Rafael Acosta, alias Juanito, es en opinión de casi todos un personaje de opereta, pero nadie puede negar que este fin de semana puso en jaque a López Obrador y a Marcelo Ebrard. Tal capacidad no se explica sin hechos que son inapelables, ni la efectividad de su maniobra sin el asesoramiento que recibe del PAN y que incluye una campaña de adulación mediática.
Los hechos indiscutibles son al menos dos: 1) Que Acosta es legalmente el delegado electo de Iztapalapa, y 2) Que el PRD es un partido roto y, por lo tanto, incapaz de meter en cintura, en el mejor de los sentidos, a quien en condiciones extraordinarias, fue elegido por sus votantes.
Sólo los necios negarían a estas alturas que el voto mayoritario de los vecinos de Iztapalapa favoreció a Juanito porque esa fue la única manera de que ganara la candidata de sus simpatías, Clara Brugada, quien faltando pocos días para las elecciones, fue sacada de la contienda mediante una maniobra armada entre su contrincante interna Silvia Oliva y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
López Obrador tiró línea para que ese fuera el sentido del voto y comprometió públicamente a Acosta, a la sazón candidato del PT, a prometer que en caso de ganar —como ocurrió— renunciaría a favor de Brugada. Pero aquel acuerdo político —tomado en el contexto de las luchas internas del PRD y paulatinamente socavado por la campaña de manipulación y adulación emprendida por el PAN en un personaje sin convicciones ni principios— derivó en que Juanito se convirtiera en el Frankenstein de AMLO, en que, presionado por Ebrard, solicitara licencia a regañadientes, en que tomara subrepticiamente el viernes pasado por la noche la delegación, en que Brugada cercara las oficinas con sus simpatizantes y en que creciera exponencialmente el riesgo de un choque violento.
Ojalá y esta mañana, después de la tempranera reunión que desde ayer se anunció tendría el jefe de gobierno del Distrito Federal con todos los involucrados en el sainete de Iztapalapa, ya exista el acuerdo político que lo evite. Sobre él se vislumbran estos escenarios: 1) Que Acosta acepte un cargo en el gobierno del D.F. y pida licencia definitiva; 2) Que pida una segunda licencia temporal, en lo que se amarra un acuerdo favorable; y 3) Que haga valer su condición legal de delegado electo y decida gobernar la demarcación.
Este último sería el escenario más propicio para un estallido de violencia en la demarcación y obligaría a abrir paso a otros mecanismos de solución en los que tendría que intervenir la Asamblea Legislativa del Distrito Federal que, según el artículo 42 del Estatuto de Gobierno de la capital del país, tiene la facultad de remover a los delegados. La solicitud la podría presentar, documentando graves violaciones a la ley, el jefe de Gobierno o al menos un tercio de los asambleístas, es decir, 22. La designación de un sustituto sería a propuesta del jefe de Gobierno con la mayoría de votos de la ALDF, es decir, 34. El PRD en ese órgano legislativo cuenta con los votos necesarios, 34, para sacar adelante el procedimiento. A pesar de sus diferencias internas, ayer expresaron su apoyo a Clara Brugada.
Instantáneas
1. A LA MITAD. En congruencia con la propaganda oficial que nos recetan por radio y televisión, Felipe Calderón dijo ayer que el país va de maravilla al cumplirse tres años de su mandato. Aseguró que son grandes los logros de su gobierno en salud, seguridad, inversión en infraestructura y empleo. Y en medio del autoelogio deslizó lo que viene para el año próximo, una nueva ofensiva para privatizar la producción petrolera. Él la llamó “una reforma de segunda generación”.
2. BANXICO. Esta semana se conocerá a quién propone Felipe Calderón para gobernador del Banco de México, proposición que el Senado debe ratificar. Si toma en cuenta resultados en paridad cambiaria, inflación, montos de reservas internacionales y tasas de interés; y si quiere enviar una promesa de estabilidad tan necesaria en las actuales condiciones económicas del país, debería proponer a Guillermo Ortiz Martínez para un tercer periodo.
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