El futuro de la reforma política que necesita el país se va a jugar en un duelo político y de poderes. En la parte institucional se enfrentan el Poder Ejecutivo y el Legislativo, tratando cada uno de mantener un equilibrio a su favor en la Constitución y en las leyes, y buscando una reforma que les permita ganar facultades, derechos y capacidad de acción bajo el régimen presidencial, según el Ejecutivo, o en un semiparlamentario, según la idea del Legislativo.
Otro será el duelo político, y en ese medirán fuerzas y capacidad de convencimiento dos personajes centrales: el presidente Felipe Calderón y el senador Manlio Fabio Beltrones. Los dos aparecen como impulsores principales de las dos propuestas de reforma más acabadas. Calderón con su decálogo de reciente envío al Congreso, en el que recoge las propuestas más consensuadas y populares entre la opinión pública y académica; y Beltrones con su paquete de iniciativas surgidas de la mesa de negociación de la CENCA en 2007.
No será la primera vez que midan fuerzas el Presidente y el líder de los senadores priístas; lo han hecho en otras ocasiones y en otras reformas, y en la mayoría de las veces han terminado negociando y esos acuerdos han sido hasta ahora la principal fuente de aprobación de las leyes y reformas de fondo aprobadas en lo que va de la administración calderonista, desde la reforma al sistema de pensiones del ISSSTE hasta las leyes casi de excepción para el combate a la delincuencia y el crimen en el país.
Pero esta vez la confrontación no será sólo de poder. Cada uno, el jefe del Ejecutivo por un lado y el senador por otro, representan e impulsan una visión distinta y en buena parte encontrada de los cambios políticos y de régimen de gobierno que le urgen a la República.
Desde el poder que aún le queda en Los Pinos, el Presidente apuesta con sus 10 grandes reformas a mantener intacto el régimen presidencial y a aumentarle incluso algunas facultades, como el derecho de veto y la afirmativa ficta en materia presupuestal. Calderón plantea darle más poder a los ciudadanos, pero a partir de restarle poderes y facultades al Congreso y eliminar la exclusividad de la representación política de los partidos, algo largamente demandado por la sociedad civil.
Manlio Fabio Beltrones, en cambio, centra su apuesta en reformar y acotar el régimen presidencial para darle más facultades al Congreso y virar el régimen hacia un modelo semiparlamentario en el que el Presidente comparta atribuciones y nombramientos con el Legislativo y se establezcan entre los dos poderes mecanismos de negociación y acuerdos obligatorios a través de figuras como el jefe de gabinete, que sería el enlace entre los dos poderes y se nombraría a propuesta presidencial, pero con los votos parlamentarios.
En la visión calderonista el Presidente no sólo sigue siendo el eje rector del régimen político sino que limita el poder del Congreso para rechazarle iniciativas si no tiene mayoría parlamentaria y abre nuevas vías de presión al Legislativo con figuras como la iniciativa ciudadana, la iniciativa preferente que están obligados a aprobarle, la aplicación regulada del veto presidencial a leyes y la posibilidad de dar por aprobadas iniciativas en las que los legisladores no se pongan de acuerdo.
En la óptica beltronista y de los acuerdos surgidos de la CENCA, los incentivos para los acuerdos políticos entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo pasan por darle más poder al Congreso e instaurar esquemas de negociación constitucional para la formación de mayorías parlamentarias.
Las dos visiones ya chocaron en el 2007 cuando, tras la terminación de la Ley para la Reforma del Estado y ya con un paquete de iniciativas que habían sido negociadas y consensuadas en las mesas de diálogo, el PAN se opuso a que avanzaran las propuestas de fondo para cambiar el régimen político y de gobierno. “No quiere el Presidente”, dijeron entonces los líderes del panismo en el Congreso, que argumentaban que las propuestas “debilitaban” la figura presidencial.
Ante la negativa de las bancadas del PAN, Beltrones pidió audiencia en Los Pinos y fue a ver al Presidente. “Apruébenlas, son necesarias para garantizar la gobernabilidad en el país”, pidió el priísta. Calderón se negó rotundamente y adujo que había otras prioridades, como la lucha contra el crimen que en ese momento enarbolaba como rentable bandera de su gobierno. “Si las aprueban, insistió Manlio Fabio, les ponemos un transitorio que diga que entran en vigor hasta el 2012, a ustedes en nadas les va a afectar”, propuso como último recurso.
La negativa del presidente Calderón se mantuvo. Las iniciativas de ley que surgieron de aquel proceso de negociación en el Senado, que algunos tildaron peyorativamente como “la reforma Beltrones”, se mandaron entonces a la congeladora legislativa donde se encuentran desde entonces. Hasta ahora, cuando el repentino interés del Presidente en la reforma política las hará revivir.
El domingo, en un comunicado, Beltrones hizo su último movimiento del año en este duelo que apenas está en los prolegómenos, al declarar que la reforma propuesta por Calderón “está incompleta y no representa un verdadero cambio del régimen presidencial que asegure la funcionalidad del sistema y destrabe el proceso de toma de decisiones sobre la agenda política, económica y social”. Serán los partidos en el Congreso los que se encarguen de superar las “evidentes omisiones” de la propuesta presidencial, advirtió el priísta.
Menos de 24 horas después el Presidente reviró con un discurso desde su natal Morelia en el que llamó a hacer del 2010 “el año de la inflexión que venció las inercias”, en un claro mensaje al Congreso. “Que el año de la patria sea el punto de inflexión y que vencimos las inercias que tenían a México. Que sea el año en el que colocamos a la patria en la ruta del desarrollo y del progreso, y sea un año recordado como aquél en el que los mexicanos pudimos ponernos de acuerdo acerca, no sólo del futuro que México merece, sino de la acciones que entre todos debemos de tomar para que ese México tenga lugar", convocó Calderón.
Al país le conviene que el resultado de este juego de vencidas que apenas inicia y que tendrá lugar el próximo año sea un consenso entre las dos visiones de reforma al régimen político y de gobierno. Lo mejor de cada una de las propuestas y, sobre todo lo que más convenga y le resulte funcional al país, es lo que debiera imponerse por encima de las visiones personales o de grupo político. Ese es el ideal, ¿será posible que nuestros políticos demuestren —por fin— algo de altura?
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