Políticos chiquitos, malos y rabonesLa pluralidad sólo amplió la ineficacia En los días recientes se ha producido una notable inconformidad por la manera en la que el Congreso —sus cámaras de Diputados y Senadores— ha procesado distintas responsabilidades públicas, en tanto representación de los ciudadanos y del llamado pacto federal. Resulta curioso que el desempeño del Congreso ha dejado insatisfechos a todos —o satisfechos a muy pocos—, sobre todo porque hace más de una década quedó atrás el Congreso de partido único o mayoritario, y porque hoy tenemos uno plural, sin un partido mayoritario, sin el cuestionado bipartidismo. Antes del histórico Congreso de 1997 —cuando el PRI perdió no sólo la mayoría absoluta, sino la mayoría en la Cámara de Diputados—, los “genios” de la política vendían el cuento de que el mejor de los mundos era un Congreso plural. La mayoría priísta en las dos cámaras era —según esos genios— lo más pernicioso, porque todo lo decidía un solo hombre, un solo partido, un solo grupo político, y porque nadie tomaba en cuenta a los ciudadanos. LA VERGÜENZA Llegó la pluralidad en el Congreso y las cosas no son mejores. Más aún, parecen empeorar. ¿Por qué? Porque si bien ya no está el Partido Revolucionario Institucional como partido mayoritario, el Congreso está dominado por la cultura del viejo partido tricolor: el chanchullo, la transa, la cuota, el veto y, sobre todo, el insultante interés sólo de los partidos, sus líderes y gobiernos. Sí, si ayer éramos rehenes de la aplastante mayoría del PRI, hoy lo somos de la grosera mayoría de la partidocracia. Hoy —domingo 15 de noviembre de 2009—, la rebatiña está en la Cámara de Diputados. El objeto del deseo es el presupuesto de 2010, cuyo reparto no dejará satisfecho a nadie, y en cuya elaboración nadie tomó en cuenta las necesidades de los ciudadanos. La disputa se centró en el reparto del botín, por partidos y gobiernos, sean azules, tricolores o amarillos. Ayer la disputa fue en el Senado, y se peleaba la nada despreciable presidencia de la Comisión Nacional de Derechos Humanos —peleada por el dinero, claro, ya que es lo único importante para la grosera partidocracia—, que al final de cuentas quedó en manos de la ultraderecha. Antes de ayer el pleito fue en las dos cámaras, en donde los congresistas mexicanos ensayaron y enseñaron que son buenos para quitarle el dinero a los ciudadanos, y para emplear ese dinero en sus proyectos políticos. Hace semanas la polarización legislativa estaba de nueva cuenta en el Senado, en la elección del nuevo titular de la PGR, que al final de cuentas recayó en un tal Chávez Chávez, quien hoy sólo confirmó que fue llevado a esa posición por obra y gracia del amiguismo, nunca por sus capacidades. Y si vemos en sentido contrario —es decir, a futuro—, veremos que mañana el Congreso elegirá a dos nuevos ministros de la Suprema Corte, y de nuevo habrá peleas y discusiones por el resultado. Otra vez nos diremos sorprendidos porque el Congreso está lejos de lo que queremos y creímos, y porque los congresistas mexicanos se habrán comportado como siempre, como lo que son: políticos pequeñitos y más bien de utilería. CONGRESO FALLIDO A cada intervención del Congreso —además de que nos regalan lo más vulgar de la política mexicana—, aparecen las voces que cuestionan el trabajo resultante. Así, por ejemplo, luego de la selección del nuevo titular de la CNDH, aparecieron las voces rabiosas que se quejaron porque la ultraderecha se salió con la suya. Y tiene razón el enojo —porque en efecto, ganó el más malo—, pero el problema no está en la cara dura de los derechistas que en el Congreso resultaron gananciosos —porque nos guste o no, hicieron lo que les dicta su interés y credo, igual que los de extrema izquierda—; el problema está en el autoengaño colectivo. ¿A poco no sabemos quiénes son los diputados y senadores de PRI, PAN y PRD, y de toda esa insultante chiquillería? Pareciera que la pasión por azules, tricolores o amarillos nos bloquea la razón, y nos hace olvidar que hoy el Congreso está muy lejos de la saludable pelea de contrarios en busca de un objetivo mejor para sus representados. No podemos pedirle peras a ese frondoso árbol de la corrupción, los intereses mezquinos y los acuerdos inconfesables que es el olmo del Congreso. Si PRI, PAN y PRD —y la vergonzosa chiquillería— son colonias o clones del viejo PRI antidemocrático, corrupto, clientelar, transa y chanchullero, ¿cómo podemos pedirle a sus legisladores que se comporten como honestos congresistas, éticos hombres de la política y eficaces practicantes del poder? Imposible. En la selección del nuevo titular de la PGR, de la CNDH, de los futuros ministros de la Corte, en la Ley de Ingresos y el presupuesto, lo cierto es que la cuestionable resultante de esas y muchas otras responsabilidades del Congreso y sus congresistas es del tamaño de cada uno de los partidos, de sus líderes y legisladores. Es decir, si salieron malos el titular de la PGR y el presidente de la CNDH, si es rabona la Ley de Ingresos y grosero el Presupuesto de Egresos, ese es el retrato de nuestros diputados y senadores; retrato de cuerpo completo, porque son malos, rabones y groseros. ¿Y qué hacer? Con el voto se premia o se castiga. |