Entre las inundaciones que acaban de afligir a miles de tabasqueños y la sequía que obligó cortes de agua en el DF, este verano se encuentra una paradójica realidad en América Latina.
El agua, ya sea por el exceso o por la escasez, se ha convertido en la expresión más concreta de un clima impredecible.
Si bien los trastornos recientes pueden ser fruto de El Niño, los científicos aseguran que estas fluctuaciones hídricas serán cada vez más pronunciadas si siguen aumentando las emisiones de carbono.
Para América Latina y el Caribe esto es preocupante, porque en nuestra región el agua está más íntimamente ligada al desarrollo que en cualquier otra parte del mundo. Aportamos apenas 8% de la población del planeta, pero gozamos de 31% de la totalidad de los recursos de agua dulce.
Esta ventaja es evidente en la energía: nuestros países generan 68% de su electricidad, en promedio, de fuentes hidroeléctricas, comparado con menos de 17% en otras partes del mundo. Es evidente en la agricultura, donde la abundancia de lluvias nos ha convertido en el principal exportador mundial de soja, azúcar, carne y pollo.
Estos alimentos requieren inmensas cantidades de agua en sus ciclos de producción.
Pero los caprichos del clima hacen que esta riqueza hídrica se convierta en una gran vulnerabilidad. En años recientes Brasil, Chile y Perú, y últimamente Venezuela y Ecuador, se han quedado sin luz por culpa de sequías históricas.
Argentina perdió miles de millones de dólares en granos y ganado en 2008, durante la peor sequía en medio siglo, y este verano el presidente de Guatemala declaró el estado de calamidad por el hambre en las comunidades rurales.
Y cuando se trata del uso más importante del agua —como sustento de la vida humana—, el cambio climático podría profundizar las inequidades de nuestros países, donde 85 millones de personas viven sin agua en sus viviendas. Ya sea por la desaparición de los glaciares andinos que abastecen de agua a numerosas ciudades, o por las inundaciones que destruyen infraestructura sanitaria, podría resultar más difícil cerrar la brecha en la cobertura y la calidad de estos servicios básicos.
Sin embargo algunas ciudades, y algunos países, ya lo están haciendo. Servicios de Agua y Drenaje de Monterrey ha operado en un clima sumamente árido durante décadas, pero hoy ostenta indicadores de conservación, cobertura y calidad del servicio de nivel mundial.
Chile pronto se convertirá en el primer país latinoamericano que da tratamiento al ciento por ciento de las aguas residuales de todas sus ciudades.
En casi todos nuestros países existen operadores de servicios —algunos públicos, otros privados— que ofrecen los servicios de agua y saneamiento de calidad a un precio que puede considerarse razonable y de manera sostenible.
En el Banco Interamericano de Desarrollo queremos multiplicar estos éxitos.
Hemos quintuplicado nuestro promedio anual de préstamos para este sector, pasando los mil millones de dólares por año, lo que beneficiará a 30 millones de personas.
Pero se necesita mucho más. Por eso nos hemos aliado al gobierno de España, que en un gesto histórico se ha comprometido a dedicar mil 500 millones de dólares, en donaciones, para extender estos servicios a las comunidades más necesitadas del hemisferio.
Y aquí en México, el banco Interamericano de Desarrollo hoy inaugura un programa con FEMSA para financiar la capacitación de profesionales del agua de todo el continente en el Tec de Monterrey.
El desafío es grande. Pero con alianzas, capacidad y decisión, podemos asegurar que el agua siga siendo una fuente de desarrollo, a cualquier temperatura.
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