Lo anterior no lo comentamos el martes pasado, porque valía la pena recordar cuáles pueden ser las expectativas de nuestra economía antes de entrar en las opiniones de destacados líderes que, sin embargo, no necesariamente pueden replicar a nivel nacional el éxito que sin duda han tenido en sus empresas. Por cierto, en ese mismo evento, el Presidente de la República aprovechó para decir que “no hay competitividad sin competencia,” y reiterar que tenemos que enfrentar los monopolios de cualquier tipo.
El presidente de Gruma y Banorte, Roberto González Barrera, sostuvo, según nota de Ramiro Alonso, enviado de EL UNIVERSAL, que el “sistema mexicano está agotado” y propuso siete medidas necesarias para cambiar: fortalecer el mercado interno, cuidar el negocio bancario, incrementar la inversión en infraestructura y en educación, unificar el sistema eléctrico y fortalecer la industria petrolera con alianzas, incrementar la inversión en ciencia y tecnología y no detener el crecimiento de la agricultura.
El presidente de grupo Carso, Carlos Slim, dijo que México dejó escapar cuatro oportunidades de crecimiento económico en los últimos treinta años: a fines de los setenta, con el alto precio del petróleo; en 1989, con la llegada de inversión extranjera al país; después de 1995, con el dinamismo de diversas economías mundiales; y hoy, me imagino que por la recuperación esperable de la economía global. Las tres primeras ya se perdieron, y esta cuarta podría ser la buena.
Dos opiniones de muy exitosos hombres de empresa que tienen una idea acerca del país, ideas que, en principio, no parece que sean erróneas. De hecho, lo que ambos empresarios dicen parece ser complementario: el sistema agotado al que se refiere González Barrera no puede ser otro que el que desperdició las tres oportunidades a que se refiere Slim. Y eso es precisamente lo que hemos comentado en esta columna en diversas ocasiones: se ha agotado la manera en que se administró el país en los últimos 45 años. Una administración que desperdició oportunidades, como dice Slim, prácticamente una vez cada diez años.
Sin embargo, el cómo enfrentar el fin de esa época ya no es cosa tan sencilla. No cabe duda que las siete ideas de González Barrera son relevantes, pero no todas en la misma dimensión, ni todas con la misma urgencia. Para esta columna, la clave del problema está en deshacernos de las ideas inútiles que nos hicieron desperdiciar oportunidades y sustituirlas por lo que funciona en otras partes del mundo. Si quiere usted llamarle a eso “competitividad,” está bien.
La agenda de competitividad (modernización, liberalización, o como quiera llamarla) se centra entonces en borrar, definitivamente, las creencias absurdas que nos llevaron al fracaso. Eso implica, sin duda, modificar nuestra forma de ver a la educación y la ciencia y tecnología, no sólo darles más recursos.
Como ya también se ha comentado, el problema del desarrollo tecnológico exige recursos humanos de alto nivel, que no pueden sobrevivir al sistema educativo como es actualmente. Recuerde que sólo 0.3% de nuestros jóvenes de secundaria alcanzan el nivel de excelencia en los exámenes de la OCDE, que parece ser un excelente indicador de la posibilidad de que estos jóvenes continúen una carrera rumbo a la ciencia y tecnología. Brasil, en comparación, logra colocar a 1.5% de sus jóvenes en ese nivel, mientras que los países europeos promedian 10%, y Finlandia, el país más exitoso en esto, tiene a 20% de sus jóvenes en este nivel. No debe ser sorpresa que en ese país el 18% de la población económicamente activa labore en actividades asociadas al desarrollo tecnológico.
En consecuencia, de estas dos propuestas de González Barrera se deriva una visión diferente del país. De ser uno en el que basta con seguir vivo para obtener un título, a uno meritocrático, en el que las calificaciones elevadas y las carreras científicas impliquen un status distinto. No sólo sueldos decentes, sino un reconocimiento social relevante. Eso es lo que hace a Finlandia o Corea países excepcionales en materia educativa y, por cierto, en desarrollo tecnológico.
Otras medidas que propone González Barrera son también muy fáciles de aceptar: fortalecer el mercado interno, cuidar la banca, reformar el tema energético. Y no olvidemos que la preocupación del presidente de Gruma acerca de la agricultura tiene que ver con que Procampo no desaparezca. Eso es lo que quiere decir con “no detener el crecimiento de la agricultura”.
Estas medidas, como muchas otras, no son en realidad las medidas relevantes para enfrentar el fin de un sistema agotado que ha desperdiciado oportunidades. Son, pongámoslo así, conclusiones. Lo que importa va antes, así como veíamos en el caso educativo. No es la educación y la ciencia lo que tiene que reformarse, sino algo previo: la forma en que la educación y la ciencia son entendidas por la sociedad. Sin cambiar el valor de esas actividades, nada cambia. Si no se reconoce el mérito por encima de cualquier otra cosa, ni la educación ni la ciencia tienen futuro alguno en nuestro país.
Lo mismo ocurre con las otras ideas: fortalecer el mercado interno, que es una frase muy querida por muchos, no tiene ningún sentido si no se aclara de qué se habla. Si por fortalecer el mercado interno se quiere decir que debe haber más demanda, se trata de un error. Si, en cambio, quiere decir que debemos ser más productivos en los bienes que colocamos en el mercado interno, entonces hablamos en serio. Pero para ser más productivo en estos bienes, es indispensable no sólo mejor capital humano y mejor infraestructura, sino aquello que el Presidente enfatizó: competencia. Y ahí, la verdad, ni don Roberto González Barrera ni don Carlos Slim tienen mucho que ofrecer.
Buenas ideas, que merecen más análisis, pero que tenemos que tomar, como siempre, con un grano de sal.
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