido en el Distrito Federal para la expedición de licencias, documento que en opinión de los expertos, guarda hoy menos respeto legal que una credencial para que los niños puedan acceder a todos los juegos de la feria.
Curiosamente hoy es inexistente el procedimiento creado a principios del siglo XX por la primera Oficina de Licencias para Automovilistas y que consistía en realizar un examen de reflejos y vista al solicitante, además de exigir un certificado médico avalado por una institución pública, para evitar que algún “amigo doctor” facilitara cualquier documento.
Si hoy revisa los trámites para la expedición de cualquier tipo de licencia, A, B, C y D, encontrará con que el único párrafo referente a la aptitud del conductor es: “Declarar bajo protesta que tiene capacidad física y mental para conducir el vehículo conforme a la licencia solicitada, o que, en su defecto cuenta con los aditamentos necesarios para conducir dicho vehículo”.
Atrás quedaron los días en que las oficinas realizaban largos exámenes para seleccionar a los conductores, incluso en 1936 se trató de promover una ley con la que se podía levantar cargos y hacer corresponsable de un accidente al médico que alterara un certificado médico u omitiera con premeditación alguna enfermedad que pusiera en riesgo tanto al conductor como a los transeúntes. No obstante aquello nunca prosperó, porque por alguna razón, las licencias nunca fueron protegidas contra la falsificación y la documentación para tramitarlas siempre se mantuvo en la línea de lo medianamente exigente.
En la década de los 30, el famoso falsificador Miguel Cantat, otrora pintor de caballete, fue responsable de expedir desde su taller el 30 por ciento de las licencias con las que circulaban los autos en la ciudad de México.
Cuando hace unos años, este columnista reporteaba para un noticiero de televisión, realizó una cobertura con cámara escondida para mostrar la facilidad con la que era posible obtener una licencia con documentos falsos.
Hoy, usted puede acudir a una de las tiendas comerciales de la ciudad que exhiben el logo de un pelícano y obtener el documento con el que supuestamente el Estado garantiza la aptitud del conductor y la seguridad del transeúnte, en menos de 15 minutos o mientras realiza sus compras.
¿No sería mejor que realizaran un convenio con las empresas y colocaran las licencias dentro de las cajas de cereal?
De todos modos para realizar cualquier trámite, ningún banco, oficina gubernamental, instancia de salud o persona física en sus cinco sentidos, recibe la licencia, es el documento más inútil de la historia de nuestra nación y a lo mucho sirve para que el policía en turno tenga tiempo de dorar la píldora y pensar en cuánto va a salir la mordida a la víctima.
¡Muchas gracias a nuestros amables lectores por sus correos de la semana pasada, más de 300, con respecto al tema del grafiti!