La política mexicana, pajaritos, está plagada de historias de juniors, hijos de políticos que, aprovechando el cargo de sus padres traficaron influencias, hicieron grandes negocios o protagonizaron escándalos de prepotencia y desplantes que volvieron a estos vástagos de la política el terror de restaurantes, antros o hasta de los contratistas del gobierno.
Los ejemplos sobran, pajarracos, y nos darían para llenar varias columnas. Desde los escándalos de un hijo de Miguel de la Madrid que despertaba toda clase de habladurías en su época por sus preferencias sexuales, hasta el “orgullo de mi nepotismo” como llamaba José López Portillo a su hijo José Ramón, o los incontables desplantes y agandalles de Ernesto Zedillo Jr., que hasta provocó que el grupo de rock U2 dejara de venir a dar conciertos en México por una década, luego de una golpiza que los guaruras del jovencito Zedillo le dieron al equipo de seguridad de la banda irlandesa.
Y qué decir de los hijitos políticos del ex presidente Fox, los malafamados jóvenes Bibriesca que, bajo el cobijo de las faldas de su señora madre, pasaron de modestos clasemedieros de Celaya a ser los nuevos ricos del Bajío mexicano que lo mismo construyen fraccionamientos de lujo que importan toda clase de mercancías o gestionaban en su época millonarios contratos de Pemex para empresas nacionales o extranjeras.
A toda esa pléyade de juniors, en la que también se cuentan hijos de alcaldes, gobernadores y todo aquel que ocupe un puesto de poder en México, se suma Andrés Manuel López Beltrán, el hijo consentido de AMLO que debutó con el pie derecho, y eso sí muy bien calzado, en el lamentabilísimo anecdotario de los vástagos de la grilla nacional.
Habrá quienes digan “¿y qué tiene de malo que al joven López Beltrán le gusten los zapatitos de 10 mil pesos? Si se puede dar el gusto, ¿por qué no?” Y tendrían razón. El que el hijo de Andrés Manuel use zapatos de una marca de las más caras del mundo no supone en automático un problema de congruencia para su padre, que enarbola la bandera de la austeridad republicana y la defensa de los pobres y la “honestidad valiente” como lema.
Al junior de López Obrador no sólo lo balconearon por sus gustos caros, sino que él mismo, afecto como todos los jóvenes de su generación a las redes sociales, se ha encargado de hacer gala en la red de su vida de socialité lo mismo en los lugares más exclusivos de México que en los antros de moda en Nueva York. “Pasear en yate es uno de mis hobbies favoritos”, dice el joven López Beltrán.
¿Y eso en qué compromete a AMLO? Dirán los seguidores del tabasqueño. Pues tener un hijo así o ser un hijo así no precisamente cuadra con la imagen de un político, quizás uno de los pocos en la vida pública mexicana, que ha hecho de la austeridad y de la sencillez su forma de vida y de conducirse en su actuación pública. Podrían contarse con los dedos de la mano, y tal vez sobrarían, los políticos y figuras públicas que no hayan hecho del derroche y de la vida de ricos su modus operandi. Contra todo lo que digan sus detractores, López Obrador es uno de ellos y, aún con algunas cosas que se le han documentado como algunas casas y departamentos en la ciudad, la imagen del tabasqueño dista mucho de ser la de la mayoría de los políticos mexicanos que viven y presumen de la opulencia a costas del dinero público.
Sus hijos no estarían obligados a ser unos ascetas o monjes de la austeridad y tienen todo el derecho a ser jóvenes normales, con los gustos y aficiones de su generación y su realidad social, la verdad es que, por donde se le vea, el estilo de vida del junior Andrés Manuel no checa con el discurso y con la imagen pública de su padre. Tampoco es que lo hayan acusado o documentado escándalos, corrupción o tráficos de influencias o actos de prepotencia como los de muchos otros hijos de políticos, pero está claro que entre lo que predica y practica AMLO y los gustos y aficiones de su vástago parece haber un abismo.
EL BAÚL DEL DUENDE… Los dejo, pajarracos, porque le estoy preparando una fiesta sorpresa a la Mafufa; el sábado es su cumpleaños, cumple 375 años, y como el mío es el lunes, juntaremos las fiestas y habrá un pachangón en el castillo que para qué les cuento. Están invitados... Ja, ja, ja.
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