Había un hombre de edad avanzada, cuyo hijo vivía en una ciudad distante a la de su progenitor. Se aproximaba el fin de semana y el anciano se encontraba muy entusiasmado por la inminente visita de su vástago, a quien extrañaba y dispensaba todo su cariño, cuando repentinamente sonó el teléfono. La llamada era de su hijo, disculpándose, explicándole, que en virtud de que tenía mucho trabajo, le sería imposible ir a visitarlo.
El vetusto hombre, habiendo alimentado muchas virtudes al correr de los años, entre las que se encontraba la sabiduría y la prudencia, acertó a responderle que no se preocupara, que él entendía, que ya su hijo se había convertido en gente importante, con múltiples compromisos laborales, por lo que comprendía cabalmente su situación.
Ya estaban a punto de terminar la conferencia telefónica cuando por último, el padre le hizo un cuestionamiento: “Oye mi hijo, si el fin de semana que entra te avisaran que yo pasé a mejor vida y tú tuvieras igual o más trabajo que en estos días, ¿faltarías a mi funeral?
“¡Por supuesto que no!” contestó el ocupado hombre. Si tú eres mi papá, ¿cómo crees que no asistiría?
Calmadamente, el padre le respondió: “Entonces te la cambio; prefiero que vengas a verme este fin de semana que todavía estoy vivo y ya el día de mi sepelio… quédate trabajando”.
Esta bella historia viene a cuenta, en virtud de que el hombre que engendró mi vida en el vientre de mi madre, en un acto supremo de amor, se fue a vivir a una estrella y desde allá velará por nosotros.
A mucha gente le preocupa cómo va a morir. La verdad sea dicha, creo que es más importante preocuparse de cómo vivir y mi viejo, mi queridísimo viejo, lo hizo intensamente, con convicciones, optimismo y alegría desbordante, contagiando a todos los que lo rodeábamos. Fue de todo y sin medida.
Por mi parte, la tranquilidad me invade el alma, porque no me guardé algo; pues mientras tuvimos la dicha de tenerlo entre nosotros, le entregué todo. El fin de semana que quedé de ir a visitarlo… no me quedé trabajando.
Entre los paliativos que encontraré para mitigar el dolor de su ausencia, estarán los recuerdos y la certeza de que algún día volveremos a encontrarnos.
La buena noticia es que si el cielo es el paraíso, definitivamente tiene que haber futbol ahí y don Arturo… pita el domingo.
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